Category: Vida Social

Por: Juan “Bertin” Negrón Ocasio

A Miss Cintrón, maestra ejemplar.
A Aníbal, conserje jovial de la Escuela Elemental Walter MckJones.

Escuela Walter Mck Jones

Era cerca de las doce del mediodía y el sol picaba. El aroma seductor del almuerzo de la cafetería se filtraba por las persianas del salón. Hería al estómago el buen olor. Abría el apetito. El viento con el embrujo de aquellas habichuelas guisadas marca diablo azotaba fuerte. Se oía el chirriar del pollo frito en el sartén. Y se escuchaba la cascada de la leche con chocolate, y el jugo de frutas naturales. A esa hora nadie prestaba atención a las lecciones. Había una imagen de un plato de comida en vez de eventos históricos.

Aquel almuerzo cocinado en la cafetería escolar era una fantasía envidiable.

Afuera una mata de pavonas iluminadas de flores color rosa me tenían alucinando. Estaba embelesado soñando con los ojos verdes coral de Miss Cintrón, mi maestra de tercer grado.

¡Qué linda era mi maestra!

Aquella mañana, antes de llegar a la MckJones, mami me había preparado funche de harina de maíz con clavos de canela y una taza de café con leche carneichun. Iba enojado con Aníbal el conserje de la escuela. Era buena gente, pero le gustaba vacilarme como un abayarde. A veces a empujones llegaba contento a la escuela. Pero ese día me levanté rebelde.

Y de pasos por el camino sonreía y silbaba canciones, él. Era un ser humano contento que pagaba con sonrisas las amarguras de la vida. “Aníbal se parece a un americano”. Aludía la gente del pueblo. Tenía los ojos claros y pelo castaño. Pero era un poco más alto que un enano. “Ahí no alcanzó la americanización”. Alegaban otros. Tampoco hablaba inglés. Pero llevaba alma de gente humilde de caserío. Cruzaba el río Achiote, desde el Residencial Efraín Suárez, cortando camino por el callejón de la Barriada para llegar a la Calle Barceló. Allí cerca a la casa llegaba cuando mami no podía llevarme a la escuela. Se paraba debajo del palo de quenepas, y tiraba el pito,

–¡Feisshshhh! ¡Feisshshhh!

–Yaaa vaaa, espérate un momento... –Le gritaba mami.

Se dio cuenta, que yo llevaba la trompa pará’, y en tono chocarrero me dijo:

–¿Cuántas novias tú tienes?

A mis siete años pensaba en jugar trompo, bolas de corote, béisbol en el pasto de la Barriada, o buscar guayabas en el Pasto Pareja, o mangós en la Carrera, o comer jobos a la orilla de los charcos. Lo miré con cara de malo.

–Ya tú debes estar buscando... –Insistía. Y seguía con la piquiñita.

Asunto Novela Bertin

Cómprala sólo diez dólares
ATH Móvil: 787 - 615 - 3832
Asunto: Novela
Envíanos tu dirección a: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.

Alcé la cabeza, para decirle unas cuantas cosas, y está Aníbal riéndole al cielo. Su sonrisa era chistosa cuando se le hinchaban los cachetes y mostraba los dientes blancos como la leche Klin. Tenía una partidura al lado derecho del pelo. El viento se lo tiraba en la cara y él con un tenedor de dedos se los sacaba. Me di cuenta de su travesura. Pero yo iba refunfuñando.

–¿Quieres una matahambre (refiriéndose a las cucas de jengibre) o un marrayo de la tienda de
Don Juan Díaz?

–No, lo único que quiero es no ir a la escuela.

–Mira, papá, tú tienes maestros buenos y dedicados; y esa maestra es un dulce de coco...es una dulzura...es tan dulce como el dulce de jalea que hace Doña Lila. Y quién no quiere estar allí frente a ella mirándole esos ojos preciosos de esmeraldas...

–Nadie. ¡Qué me importa!

Estaba bromeando para hacerme olvidar mi descontento, y por poco logra su hazaña, hasta que llegamos al portón frente a la escuela. Vi la oportunidad en la Muñoz Rivera y me agarré de las barras de acero. Me haló, pero me encadené y no las soltaba. Llegó la policía, llegó Capulina (el director), y una multitud de gente, y ni por nadie ni nada despegaba mi abrazo a las rejas. Estaba en el aire estilo supermán, gente halándome por las piernas, otros intentaron sacarme los dedos que como garras se aferraban a las varillas...y una viejita masticando tabaco me decía, “’jendito nene suelta el portón que los vas tumbar...”. Hice lo posible de patear y desarticular la trifulca, pero nada...estremecí al pueblo con la gritería.

Llegó Alejo y me ofreció una piragua de frambuesa. Nada, no desamparé al portón. El alcalde mostró una rueda de taquillas para las machinas de las fiestas patronales. “Mira, para ti toditas. Puedes montarte en todas las que tú quieras”. Sellé la vista con los ojos bien apretados...

–Hola, mi amorcito. –Dijo una voz majestuosa, solemne.

Miré y era ella. Le brillaban los ojos como perlas de mar. El corazón se me despegaba del pecho. Las varillas del portón me soltaron, y me desmoroné.

–Ven, cariño, dime qué pasó... –Me susurró al oído palabras tiernas de diosa.

Me tomó de la mano. Llevaba mis cachetes vestidos color tomate, y secos. Y de la mano iba jubiloso junto a mi maestra. Atrás dejé a Aníbal acomodándose el pelo con los dedos, y al alcalde secándose el sudor con un pañuelo. Recuerdo que sus manos sutiles eran suaves igual al algodón. Antes de entrar al salón, me aseguró que todo estaría bien...“Todo estará bien, no debes preocuparte. Te sientas allí, junto a mi escritorio.”

Nada más prestigioso a esa edad que ser el predilecto de la maestra. De ser comprendido.

Qué recuerdos hermosos aquellos años de la Escuela Walter MckJones en Villalba. Todavía navego en memorias inolvidables. Y me voy lejos al encuentro de paz interna, de armonía enigmática de amigos, juegos, y de gente bondadosa y dedicada.

Qué mucha falta me hacen aquellas maestras sublimes...