Policía
Category: Vida Social

Por Juan Negrón Ocasio

“¿Qué pasó con el cheque del presidente? Hace ya dos meses.” –protestó Remigio.

Y mi cheque

Juan Bertin Negron OcasioSalió apresurado a las seis de su casa. Recibió la llamada en la noche. Así que gozoso caminó a pie desde Cubones hasta el pueblo. Recorrió docenas de millas llegando sudado como caballo de carrera sin aliento. La camisa azul celeste parecía un mar y se notaba la marea azotándole la espalda. La falta de aire no fue por el coronavirus, sino que además de la fatiga que padecía, estaba fuera de forma.

Después de un recorrido por la cuadra regresó, pero las luces de la oficina todavía estaban apagadas. Por quinta vez leyó el horario: lunes-sábado 9-4pm, domingos-¡Cerrado! “El domingo está cerrado.” Pensó. Recordaba qué día era. “Hoy es sábado, así que no es domingo. A quién importa.” Por décima vez ojeó adentro. Pintó una nube al cristal con la cara luego le pasó la mano. Estaba preocupado que nadie apareciera. “Son las 8 y 59.” Pensó que cambiaría el chequesito y fletaría el regreso. “La jalda es empinada. Bajando bajan hasta las calabazas.” La ilusión del dinero lo tenía entusiasmado. Estaba alegre.

Abandonó la paciencia y se fue para el centro. Nadie deambulaba, no recordó cuando vio gente. “Esto está más desierto quel Sahara”. A paso de tortuga iba de regreso al establecimiento. Vislumbró una bombilla luminiscente dentro del bufet y apresuró el paso. “Aquí está, vamos pa’ encima.” Al llegar, forcejó la puerta, pero no abría. Hizo varias maniobras al cerrojo y a empujones abrió. La puerta le lanzó un quejido agónico al pasador. Estaba sentada detrás del escritorio la secretaria abrazada al pecho y tenía ojos miedosos.

– Buenos días. ¡Me asustó cuando fustigó la puerta!
– Buenos días. Hace cincuenta años esa puerta espera un ataúd. Por qué se asusta. Debió haberse ya acostumbrado al lamento porque el velorio caducó. ¿Está el ladino?

Cautelosa lo miró y luego sonrió a Remigio.

– Está atrasado. Llega en unos minutitos. Puedes esperar o irte y regresar.
– Gracias, espero. No es la primera vez. Esos diminutivos tienen cola.

No prestó atención y siguió picoteando el teclado que sonaba como pájaro carpintero. En el ombligo de la hora le rayaban el aburrimiento y bostezos. En la pared se detuvo el tiempo a las seis en punto. “Se truncó el reloj. Los negocios están flojos por estos lares.” Dijo insinuándoselo a Vilma. Ella siguió el juego de la gallinita loca. Soltó una carcajada pero no contestó.

– ¿Tienes mucho trabajo, ah?

Nisandra At Phone

Torciéndose el cuerpo con esfuerzo se levantó del sillón. Llegó hasta el borde de la ventana y contempló el aire acariciar las hojas. El cojín en vano intentó volver a inflarse con aire.

– ¡Bastante! –Contestó sin ceder el golpeo a las teclas.

Sintió él el desafío de incomodidad de ella y no habló por varios segundos.

– Deben ser las diez. –Dijo sin mirarla.

Ella se levantó y se alejó por una puerta angosta sin decir nada. Afuera él escuchó el ronquido del inodoro después de varios minutos.

– Ya está llegando. –Advirtió al salir y le guiñó un ojo. Él le embromó una sonrisa fullera.

– Me alegro porque esos minutitos ya son adultos. Hasta hijos ya tienen. Ella no pudo aguantarse la risa por la impaciencia y la actitud cómica del socio.

– Ese reloj lleva quince años así. El sol nos avisa la hora. –Respondió Vilma sonriéndose sola.
– Se paró el día que Adán conoció a Eva. –Dijo Remigio.

Los dos soltaron un río de carcajadas descomunales. Él comenzó a toser descontrolado cuando quiso aguantarse la carcajada de su broma. Ella, llorando de risa y asustada, corrió al excusado y le trajo un balde lleno de agua y un vaso.

–Toma, toma. No te vayas a morir sin pagarme. ¿Cómo te sientes? –Preguntó sarcástica ella.
– Feliz como una lombriz, si no llega el prestamista estaré melancólico como ciempiéh meao.

Buscó asilo sentándose sobre el mismo cojín que imploraba aire. Ya calmado meditó qué haría antes de regresar al campo. El viaje era largo. Quería llevarse todo lo que pudiera. Comenzó apuntar abastos y dónde compraría. “Si alcanza el tiempo, depositaré los $1,200.”

– Buenos días.
– Serán buenas tardes. –Respondió Remigio crispado.
– Quizá no.
– Son las diez y veinte. –Volvió a responder Remigio enojado.
– ¿Hay novedad? –Preguntó a la secretaria.
– No, nada. Sólo Remigio tres horas nervioso esperando.
– Nunca es tarde si la dicha es buena. Venga. –Entraron los dos al cuarto de conferencias.
– ¿Qué pasó con el cheque del presidente? Hace ya dos meses. –Protestó Remigio.
– No soy yo el que envío los cheques.
– Pero, usted dijo que llegaban a su cuenta, y usted lo desembolsaría a mi banco. Pues necesito el dinero, ¡ahora! Exclamó molesto por la tardanza y encima creer que no recibiría el cheque.
– No puedo hacer nada...

Inmediatamente lo cortó.

– Pues usted me afloja $1,200, y los cobra cuando le llegue mi cheque del presidente...
– Usted
– Yo no hice promesas, usted me dijo que esa era una posibilidad...
– ¡Cómo!

Ésta vez el prestador irritado se levantó sonrojado de la silla, dio vueltas como perro buscándose el rabo. Puso las manos en la cabeza como aguantando que no se le salieran los sesos.

– Una posibilidad es, si llegan los chavoh primero, pero no es una posibilidad si no han llegado. No han llegado y llegaron son dos cosas diferentes. –Se quejó mostrándole dos dedos.
– Bueno – ideó Remigio– pues me da $1,100 y se queda con $100 cuando llegue el cheque.
– No. Así tampoco. Puedo darle $900, arriesgándome que el desquiciado presidente nunca lo envíe.
– Pues deme $1,000...
– Palabra de hombre, pero deme aseguranza con el título de propiedad de su finca.
– ¡Está loco o perdió la cordura! Esa finca cuesta cien mil dólares. –Gritó Remigio con ojos de caballo muerto.
– Pues seis gallinas, tres cabras y dos gallos, con el pinto. –Exigió garantía el prestador mirando los ojos brotados de Remigio.
– No. Le daré dos gallinas, un gallo marrueco y una cabra, la mellada.
– Deme...cinco gallinas, el gallo pinto, una cabra y un caballo. –Esta vez le rogó con pena el prestamista.
– Esta es la última oferta, la coge o la deja –se movió hacia el frente y lo miró serio– dos gallinas pirocas, el marrueco, la mellada, y el burro achacoso. Se acabó.

El prestamista sacó la chequera del gabán y el bolígrafo.

– Quiero cashimiro.

Refunfuñó y se mordió los labios. Abrió la gaveta del escritorio y sacó el cash. Ambos se levantaron y se despidieron distanciados. Salió Remigio cantando ‘La Borinqueña’. El negociante quedó organizando documentos de clientes esperando.

Afuera aguardaba la secretaria. Extendió la mano y Remigio le soltó $25.

– ¡Son $50! –Susurró sorprendida.
– Solamente aflojó $1,000. –Le dijo bajito.
– Te dije anoche que negociaras $1,100. Oí la conversación con su socio. Te los iba a dar.
– Despreocúpate, ayer vendí todos los animales.