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Category: Opinión

Colaboración de: Mary Lou CantingDirectora, programa After School Vimenti

No debemos perder de vista los tesoros que pasan frente a nosotros los educadores cada día.

Poor Sad Girl

Pexels: namoo deet

El 12 de mayo de 2019, fue un día de gran reflexión. Luego de 23 años trabajando con niños y jóvenes recibí un poderoso mensaje de parte de una niña de 7 años.

Era el lunes luego del Día de las Madres. La niñita me vio y de inmediato me dijo: “Maestra tengo algo para ti”, mientras buscaba emocionada dentro de su bulto. De repente, sacó una lata de galletas que decía "Feliz Día de las Madres”. La abracé y le di las gracias. Mientras me disponía a abrir la lata me dijo: “Maestra, están rotas, pero saben muy buenas.” Esas palabras retumbaron dentro de mí. Abrí la lata y sí, las galletas estaban rotas, pero me comí dos frente a ella y luego me las comí todas. Estaban deliciosas.

¿Cuántos niños recibimos a diario con sus corazones rotos, con la inocencia rota, enfrentándose a un mundo que los abate? Muchas veces, ese dolor se transforma en mal comportamiento, malas decisiones, y bajo aprovechamiento académico, entre otros. Pero a pesar de todo esto, no debemos perder de vista los tesoros que pasan frente a nosotros los educadores cada día.

Algunos niños pueden estar rotos, pero siguen siendo buenos. Siguen siendo poderosos y capaces. Nos toca a nosotros expresarles los valiosos que son. Utilicemos nuestras palabras para reforzar su autoestima.

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Siempre que tengamos la oportunidad, hablémosles de manera positiva. Frases como “veo en ti un talentoso profesional” o “eres muy especial y sé que lograrás todo lo que te propongas” y “sé que llegarás muy lejos y lograrás cosas muy grandes”, irán puliendo los valiosos tesoros que día a día nos sorprenden con sus bellas sonrisas.

Siempre asociamos lo roto con cosas que ya no sirven y que han perdido su valor. Lo que viví aquella tarde me deja muy claro que, aunque algo esté roto puede ser muy bueno. Imagínate ahora esa lata de galletas que, aunque estaban rotas, no dejaban de ser deliciosas. Veamos esta historia como el gran ejemplo de que, aunque algo no se vea bien por fuera, su interior todavía conserva sabor y sustancia. Nos sorprenderíamos si nos detuviéramos a analizar el poder y gran valor de cada uno de esos tesoritos que día a día se paran frente a nosotros.