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Por: Profesora Carmen J. Fernández Espada

Dos semanas iniciales de un año escolar dantesco en el que ya, tanto el personal que labora en el DE como nuestros padres y niños nos sentimos abrumados.

Exhausted Teacher

Prof. Carmen J EspadaDesde el 16 de marzo de 2020 quedaron desoladas las aulas de nuestro país y a partir de ese momento la incertidumbre comenzó. La norma del Departamento de Educación ha sido la improvisación, acompañada por instrucciones ambiguas y un cambia-cambia constante. Todo esto provoca la visualización de un impreciso camino a seguir para los más de 280,000 estudiantes puertorriqueños que deben recibir el pan de la enseñanza.

Las cifras de contagios, posibles contagios y hospitalizaciones por el C-19, al igual que las diversas opiniones de los expertos en la materia, nos reiteran que no es recomendable reabrir las escuelas por el riesgo que ello implica. Por lo tanto, la educación presencial debió ser categóricamente pospuesta hasta nuevo aviso y enfocarnos totalmente en lograr una educación virtual o a distancia que sea funcional y efectiva. Entendemos que migrar de un sistema educativo presencial, que estaba sumamente distante de las nuevas tendencias tecnológicas, no es un proceso fácil, pero hay muchos aspectos en todo este proceso que nos resultan inauditos.

En primer lugar, no saber a ciencia cierta cuántos hogares puertorriqueños cuentan con los recursos tecnológicos y el adiestramiento necesario para integrarse a una enseñanza virtual. Esta información, al menos en su mayoría, debió haberse recopilado meses antes de comenzar un nuevo semestre escolar y no la semana en que se suponía comenzarían las clases virtuales. Con el agravante de que el equipo tecnológico ofrecido a nuestros estudiantes continúa en vilo, ya que la agencia no responde categóricamente cuándo se completará el proceso de entrega. ¿Y mientras, qué?

Por otro lado, el proceso de entrega de computadoras al personal docente, iniciado en julio, sigue incierto para los cientos de maestros transitorios, al igual que los adiestramientos que ellos también tienen derecho a recibir. Mientras, los maestros permanentes hemos sido abruptamente bombardeados con adiestramientos (incluso en vacaciones), instrucciones confusas y un atropello sin precedentes. Se pretende que los educadores, de la noche a la mañana, seamos expertos en tecnología y programación mediante “talleres” virtuales en los que nos limitábamos a escuchar y a contestar ejercicios teóricos. Resulta imposible tratar de asimilar en tan poco tiempo un contenido informático que, aunque sumamente valioso, es monumental. Hemos sido autodidactas, sacrificado horas de sueño, restado tiempo de nuestras familias y dado las ya famosas millas extras para familiarizarnos con Microsoft Teams, plataforma que ha sido promocionada como la panacea ante el camino incierto de la enseñanza en el DE. Dos semanas iniciales de un año escolar dantesco en el que ya, tanto el personal que labora en el DE como nuestros padres y niños nos sentimos abrumados.

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Para añadir un poco más a la ya pesarosa situación, de la noche a la mañana nos topamos con la noticia de que el “DE deshabilitó la plataforma Microsoft Teams porque se detectó vulnerabilidad en el sistema” y los datos de nuestros estudiantes, maestros y personal no docente quedaron expuestos. Esta ha sido la gran estocada. Trabajamos arduamente durante semanas, muchos durante meses (desde sus vacaciones) en una plataforma para la cual no se tenía un sistema de seguridad sólido. ¿Ante qué realmente nos enfrentamos? ¿Qué implicaciones legales puede tener para el personal docente la nueva enseñanza virtual que tan accidentadamente impone el DE? ¿Qué mensaje les estamos transmitiendo a nuestros alumnos y a sus padres con toda esta aparente improvisación? Tenemos tantas preocupaciones medulares en este proceso que nos parece inaceptable que la seguridad y vulnerabilidad del sistema, tenga que añadirse a la lista.

Todo este panorama preocupa y entristece. Paulatinamente se va lacerando la confianza en un sistema educativo que, pese a no tener una dirección clara, sigue funcionando gracias al esfuerzo, muchas veces sobre humano, que realiza el educador puertorriqueño. No pretendemos que este proceso de transición transcurra a la perfección, pero no podemos seguir con estos vaivenes que trastocan gravemente los cimientos de la educación en Puerto Rico. La ruta por seguir tiene que brindar la certeza y la estabilidad que requiere el proceso educativo en medio de la pandemia.

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La autora es maestra de Español del nivel secundario en la escuela José Felipe Zayas, de Coamo. Posee una maestría en Educación y ha ofrecido cursos en la Universidad Católica de Ponce, la Universidad Interamericana y EDP University de Villalba.