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Historias de Villalba

Category: Historias de Villalba

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

Cerré los ojos y me tomé el café que tenía sabor a té de naranjo.

Casa Misteriosa

Juan Bertin Negron OcasioMe pasó una noche dormido cuando con susto vi la casa misteriosa. La casa tenía las luces umbrías y desde afuera se veían las velas bailando en las sombras. Estaba en el centro del pueblo la casa. Todavía está allí. Vi que las puertas y las ventanas estaban cerradas, y las cortinas parecían de hace cien años. Sabía que nadie entraba, igual que yo, porque tenían miedo. Sin embargo, la gente tenía miedo entrar porque la casa es oscura. Da miedo y todos los que pasan por frente lo hacen avanzando como si tuvieran prisa. Nadie camina avanzando a menos que tenga prisa.

Aquella noche siniestra me había perdido y no supe a dónde llegar. Y vi la casa llena de espanto en el cendal del sueño. Yo tenía miedo y los focos de los postes no me ayudaban porque alumbraban con luz de cueva. Por qué a los postes del pueblo no los hacen con alumbrado para que a los niños no les dé miedo caminar de noche por las calles.

Los cirios adentro de la casa, como velas de iglesia, tenían poca luz. Sentí el horrible temor de entrar, pero afuera sentía más temor. Al pararme frente de la escalera de la casa misteriosa se abrió lenta la puerta. Las bisagras chillaron como garzas volando hacia el sur. Y de momento salieron tropeles de sabandijas.

Sin esperarlo, de momento, un gato me pasó por la misma cara cuando contemplaba el misterio de la casa. Era un gato negro, y usted sabe qué quiere decir cuando un gato negro pasa por frente de una persona. Olía a muerte. Pero no era un gato. Era una gata, porque se detuvo y me miró con los ojos brillosos, y las niñas de sus ojos eran amarillas como la piña. Cuando se detuvo al frente mío, maulló. Pero no fue un maullido inocente, sino un grito agónico que llevaba una pena profunda. Era una gata que sufría la soledad de vivir en la casa misteriosa.

Me dio frío y me temblaban las rodillas de cobardía. Fue en ése instante que decidí entrar a la casa, porque la calle estaba vestida del silencio de fúnebre. Pero antes de entrar a la casa lloré de miedo afuera y me bajaban dos velas de la nariz. Se veía la casa solitaria algo así como una tumba en el cementerio. La casa blanca está en el centro del pueblo de Villalba. Es grande como el palacio
de Frankenstein. Aún está vacía en la penumbra. Los que vivían en la casa la olvidaron en la condena de nunca volver.

De modo que pensé no debía tener miedo, como las gentes que les tienen miedo a los muertos, porque pensé que si estaba cerca de un muerto no podía hacerme daño como piensa la gente. Y nunca entendí que si se muere alguien querido solamente se piensa en que sale en la oscuridad, y me pregunté por qué nunca los muertos salen de día, y si uno está acostado en la noche hay que arroparse de pie a cabeza. Porque a mí me dijeron que los muertos halan a uno por los pies. Entonces la gente lo sabe y por eso se arropan los pies cuando se acuestan a dormir.

A veces no entendía, cómo es posible que se le tenga miedo a un muerto. Cómo es posible que se le tenga miedo a una persona que uno quiso como a la madre, o al papá, un tío, o una abuela después que se muere. Nunca lo entendí. Si un muerto que uno quiso le sale en un sitio oscuro sería bueno verlo y abrazarlo. ¿No?

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Pues estaba yo frente de la casa. Yo era un niño. Al subir las escaleras del balcón se abrió la puerta lentamente y salieron las gusarapas arrastrándose. Luego desaparecieron. Entré y la casa estaba alumbrada de sombras. Se veían deambular por las paredes diferentes imágenes. Algunas imágenes parecían gente, árboles, y otras animales: lobos con colmillos largos aullándole a la luna llena. En el techo vi que a la mecha de los cirios los danzaba el aire sedentario. Se movían las sombras sin parar.

Estaba sentada en un sillón de paja. No estaba meneándose. Estaba estática. Me dijo con una voz ronca,

– Entra nene.

No recuerdo si me oriné, pero sí recuerdo me tambaleaban las piernas, me faltó el aire, y pensé que en cualquier momento me iba a morir. Cuando hice el intento de salir corriendo me dijo

–Quieres café, nene.

Preguntó y, sin yo contestarle, se levantó con varias toneladas de años en el pellejo. Tenía el cuerpo torcido igual que Quasimodo, y la ayudaba a levantarse un bastón de madera color marrón con dibujos extraños. Faltaba poco para que su cara tocara el piso culpa del cuerpo ensortijado. Tenía un chal estilo árabe color de changa, que le arropaba todo el cuerpo, los hombros y hasta las
piernas, y tenía una mantilla negra que le escondía la cabeza. “Es la muerte en vida.” Pensé titilando.

– Cómo quieres el café, neenee. –Dijo alargando la única vocal de la palabra, pero esta vez me miró triste sin mostrarme la cara escondida. Sólo vi la nariz larga y perfilada. Tenía la mantilla de luto tapándole toda la cabeza.

No supe qué decir porque yo sólo tomaba café con leche carneichun. Pero ella me ofreció café negro. Y pensé que quizá no tenía leche y que podía darme leche de una teta. Dejé que mis ojos se quedaran cerrados para no pensar, pero cuando los abrí estaba frente a mí.

– Tomate el café, neenee. Jeejeejeeeee. –Sonrió con una risa más misteriosa que la misma casa, que la gata y que la calle silente del pueblo en la oscuridad sin alumbrado.

Cogí la taza y parecía un terremoto, peor que el que ocurrió en Guánica. Y mis manos parecían el epicentro. Miré y adentro de la taza había diferentes insectos nadando en el café que me soplaba un humo gris. Cuando iba a arrojar la taza, me dijo, “tomate el café nene, pa que se te quite el
miedo, jejejeeee”.

Cerré los ojos y me tomé el café que tenía sabor a té de naranjo.

Se levantó del sillón. Me miró con ojos diabólicos, brillosos y rojos, y comenzó a reírse como una bruja descarada. Dejé caer la taza y corrí hacia la puerta, pero se atrancó y no pude abrirla, venía hacia mí, para garrarme con sus uñas de águila, sin bastón sin cojear, ni joroba, pensé que era una muerta...llegó hasta a mí arrastrando la bufanda negra de árabe. Le faltaban los dientes.

Cuando desperté estaba sudando frío como un perro y me arropé de pie a cabeza.

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El autor es un prolífico escritor villalbeño radicado en New Jersey. Entre sus obras está 'Leyendas de mi pueblo', 'Cuando heredamos la locura', 'De una sonrisa a la vida', entre otros, incluyendo decenas de colaboraciones en Villalba Online.