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Historias de Villalba

Category: Historias de Villalba

Por: Juan Bertin Negrón Ocasio

En memoria de Don Dionisio Ríos Lozada (QEPD)

Los únicos diferentes eran los enamorados quienes gozosos se iban a saboreárselas en los asientos de la plaza.

El Piraguero

La tarde estaba más caliente que una cacerola hirviendo agua. Se sentía la humedad, misionera perdurable de la brea, y el sol del mediodía quemaba la piel de la gente que llegaba al pueblo para hacer sus diligencias.

– ¡Qué calor, Dios mío, líbranos de esto! –Exclamó abanicándose una señora.

Ya mismo salen los estudiantes. Pensó Pedro “El Piragüero”. Miró curioso hacia frente de la iglesia. Allá abajo estaba su competidor. Vio que acomodaba el carrito de piraguas y escuchó el grito de los aros de hierro causarle dos heridas blancas a la calle. Le puso un pedazo de madera frente a una de las ruedas.

Recordó que un día a Dionisio se le olvidó ponerle el calzo y el carrito fue rodando hasta aterrizar adentro de la tienda de Nando Negrón. Diez muchachos lo empujaron jalda arriba hasta llevarlo a su sitio.

– Don Dionisio no se olvide del calsito, que un día dehto nos mata del susto. –Le aconsejó El Negro de Marcola.

Pedro estacionaba su carrito de piraguas en la esquina de la Calle Scharton frente a la Escuela MckJones, y Dionisio al frente de la Iglesia Nuestra Señora del Carmen. Los dos saludaban con cortesía a los que compraban piraguas. Muchos de los come piraguas vivían en el pueblo. Otros hacían gestiones cívicas y pagos de embrollas rutinarias. Los únicos diferentes eran los enamorados quienes gozosos se iban a saboreárselas en los asientos de la plaza.

¡Qué bellos recuerdos! ¡Qué inmensa alegría arropaba a Villalba!

En aquella época innumerables personas se apiñaban en el pueblo. Se sentía el calor humano más que el del sol. Pero, Dionisio tenía más ventaja que Pedro porque se encontraba en un punto céntrico. Estaba cerca a la iglesia, a la panadería, al cuartel y al hospital. El problema de Dionisio era que sólo tenía dos sabores de piraguas para vender.

– ¿De qué la quiere, melao o frambuesa?

– Démela de frambuesa.
– ¿Y tú, mijo?

– Frambuesa con melao. –El muchacho cogió la piragua, abrió los ojos como búho y salió corriendo, y cincuenta mil abejas se le ehmandaron detrás.

Don Dionisio lo vio y quedó riéndose a la vez que se espantaba una abeja de la frente.

– Dígame, don. Cómo los refrescamos.

– Cinco. Tres de frambuesa y dos de melao con frambuesa. –Le dijo Carmelo Torres preocupado quien acobardado pidió las piraguas mirando el montón de abejas. Una abeja también lo miró de reojo, y un par de niños asustados lo esperaba.

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– Tengo maví...máh frío que el Chorro de Doña Juana...

– No gracias. En la próxima.

Las filas eran interminables. Lo que más gustaba a la gente era el rico sabor natural y el frío del hielo rascado. La raspadera del ¡rraah! ¡rraah! ¡rraah! sobre la barra cristalina lo distinguía. Llenaba un conito de papel con hielo, lo vestía de rojo, luego lo ensalzaba con el sabor preferido. El hielo era tan frío que daba un dolor intenso en la frente. Él mismo lo promovía con su anuncio escrito a mano en un pedacito de cartón: “Tengo hielo frío, hecho en Villalba”.

Un sábado Dionisio no vio a Pedro ni el carrito de piraguas ni a nadie cerca del acostumbrado estacionamiento. “¿Qué pasaría?” Pensó.

El próximo día, temprano en la mañana, acomodó las cajas del hielo frío en el compartimiento. El pasado domingo lo tomó libre para darle mantenimiento a su negocio móvil. Limpió los cristales, desmontó las ruedas mohosas del hierro y las engrasó. Le dio un nuevo luk con toques de pintura sicodélica. Y funcionó, llegaron más clientes, pedían piraguas y se tomaban fotos con Dionisio frente al rótulo: “Piraguas frías hechas en Villalba”. Dicen que hubo esquimales que lo visitaron y se retrataron con él.

Dos semanas antes Dionisio había llegado de buscar hielo de Toro Negro. Allá, en esa montaña, hace más frío que en Alaska. Él ponía las cajas de cartón llenas de agua por la noche y al otro día encontraba cuadros congelados. Así hacía el hielo. Después de colocar los bloques de hielo, observó que bajaban una máquina de un camión y la acomodaban en la tiendita de Bubú, que se encontraba cerca al quiosco de Pedro.

Terminó su quehacer nervioso, se puso unas gafas negras, un sombrero de paja y se fue a espiar. Desde el otro lado de la acera asustado leyó el gigantesco letrero: “El Kuli de Bubú”.

“¡Dios Santo! ¿Qué será eso? Nos han invadido.” Se dijo aterrorizado.

El hielo comenzó a derretirse y dejaba un camino mojado en la calle. La corriente, como río crecido, llegaba hasta el Colegio Católico. Las monjitas tenían que mapear los salones casi todos los días. Un guardia municipal, mirando el chorretón de agua bañando la brea, le preguntó si todo andaba bien. Él, Dioniso, con su noble sonrisa contestó,

– Sí. To’ bien. Gracias.

Las piraguas de Dionisio eran frías porque estaban hechas de hielo, pero el calor de su corazón se las derretía en la boca a cualquiera.

Alguien le había murmurado que Pedro se retiró del negocio de piraguas. Comentaron que el Kuli de Bubú lo llevó a la bancarrota. Nunca se supo la verdad, pero Dionisio estaba decidido a seguir con sus piraguas. Lucharía. La guerra de “El Kuli de Bubú vs. Las Piraguas” de Dionisio había comenzado. La fila para comprar el Kuli de Bubú terminaba en El Puente de Palmarejo. La competencia era férrea.

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Las abejas estaban pensativas y Dionisio, sentado bajo la sombra del árbol de la iglesia, no sabía qué hacer. Reflexionaba preocupado en que nadie compraba ya sus piraguas. Se sentía desamparado.

Ese día a las doce se comió un sancocho de la Fonda de Carmen Rivas y se quedó dormido.

Le bajaba el vapor sobre la frente brillosa. Soñó con cosas raras: tamarindo, mantecado, frutas y cosas increíbles, las abejas, y el ¡rraah! ¡rraah! le cascabeleaba los oídos. Se levantó azorao’, entró a la iglesia, rezó. Luego, salió y amarró el carrito de piraguas del poste y se fue para su casa.

Pero en la noche lo persiguió el mismo sueño y una luz virginal lo paseaba por una finca oscura del Barrio Jovitos.

Al otro día temprano, con la amanezca de Dios, mientras las abejas lo perseguían como ángeles guardianes, se puso a pegar unos rótulos: “Piraguas de Ricos Sabores”. Acomodó dentro del cristal más de diez botellas de distintos sabores: tamarindo, guayaba, mantecado, chinola, china, piña, quenepas: “Siropes de Frutas de Nuestros Campos”.

A las doce todos los negocios cerraban y la gente salía a chuparse las piraguas. Se sentía la ternura y el calor humano. La gente adoraba matar el calor con el rico sabor de las piraguas de Don Dionisio. ¡Qué delicia! Las filas parecían rabos de culebras alrededor de la plaza, subían por la Calle Barceló y llegaban por la Calle Figueroa. El Padre Ramos siempre llegaba primero.

Desde arriba Bubú miraba las largas filas que hacían los villalbeños para comprar las piraguas de Dionisio. ¡Qué hermosos días aquellos! Quién olvida sentarse en la plaza a saborearse una piragua fría.

– Deme una de mantecado...una de piña...una de guayaba... pedían, pedían piraguas hasta saborearse todo el frío del hielo. Las piraguas de Dionisio eran frías porque estaban hechas de hielo, pero el calor de su corazón se las derretía en la boca a cualquiera. Todavía hablan del piragüero y su bondadosa sonrisa; hablan todavía también de Pedro y del Kuli de Bubú. Nadie los olvida. El pueblo los atesora en el recuerdo.

¡Qué tiempos inolvidables!

La gente al salir de la misa los domingos recuerda con nostalgia y orgullo a Don Dionisio, y ven el vacío en la esquina cerca del carrito rojo adonde vendía aquellas deliciosas piraguas.

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El autor es un prolífico escritor villalbeño radicado en New Jersey. Entre sus obras está 'Leyendas de mi pueblo', 'Cuando heredamos la locura', 'De una sonrisa a la vida', entre otros, incluyendo decenas de colaboraciones en Villalba Online.