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Historias de Villalba

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Por Juan Negrón Ocasio

Ocurrió este suceso hace tantos años, un 31 de octubre, que siquiera nadie recuerda los nombres.

Ghosts

Juan Bertin Negron OcasioAparentemente, eran hermanos. Tenía uno siete años y el otro diez al parecer. Los que viven en el barrio no los recuerdan porque lo olvidaron. Saben que fue un suceso escalofriante sin embargo. Nadie volvió a verlos después de aquel domingo que salieron de misa. El mayor era monaguillo. Estuvo junto al sacerdote como acólito.

Sus padres eran religiosos y por esa razón creían en el purgatorio. La nación adonde se revindican las almas nobles. Nadie entendió el hecho atroz nunca ni por qué las ánimas siguen errantes por estos lares geomorfológicos. ¿Qué pecados podían tener dos almas inocentes?

No fueron los únicos que no entraron el paraíso. En el poblado ha desaparecido gente que nunca nadie volvió a ver. Esfumaron. Sin jamás regresar. Es triste, lamentable, espantoso. Y, por qué los niños salieron solos aquel día. Compraron un par de piraguas y anduvieron hasta la plaza.

–Yo los vi cuando estaban sentaditos aquí.

Explicó Taso al policía que divagaba apuntando notas de gente que dijeron que los vieron por vez última.

Ocurrió este suceso hace tantos años, un 31 de octubre, que siquiera nadie recuerda los nombres. El año no fue el 1977. Hasta hace poco algunos creían que sucedió en 1976. Y entre comentarios raros unos alegaron que en 1980 fue cuando esfumaron sin rastros. Así que, el misterio del año con el tiempo complicó la investigación hasta diez años después que a nadie más importó el siniestro. Y ahí se quedó el asunto.

Hoy, a cuatro décadas, regresó el amargo recuerdo a la memoria. La maldición sigue la fatídica tragedia de los dos inocentes niñitos. Que sus ánimas desesperadas, inquietas, divagan perturbadas por este mundo de mortales rogando justicia, a quienes lo creen así.

Para los jóvenes padres no le fue tan fácil olvidar la desaparición de sus angelitos. Desaparecieron sin nunca saber la verdad. No obstante, ocurrió lo más espantoso. Se averiguó que los niños desvanecieron en la cueva, y no en la plaza, como se conjeturó. Por lo menos así lo manifestó un vecino durante la inquisición del horrendo acontecimiento que llevó a los padres, antes que murieran, seguir la inaudita investigación. En el cuartel de la policía debe haber archivos que muestre la veracidad del suceso.

De modo que, debido a los comentarios de la gente, en un tiempo se escuchó quejas extrañas que despertó interés de autoridades pertinentes. Tales fueron, la desaparición de animales, ruidos, visiones de imágenes, entre otras numerosas cosas raras. Los dueños de animales corrieron el velo. Pensaron a principios que estaban robándose los animales. Alguien maldijo al que se robó el caballo de paso fino que dejó comiendo yerba cerca al parque que colinda con 149. Otro detalló cómo le raptaron el gallo inglés de una jaula. El perro Shepperd de don Pepe desapareció del patio de su casa. Se dio cuenta la noche antes que el perro no ladró.

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Esa misma noche del aúllo los correntones desechos por la humedad del sereno lloriqueaban ruidos agónicos, los gatos maullaban como si sufrieran una pena profunda; el aire lanzaba gritos de viento agonizando. Se oía por doquier el tumulto, el torbellino acongojado de la soledad. Sonaba un silbido triste por todo el sector hasta encerrar a los vecinos. Por la noche corrían sombras negras por las calles oscuras.

Llenó de suspenso al barrio cuando cerraban los ojos y la gente comenzó a murmurar que veía una nube oscura con estrellas lejanas en el universo. La inmensa mayoría dejó de cerrar los ojos. No dormían por el terror que causaba adentro de la cara la oscuridad. Y dentro de esa oscuridad, de ojos cerrados, vieron imágenes que querían atraparlos, perseguirlos, y comérselos. Entonces ni para rezar los domingos en misa la gente cerraba las pestañas. Fue un algo aterrador.

Un lunes del treintaiuno de octubre fue peor. Se miraron las palmas de las manos y vieron una M, y en la otra mano vieron la misma letra. Tomasa, la espiritista, comentó, «Son cosas del más allá. Esa M quiere decir muerte. Y nadie se miró las manos jamás desde entonces. Tampoco soportaban el calor de dos meses antes. «Es fuego del infierno.» Murmuró mirando la bola de cristal roja. “Se aproximan días de tinieblas, llegarán con fuego...”. Y cuando estaba a punto de pronunciar lo que se aproximaba se desmayó.

Fue entonces que la población se dio cuenta que algo misterioso sucedía. El pueblo entero creyó, sin saber, que a los niños se los tragó algo vil. Un espectro de ultratumba. Comenzaron a buscar en malezas, en caminos solitarios, y entraron a la cueva armados con rosarios y cruces, imágenes de ángeles, velas y vírgenes, y enormes cuadros de pintura con la cara triste de Jesús mirando a Judas en la última cena.

Un día antes se nubló el cielo y, desde el pueblo hasta Guánica, lo cubrió una nube gris inmensa como sábana negra sobre cama, y fue paulatina arropando al país hasta cobijarlo con un manto de noche lúgubre. Todos los días temblaba la tierra. Creyeron escuchar pasos gigantescos en las nubes, truenos inimaginables como si nunca ante fueron escuchados. La gente renunció dejar puertas y ventanas abiertas de noche ni de día, y le clavaron charnelas de metal y pusieron trancas. Había llegado el tiempo de la enajenación y comenzó el principio del éxtasis y el miedo. Fue como una invasión cósmica de fantasmas.

–¡Esto es lo único que faltaba para completar nuestra desgracia!
Gritó paranoica Micaela.

De modo que salió armado un ejército de vecinos para averiguar la lumbre que se divisaba en las amanezcas en la cima del monte de Jagüeyes. Avanzaban nerviosos por la angosta vereda que apenas cabía un esqueleto. Iban pausados en fila de soldados moribundos de miedo. Se adelantaban nerviosos con ojos de caballo muerto. Se acercaron coléricos abrazados unos a otros temblándoles como terremoto la piel. Levantaron los machetes, se lanzaron llenos de cobardía y encontraron en la maleza a Jacinto El Caminero colando café.

–¿Qué diablos haces aquí, hijo e’ madre sin nombre? El pueblo entero está acobardado por esa mierda de fogata que enciendes todas las madrugadas. Le gritó enojado Chencho Cabeza ‘e Buey.

–¡Señores, llevo más de treinta años desyerbando caminos, y haciendo este cafecito de la alba, y ahora teinen miedo a un fogón! Pal carajo, de pueblo cobaide. ¡Si tienen meido cómpreinse un perro! ¿Quieren café para que se espanten la cobardía?

–¡Ah, qué mierda de café ni qué café! Gritó furioso el Cabeza e’Buey.

Y salió con su séquito corriendo camino abajo. Y mirando hacia atrás avanzaban como si un espíritu siniestro los perseguía. Llevaban las lumbreras pegadas a las caras para ahuyentarse el terror. Los ojos alumbraban el color del fuego.

Cuando aquella multitud colérica entró a la cueva, otro día, iluminada por un millón de quinqués, encontraron muestras de cenizas de calaveras, piltrafas y unos restos humanos encima de una alfombra amarilla de mierda de murciélagos. Dicen, los que escribieron anotaciones, que eran huesos de animales, anotaron los investigadores indecisos que, “...está por comprobarse si los huesitos encontrados son de niños, o seres vivos...”.

Desde entonces nadie sabe nada. La gente no tiene memoria. Han pasado cuarenta años de espera. Y nadie sabe nada. Nadie...