Policía
Category: Vida Social

Por Juan "Bertin" Negrón Ocasio
Leyendas de mi pueblo
"¡Salta, Cachún!"

old-Villalba

Juan Negron OcasioLa idea era correr, ¡correr!, perderse y no dejarse agarrar.

Esta historia comienza hace más de cuatro décadas cuando por curiosidades comenzó a deambular por el pueblo de Villalba. Hoy nadie se acuerda de su edad ni de su nombre; nadie ni siquiera ya lo nombra. Qué tristeza. Adónde llegará nuestra historia. Se esfumó volando como un Ángel de camino al cielo y dejó las palomitas collarinas picoteando, buscando entre piedritas y enanos helechos algo de comer bajo los árboles frondosos en la plaza. Aquella plaza hoy quimérica de encuentros infantiles, de retozos y de aventuras, de eternos recuerdos. Él sentado casi junto a ellas, encima de la hierba, las contemplaba en suspenso, con sus ojos brillosos de agua bendita y con su mirada de pena quería atraparlas. ¡Abrazarlas! Pero se conformaba con sólo sonreírles y lo hacía posiblemente por las curiosidades de los pasos finos de ellas o por sus aseados cuerpos o por los coquetos movimientos o quizá simplemente por los recuerdos inertes que le llevaba a su inocente infancia.

Qué infancia. Años lastimeros para aquellos que nunca lo conocieron. Enjuague de martirios y retorcidas desventuras. Aquellos que nunca pudieron abrazarse a su sudor y al olor marchito del infortunio de días sin baño, de hambre, de contiguas adversidades entre su hogar y la alcaldía del pueblo, de anhelos y de compasión, jamás entenderían lo que yo sentí. Cuando emigró dejó un reguero de niños tristes, huérfanos de un gran amigo. Muchos nunca supieron a donde fue. Tampoco nadie preguntó. Sólo tronaba el lamento en la oscuridad de la soledad en la calle por las noches frente a la iglesia vacía; cuando ya no había para donde correr. El silencio de la plaza desplazándose en el crepúsculo doloroso de la incomprensión. Y aquel camino desierto al lado del hospital quizá fue el único que numerosas veces lo vio tropezar de dolor y lo consoló, como una madre cuando consuela con una teta a un hambriento niño recién nacido. Ese camino, le extendió la alfombra de fango, de piedras, y de vidrios que sus pies descalzos desgranaban.

Era gracioso verlo caminar. ¡Qué relajo! Cuando caminaba tiraba los pies inordinados como si el derecho iba hacia la izquierda y el de la izquierda iba hacia la derecha. Sus pasos de pingüino dictaban lo incierto, lo incrédulo. Los pies desnudos, con uñas mugrientas, sin firmeza pilotaban sublimemente por la capa ardiente de la calle Muñoz Rivera. Ondulaba sin rumbo. Sonreía. Siempre sonreía sin precisar a quién llegara desde la pena más honda de su alma su inocente sonrisa. Los brazos largos de simio que colindaban con las rodillas, lo cantiflaban, los movía libremente y los aleteaba como buscando al viento, como abriéndose paso por el sendero céfiro de las palomas. Aquellas manos con piel de espinas eran finas y delicadas, llevaba en ellas la nobleza de la niñez. La nobleza de la desolación. Cubría su cuerpo esquelético una camisa de manga corta, con manchas de todas clases, sin medida, que en algún tiempo debió ser blanca, que lo levantaba, como alas de golondrina, dejándose así llevar por el viento arrítmico. Era un hombre amargado, nocivo para los ricachos y los burlones del centro del pueblo, no hay duda fue un niño desterrado de la patria de la infancia. No existe duda que llevaba un olor fuerte a muchacho de pueblo.

¡Se llamaba Cachún!

-¡Cachún, se cae el cielo!- le gritábamos.

Entonces doblaba su cuerpo sin mucha carne humana, la que llevan de más los clientes leales de Burger King y McDonald's, y volteaba los ojos mostrando solamente lo blanco, torcía las manos con los dedos estirados formando unas flores de campana, viraba el cuello erecto hacia el cielo y luego se tapaba de forma espectacular todo su cuerpo moreno de mugre y frágil esencia humana como si el cielo de verdad le fuera a caer encima. Se mantenía quieto por varios minutos y nos quedábamos en la expectativa. De momento comenzaba lo mejor de todas horripilantes experiencias de todos nosotros. Iba levantando su cuerpo poco a poco, lento, hasta quedar derechito cual inmóvil estatua. Empezaba el corre corre y nos perdíamos en distintas direcciones Calle Barceló y Calle Muñoz Rivera arriba. Nos quedábamos inmutables y estupefactos frente a la escuela Makñons. Y desde la distancia veíamos a Cachún paralizado; indefenso con los brazos cruzados. Con las manos sucias. Firme. Quieto. Con el alma blanca. No sabíamos qué pensaba. Si acaso algo. No sabe hablar, nos decían. Le veíamos los ojos comprimidos desde la lejanía; lo veíamos sonreír entre sí, bailoteaba y hacía monerías y muecas y luego comenzaba la gran aventura. Huíamos como Toño Bicicleta de aquel zarrapastroso humilde menino cuando lo veíamos correr hacia nosotros.

-¡A correr! ¡A correr!- gritábamos en coro.

BA ParrocoopAlgunos subían calle arriba y otros nos dispersamos por la Calle Lucchetti y la Urbanización Villa Alba, unos para un lado y otros por otro, éramos más de quince, subíamos por el Barrio Chino. Huíamos aterrorizados. Conocíamos todos los caminos y senderos de la finca de Villalba que nos llevarían a eludir que él nos agarrara. Él corría tras de nosotros cuando atravesamos el misterioso cementerio en el Barrio Chino. Terreno infértil ya de almas perdidas. Lo cruzábamos brincando tumbas hurtadas por la maleza y los muertos brincaban del susto.

¡Corríamos como pillos en película! ¡Huíamos!

Nos aventurábamos por el Pasto Pareja y luego salíamos frente al matadero donde murieron muchas reces inocentes degolladas por la navaja de Pecado. Con el corazón ya fuera del pecho, bajábamos por la 149 y nos escabullábamos por el camino de la Barriada de los Perros. Pasábamos la pluma de agua. Al final, subíamos la escalera hasta llegar a la plaza. Después de tanto correr, allí llegaba atrás de nosotros y atrapaba con sus manos roñosas y sucias a uno de nosotros.

¡Yo fui la víctima!

Luché por escaparme de la inmundicia sana, pero me atrapó con sus enormes brazos que parecían garras de tigre. Y con sus manos ásperas llenas de espinas de piel me ató a su pecho. Hice el intento sobrehumano de salirme de la mugre. Sentí el olor horripilante a sudor de sobaco pulcro, sentí el aroma del lodo de río crecido y el dulce olor de mangó podrido. Sentí bien cerca en su mirada oscura y tierna la más terrible pesadilla de la pobreza. Sentí la madre de todas las penas y sentí la teta seca de una madre empobrecida; y me abrazó, sin yo poder escaparme, y me acurrucó en su pecho desnutrido y me dijo cosas que no he logrado entender nunca. Oí en su aliento el grito y el palpitar de un pueblo desconsolado y sin comprensión. Luego, entre sus manos punzantes agarró mi cabeza, apretó mi cuerpo, me dio un beso en la mejilla, y me dijo tiernamente...

-Te quiero.

*Para ordenar el libro de cuentos "Déjame contarte un cuento y otros asuntos" del escritor villalbeño Juan "Bertin" Negrón Ocasio escriba a: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it..