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A pesar de esto, el maestro se dirige a sus pupilos con el mejor ánimo posible y da el 100%, y hasta las ya conocidas millas extras.

teacher in stress

Colaboración de la profesora Carmen J. Fernández Espada

Prof. Carmen J EspadaOPINIÓN - Ser educadora por más de 20 años me permite estar inmersa en la realidad diaria de los maestros en Puerto Rico. Resulta sumamente abrumador y triste escuchar las reiteradas quejas, todas válidas, que expresa el docente puertorriqueño. Diariamente regalamos nuestro tiempo, fuera del horario lectivo, para poder cumplir en excelencia con todo lo que se nos exige. Esto me lleva a reflexionar sobre la salud física y emocional del educador, sumamente minada debido, principalmente, a la excesiva carga laboral. A esto añadimos, en muchos casos, las pésimas condiciones de trabajo y, la gota que desborda la copa, lo incierto de nuestro futuro a manos de una propuesta de reestructuración de la deuda del gobierno por parte de la JCF y avalada públicamente por la gobernadora de Puerto Rico el pasado viernes.

Una de las principales tareas del educador es preparar extensos planes semanales para cinco días laborales. Esto implica horas de trabajo frente a un escritorio. En dichos planes, el educador tiene que tomar en cuenta, nada más y nada menos que lo siguiente: los mapas curriculares, el contenido de la unidad, los acomodos de los estudiantes del Programa de Educación Especial, las estrategias de Educación Diferenciada, los diferentes estilos de aprendizaje, la inteligencia emocional, un proyecto innovador, una organización estudiantil y las actividades de inicio, desarrollo y cierre por clase, entre otros intríngulis. El sólo mencionarlo, agota.

Una vez trabajado este abrumador plan, hay que dedicar tiempo adicional a la preparación de materiales y equipo a utilizarse en la clase. A pesar de esto, el maestro se dirige a sus pupilos con el mejor ánimo posible y da el 100%, y hasta las ya conocidas millas extras. Esos alumnos tienen un derecho inalienable a recibir una educación digna y de excelencia. Cada uno de ellos tiene también su historia, su condición de salud física o emocional, su estilo de aprendizaje, sus posibles deficiencias de aprendizaje, etc. Y es ahí cuando el súper maestro entra en acción y trata de satisfacer cada una de esas realidades particulares del estudiantado. Es ahí cuando se agudiza nuestra lucha por querer cumplir con ellos, ejerciendo la función de padres, enfermeros, consejeros, psicólogos y mediadores, a pesar de la carga administrativa y las múltiples evidencias por si acaso surge una queja, querella o demanda. También somos el “punching bag” que recibe las culpas de lo que no sale bien, de las mal implantadas reformas y de los inventos que año tras año, nos impone el sistema.

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Además, el maestro evalúa, corrige, tabula, toma la asistencia diaria, hace referidos al personal de apoyo, llama y cita a padres o encargados, coordina con los maestros de educación especial, completa informes, asiste a reuniones, entre otras tantas cosas más. Sí mi querido lector, así como lo lee. Somos como inmensos súper pulpos que tenemos “súper poderes” para poder cumplir con la multiplicidad de tareas y roles que se nos asignan.

Estamos expuestos a faltas de respeto, a demandas, al “mobbing” o acoso laboral, a la incomprensión, a las críticas, burlas y al desprestigio. Todo lo antes expuesto, en definitiva, va minando nuestro ser. Aun así, somos los forjadores de aquellos niños y jóvenes que son la esperanza del mañana. Como me dijera una profesora en la universidad, “los maestros son las manos que sostienen y mantienen en pie este sistema educativo”. Eso es indiscutible.

Es lamentable que, en lugar de valorar la labor magisterial, la misma sea cada vez más mancillada. No mejoran nuestras condiciones laborales, sino que empeoran cada vez más. ¿Y la estocada fatal? En lugar de ofrecerle y garantizarle al maestro un plan de retiro digno y justo, se establecen propuestas que buscan llevarnos a la indigencia, en una etapa de vida en la que nuestro cuerpo, ya senil y agotado, necesitará un merecido descanso. Esa incertidumbre de cara al futuro nos llevará al éxodo masivo de educadores y a la debacle del sistema educativo puertorriqueño.


La autora es maestra de Español del nivel secundario en la escuela Felipe Zayas, de Coamo. Posee una maestría en Educación y ha ofrecido cursos en la Universidad Católica de Ponce, la Universidad Interamericana y EDP University de Villalba.