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Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

"Llegaron por Guánica hace un siglo unos jinchos hablando un idioma que todavía no entendemos..."

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Juan Bertin Negron OcasioOPINIÓN - La noche antes que nos quitaron la libertad estábamos asfixiados, nos estrangulaba el recorte fiscal que agobiaba a la madre de todas las madres de las pelambreras. Los vientos del Sahara soplaban a to’ jender pero no tan fuerte como los bostezos isleños. Hacía tiempo que nos venían acostumbrando a estar pelaos. Las iglesias ofrecían una misa semanal sin limosna, las alcaldías quitaron acondicionadores, menguaron gente, salarios y beneficios, racionaban el agua y leíamos por el día. La Autoridad de Energía Eléctrica detectó irregularidades de unos asaltos más ingeniosos que los de Hígado de Ganso en Navidad. “¡Esta maldita factura no cuadra!” Se palpaba la desesperación. Prueba de la pelambrera eran las dos gigantes amígdalas que mostraban las multitudes deambulando como zombis por calles desoladas; bostezaban con estilo propio y en diferentes tonos, algunos daban vueltas como perro buscándose el rabo, dejándolos salir tres veces seguidas “aaah, aaah, aaah”. Los bancos, cooperativas y fiadores perseguían, como efebeí, a los embrollones para cobrarle deudas hasta 50% de interés en tarjetas de crédito. Innúmeros mala-pagas se sometieron al clandestinaje. Escondían los carros y espiaban de atrás de las persianas movimientos extraños afuera. Casi les tumbaban la puerta. Pero ni por nada abrían. “¡Dile que no hay nadie!”, gritaban al vecino.

Una fantasía nos alucinó y soñamos que estaríamos mejor anexándonos con un 97%. Pero no llegan todavía los malditos beneficios federales y recibimos más fuete con aumentos descontrolados a la gasolina, cigarrillos y ron. “¡’Dita, sea!” Todas las promesas aceptamos y se nos hizo creer que nos moriríamos sin una Junta de Fuelles. Llegaron por Guánica hace un siglo unos jinchos hablando un idioma que todavía no entendemos, le afirmamos todo con “¡umjun!”, le interrumpimos el discurso con tres exagerados bostezos corridos en tonadas distintas “aaiihh”, “oouuah”, “aeiou”, el último se lo tiramos con todas las vocales, durante el monólogo sonreíamos con las manos enterradas en los bolsillos rotos.

Quién creería que éramos libres, teníamos siembras y cosechas antes de la visita inesperada, y faltó poco para vivir una vida productiva, sin las longanizas de embrollas que nos arrollan hoy, no pudimos detener que nos embargaran ni la pelambrera. Nadie creyó que nos embargarían hasta la bancarrota. Se han llevado hasta el fiao. Alucinados volvimos a creer en el “¡Sí se puede!”. No saber, no es como no ver. El que no sabe anda perdido, el ciego siempre llega a su destino. Para completar, los invasores se fueron y nos dejaron a merced de piratas con corbatas y gabanes. Le creímos todo porque jamás habíamos visto seres tan altos y rubios. Entonces comenzamos a despreciar nuestras pequeñeces desde cucarachas hasta piojos. Todo lo grande era americano. Fuimos despreciándonos hasta el color de la piel y el pelo jabao’, abandonamos barrios, fincas y nos metieron en cajones de cemento, nos industrializaron hasta el cocote, nos hocicaron la PRERA y el mantengo. Nos atacaron con epidemias raras. La más destructiva es la pelona. Los isabelinos bostezaban más fuerte y los pusieron a soplar los molinos. Otros soplaron veleros y llegaron por el Atlántico a Florida. La mayoría quedamos desamparados a merced de aves de rapiña dejándonos pelaos como las nalgas de un mono.

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Desde el primer día que dejamos de ser libres comemos arroz blanco con kétchup, “Den gracias a Dios que comen algo...” nos estrujan en la cara los políticos, “Hay que hacer ajustes”, oímos decir. Por más de 100 años creemos en Maricastaña perseguidos por cobradores. Desde que dejamos de ser libres somos embrollones, y cogemos fiao a to lo que da. “¡Cierra las ventanas!” Por décadas vivimos en confort. Nadie dejaba el mamey de la isla, ahora hasta nadando se tiran por el canal de la mona para llegar a Santo Domingo. Ya no compramos en la tiendita del pueblo y saludamos al dueño desde walmalt. Nos están despellejando como pollo pa’ fricasé y las ráfagas de los bostezos avisan que vivimos pelaos sin otro sitio adonde ir.