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Category: Vida Social

Juan “Bertin” Negrón Ocasio

Los villalbeños llaman Ace a todos los detergentes de lavar ropa.

detergente-ACE

Juan Negron OcasioEn muchas ocasiones, en la calle o en la casa, decimos las cosas como las aprendimos, como las escuchamos, sin importar las tantas veces que el maestro de español nos corrigiera en el salón, que pudo ser una humillación nunca olvidada, menos para los charlatanes, sinfonía de humor que se iría desplazando de boca en boca por todo el pueblo. Para otros, una lección de vida que ayudaría a no cometer tantos errores en la comunicación verbal como mandan las leyes de la expresión virtuosa del castellano. Luego aquellas cátedras de los filántropos maestros las usaríamos para corregir a los súbditos de nuestro vecindario, quizá a nuestros propios padres en la casa. ¡Dios nos libre que lo hagamos en público!

Pero el lenguaje villalbeño es nuestro y lo usamos para expresarnos de la mejor forma posible aunque no necesariamente sea la mejor forma para los que nos corrigen. Siempre aparece alguno que le busca las cinco patas al gato y dice lo contrario, y como siempre, asoma la cara de la controversia y nos acusa de no hablar como se debe o en no pensar en lo que decimos, y como si fuera una décima jíbara comienza la porfía por la redundancia de palabras. De que usamos la repetición, no cabe duda. ¿Y qué?

Algo típico en relación a lo mencionado escuché explícitamente en una conversación reciente con un pariente. Así lo dijo, y así lo tiro yo pa lante con la retórica sagaz que le corresponde.

Me dijo que…

…aquel día Remigio se levantó con un dolor insoportable en la parte posterior del cerebro. La noche antes en las Fiestas de El Ñame con Carne Frita se comió tres platos del delicioso manjar. Hacía más de tres meses que no comía el riquísimo plato esperando la noble celebración del paladar en Villalba.

-Comí y se me quitó el hambre, dijo a los que estaban a su lado. Con quienes se dio unas cuantas cervezas frías en la taberna de Manolo. Quien les había gritado:

-¡Entren pa’ ‘ca dentro!

BA Tierra-Santa-Total-GasAl levantarse al otro día, se espetó un buen desayuno, un par de huevos fritos, jamonilla espanm, y queso dentro e media libra de pan de agua que le había comprado al de la guagüita que pasaba a las seis de la mañana temprano gritando con el altoparlante:

-Tengo huevos, tengo huevos de gallina, pan calientito, jamón del fresco y leche carneichun. Cómprame los huevos. ¡Levántate! ¡Levántate!

La mayoría del vecindario encueva la cabeza debajo de la almohada al oir el grito del vendedor ambulante. ¿Quién se levanta un sábado tan temprano para comprar huevos de gallina?

-Deme media docena de huevos de gallina- le dijo soñolienta Kari, guiñando los ojos.

-¿Quieres media docena o seis?

-Papi me dijo media docena.

-Oka.

-¡Levántate! ¡Levántate!…tengo huevos de gallina…

Y seguía con su gritaera por el barrio de Hatillo. Cuesta sube y baja la misma gritería por el megáfono, claro, sin la potencia que usaron los políticos en sus caravanas en las elecciones pasadas. La gritería del vende huevos era un susurro comparado con los bigliguers de la política. El estribillo de gritos de Cabeza Hueca, como le llamaban sus clientes, quien ha aceptado ya el seudónimo con gentileza, era ensordecedor.

Como el dolor de cabeza no se le quitaba a Remigio, se vistió y se fue pa’ la Farmacia González, entró pa’ adentro y se encarriló donde el boticario.

-Dame una Tylenol.

-Lo siento lo que tengo es tailenol y vienen casadas. ¿La quieres o no?

-Si es lo único que tiene, dámela. Tengo un clache dolor de cabeza ca… bestial.

Se tomó el matrimonio de un cantazo. Le bajaron por el buche como tostones fritos. Se le quitó el terrible padecimiento en el cogote.

Al llegar a su casa preguntó a su mujer si lavó la ropa que usaría el lunes. Ella respondió que no tenía ace pa’ lavarla. Le dijo, ve a case de Marcolo y compra, porque el sol está pelú y quiero aprovechar antes de que caiga el sereno.

-‘Pérate, voy ya mismo y se metió un canto e pan duro en la boca. Lo bajó con café prieto.

-Ve corre rápido, y avanza, y dile a Raja ‘e Tabla que me eche el 011 en la bolita a ver si me gano algún dinero- dijo ella.

-Es lógico que si juegas bolita es pa ganal chavoh, y calma piojo que tu peine llega- contestó él.

Después de pensarlo se levantó del sillón perezoso y se fue a comprar el detergente de lavar ropa. Al llegar saludó.

Se dirigió a Marcolo, lo llamó aparte y le pidió una comprita.

-¿Y la vieja?- dijo Marcolo.

-Yo sé que está media enferma, pero, no te preocupeh que cuando cobre el viernes te la curo.

-Oquey, pero acuérdate que el negocio tá flojo…

-Si puedes me dah una caja de ace, dos latitah de salchichah, y una librita de café.

El negociante metió los encargos adentro de una bolsa.

No hubo problemas con el fiao. Se montó y se metió pa dentro del carro. Llegó. Se estacionó y bajó pa’ bajo las escaleras.

Al entrar adentro de su casa, le gritó a su mujer que había llegado. Ella brincó pa’ arriba del susto, enfogoná dejó la estufa prendía con las habichuelas y dos chuletas, y un poco impaciente abrió la bolsa de papel, miró adentro, y rebuscó en busca del detergente que a tente bonete le había pedido que le consiguiera.

-¡Trajiste Ace! Tú sabes que a mí no me gusta laval la ropa con ese ace. Yo lavo con taid.

-Ese fue el que me dio Marcolo. Y dijite ace. To loh ace son el mihmo.

-¡Cámbialo!

-‘Chaachaa, vete tú y no te olvides que horita voy a case el rapachola a recortarme.

-¡No, a rezar!

Se fue refunfuñando pa’ la cocina. Dejó quemar una de las chuletas. Después de la comida les llegó un col que se había muerto Charlie ‘Pelo ‘e Caña’.

-No te olvideh que mañana por la noche van a velal al muerto y lo van a velal en la funeraria cerca del puente que va de lao a lao.

-¿Para qué velarlo? Si ya se murió- dijo ella.

-Ay, Dios Santo, contigo no se puede hablal. Tengo que salir pa’ fuera para ver si consigo betún pa’ linpial los zapatos. ¿Hace falta algo?- le preguntó a la mujer.

-De todo lo que hay no hace falta na’, sanquiu-.

-Vas a tener que irte pa’ la iglesia el domingo a confesarte los pecados- le dijo él con una carcajada.

Ella lo miró, mientras el vapor de la taza de chocolate le rosaba la nariz, y sonriéndole, le preguntó,

-Y qué otra cosa se confiesa si no son pecados…

Él se levantó, salió pa’ fuera a coger aire fresco, después entró pa dentro y los dos, en la oscuridad de la noche, se durmieron con los ojos cerrados.