Policía
Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

A Carlos Emilio “Apa” Guzmán

vendedor de periodicos

Juan Negron OcasioLos sábados en la mañana, cumplidor de sueños acortados casi por obligación o mejor decirlo por deberes, a las seis en punto, con el despertar del ruido inarmónico de un codorniz madrugador y el cacaraqueo de gallinas, entre ellas una piroca, y los mosquitos aun cuchicheándome por un oído, me despertaba mi adorada abuela. Lavándome con agua fría, sacudía la morra y pensaba en “cómo podré atajar y llegar primero”. Llevaba en el buche un canto ‘e pan con mantequilla y una taza de café prieto más oscuro que la noche. La competencia siempre fue ardua en aquellos tiempos difíciles. La recompensa no parece ser mucha, pero me ganaba un centavo por cada periódico que se vendía a cinco, era un verdadero reto estar entremetido en la esperanza de la prosperidad. ¡Qué montón me han socorrido en la vida esas hazañas! Nadie tenía clientes ni negocios ni garantías. El primero que llegara, como una carrera de caballos, se condecoraba con el premio de la venta. El más ágil en repartir los periódicos y seguir hacia el próximo destino llevaba siempre la delantera y el triunfo. O sea, un chavo prieto por cada periódico.

Desde la curva del puente de Palmarejo bajaba a las millas de chanflán, chillándole las ruedas de bolines del carrito de madera se oía rugir, como león salvaje, a Apa. Traía más de 100. A mí, por chiquitín y escasa edad, me surtía la cabeza mi abuelo con veinticinco. La ganancia por cada uno que vendía era un verdadero capital que resolvía mis antojos de cucas, marrallos y, con suficientes ahorros, ver las películas de El Santo en el cine de Nando. Era un compromiso moral no regresar sin venderlos todos. ¡Gran proeza!

Arrancaba a pie desde la curva cerca de donde comienza el desvió de la 149. Frente de la casa de Lilo, mi abuelo Reyes tenía su modesto negocio. Mi viejo vendía alguna que otra verdura, dulces, chucherías y lo más productivo era el periódico, después de la bolita. ¿Quién hubiera pensado que después de tantos años aquellas aventuras de reto y travesuras serían parte de una historia olvidada? Mi abuelo fue el primer comerciante que empezó a vender un periódico en el pueblo de Villalba. Aparecieron otros para añadirle a la competencia. La gente leía hasta los anuncios de los rotativos. Hoy es distinto. Nadie vive feliz sin medios digitales. Y peor nadie recuerda. Están adictos a feisbuk, tuiter, y lo que llaman instagram. Habrá que matarlos antes de quitarles esas redes sociales.

-Mejor dejo a la mujer- grita Cachambro.

Escuchaba en mi mente el crujir de las guaretas de metal sobre la brea desde que salía de Palmarejo, venía como vaquero dándole fuete a la carreta amontonada de periódicos. Se surtía tanto que hasta encima de la cabeza le flotaban páginas de caricaturas. Popeye y los Pica Piedras volaban en el aire. Y los vendía todos. En realidad envidiaba su astucia. Por más rápido que emprendiera el paso me pasaba destruyendo la barrera del sonido, a velocidad Mach3, sin pena, desafiando luz solar y al viento, indiscutiblemente era superior al MiG 23 sobre la carretera. Numerosas veces intenté construir uno similar. Terminado mi carrito, después de dos semanas de trabajo continuo, sin capota y sin descanso, construido con tres virotes, dos bejucos que servían de manubrio y cuatro latitas de salchichas como ruedas, con gran entusiasmo y dispuesto a retar a la brisa tropical, lo probé en la Calle Muñoz Rivera. Arranqué cuesta abajo a las millas de un súper jet, lo empujé a todo dar, pasé por el negocio de Carle, pero se me olvidó ponerle frenos y caí sembrado en una loma de arenilla frente de la ferretería de Félix Toledo. Tuvieron que llamar una grúa para sacarme.

Apa era invencible, y él lo sabía, y ejercía todo empeño en mantener su hegemonía de ventas noticiosas. La gente sólo compraba el periódico al primero que llegara. Había que levantarse antes que saliera el sol. “El que madruga Dios lo ayuda”, decía mi abuela halándome la sábana. Él tenía la habilidad de Don Juan de Dios Negrón quien en 1882 estableció el primer negocio en Villalba. Nadie compraba dos periódicos. Era lujo de los establecimientos tener un sólo periódico y los clientes se turnaban esperando horas en filas infinitas para poder leerlos. A veces las filas eran tan prolongadas como las promesas de los políticos cada cuatro años y no toda la gente los compraba si podían leerlos de gratis porque eran tan macetas como la gente de hoy día que no compran un libro. Prefieren pedirlo prestado. O enterarse por medio de estos relatos en Villalba Online. Por ese motivo Virgilio Negrón, Carlos Mercado y Daniel Serrano Rivera se retiraron de las trasnochadas de poetas. ¡Dios nos salve porque es un infortunio ser iliterario!

A los negocios que le atajaba, Apa ya había vendido el periódico. Aquí es que empieza la perspicacia de porqué conozco más que nadie al pueblo de Villalba. Ni Melvin ni Javy ni Neysha ni Wito ni Bernard ni Waldemar llegaron a donde yo llegué. Comencé a llegar a donde nadie llegaba; lugares que casi tocan la luna. Subí jaldas y abrí caminos nuevos en barrios que ni las mulas trepaban. Veía en barrancos agricultores empujándolas por los traseros, otros las halaban por el rabo y trataban de subirlas al revés monte arriba por callejones de barro. Llegué a mundos extraños, desconocidos de civilización alguna en Villalba. Hoy se sabe que vive gente en algunos de esos barrios porque les llevé el periódico. Así fue que supieron que existía Mogotito Sembrao, El Chichoncito, La Alcaparra, El Joyito, etc., los descubrí. ¿Quiénes saben a dónde están? Nadie.

Llegaba a la tienda de Juan Díaz: “Ay, mi hijo, ya compré El Mundo”, me consolaba mostrando el papel enrollado. Entraba a la escuela MacKnown Jones y los maestros me botaban de los salones. “Llegaste tarde”, me gritaban y salía entristecido. Cuando llegué a la panadería en la Calle Figueroa, el panadero con el brazo tuco me tiró con un canto ‘e pan viejo. Entré al hospital y Toño insistía ponerle penicilina a Julián el maestro y Goyo Cintrón lo aguantaba, llegó el Doctor Márquez, con su saludo inusual, “Hola” y todos quedaron paralizados.

Me fui a la alcaldía y Ramón Negrón estaba atendiendo a una señora enojada. Entré a la cooperativa de consumo y el gerente me compró el primero. “Aja”, grité de júbilo. ¡Qué alegría, sacudí la pena! Después de dos horas ya era una situación de supervivencia. Entré a la Westinghouse, United Rubber Roller, La Andrea y fue en la Cooperativa de Gandules donde Toño Negrón me dio un ‘tur’; abrí los ojos, vi la producción más fructífera pueblerina, que luego se consumió con las desganas y el mantengo. Desapareció en busca del cachete federal. Allí vendí tres. Luego, con singular contentura, fui a la cafetería de Crucita en la entrada de la Planta Eléctrica y vendí otro. Con suficiente ganancia me compré una empanadilla llena de cornbif, aceituna, huevo hervido y papa, las mejores en todo el pueblo, la bajé con agua.

“Entras por ahí y vas a salir al otro lado del monte”, oí a Abá. Crucé un túnel siniestro por debajo de un monte que tumbaron para construir la urbanización de maestros. Traspasé por un lugar desconocido, allí me enredé con cientos de murciélagos, pisoteé diez tarántulas, más adelante me encontré con una boa de 300 pies de larga la agarré por la cabeza y le hice un nudo. Seguí como Tarzán villalbeño. Sudado, embachado atravesé por la oscuridad y descubrí El Joyito. Allí vivían unas gentes que no querían morirse, con gran regocijo advierto, era alegres, enérgicos de calidad moral, príncipes de abrazos cordiales que sin resistir a su naturaleza humana llegaban hasta, con poco exagerar, a ciento cincuenta años. Todo lo que consumían lo cultivaban con sus propias manos, cocinaban a carbón sin aceite sin sazón sin sofrito sin nada de preservativos y tomaban agua limpia de manantial. No tenían nada de modernismo ni tv ni radio ni medios de comunicación. Sin casi nada vivían una eternidad. Con el ánimo escaso me vi obligado a regresar al lugar adonde comenzaba la urbanización y la irresistible competencia de difusión. Me despedí desanimado y un viejito no menos de 120 años me advirtió mirando al cielo “llorará ya mismo”. Seguí sin avistar su sesudo consejo y sin guarida fui azotado por las culebras cristalinas que me enjuagaban sin cesar el polvorín que arrastré del túnel. Evidente muestra del lazo que lo apegaba a la naturaleza. El torrencial aguacero fue un sabio aviso.

La competencia de vender periódicos fue incesante y sin medida, excepcional. Mi abuelo complementó un ejército para poder vender el periódico El Día con mis tíos y mi hermano. Nos canalizábamos, como un hormiguero revuelto, por distintos caminos, comercios y sectores del pueblo. Fueron inútiles todas las estrategias para vencer a Apa y su venta de El Mundo. Para complicar más la situación apareció Corea con El Imparcial.

Entonces se enmarañó todo cuando comenzaron a bombardearnos con infinitos medios de comunicación y aparecieron cientos, miles, millones de periódicos por doquiera y aparecieron fantasmas digitales, mi abuelo se declaró en bancarrota, insoportable fue y casi imposible imaginar nada ni entender la verdad de lo que se leía y ninguno creía, ni siquiera ojeaban las cómicas y ni por curiosidad esperaban a Apa ni a Corea ni mucho menos a mí y nos hundimos en las páginas desaparecidas de un reciclaje de papeles viejos y nunca nadie supo a dónde fuimos a parar…