Policía
Category: Vida Social


Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

Dedicado a Antonio “Toño” Resto León:
quien me recordó a los olvidados.

taquilla-Teatro-Negron

Taquilla original del Teatro Negrón en Villalba*

Juan Negron OcasioCaminar en el pasado es bueno para la historia olvidada del pueblo. Es una de esas ocurrencias que se me ocurren. Recordar mucho lo poco que queda y está en el olvido. Nadie lo sabía hasta que se dijo. Si no se dice nadie lo sabe y si nadie lo sabe queda en lo oculto. ¿Quién sabría si nadie se acordaba? Se me ocurrió desenterrar a los olvidados y recordarles los vivos. Después de todo en realidad lo único que nos queda es vivir del recuerdo o en los recuerdos. Alguien dijo “recordar es vivir”. Yo diría vivir es recordar. Recordar mientras estamos vivos…

Aquel día iba por la Calle Barceló y me encontré sin querer a Panita. Iba risueño cargado de bolsas.

-Qué llevas ahí- le dije sabiendo.

-Esta es para Doña Iris, la de la tienda, esta para el alcalde, y la de Bobó el barbero.

Seguí mi paso dejándole un saludo parsimonioso. Desventurado. Así somos a veces. Nunca nos damos cuenta cuán importante son los que queremos hasta que no están. Lo vi desaparecer en su ligereza. En las escaleras de la Barriada de los Perros subía como relámpago 2 y 15. Dio un saludó fugaz. En la Calle Antolín Castillo estaba trepado en un andamio Caballo Blanco. El mejor pintor que ha parido Villalba. Por más de 25 años, usó la misma brocha y pintaba todo de blanco. El pueblo parecía un altar. ¡Qué pena! Observaba el artista Jesús Ortiz Torres. Los caminos del recuerdo son tan largos que recorrerlos toma mucho tiempo. Oí la bocinita, Pi-pi, y salió del olvido Pelón.

Pasé la plaza y me encontré con Gudo, pero estaba tan serio como Pan Viejo. Por cierto, Viejo, con su carrito de mondar chinas y ruedas chirrisqueando, se encaminaba cojeando hacia el Barrio Chino. Me percaté que Marcola y Yabucoa buscaban al Negro.

-No lo he visto- les contesté.

Y seguí errabundo por el mismo camino de siempre. Nadie se acuerda sino se mencionan. Antes de llegar a la Farmacia González está en el balcón de su casa Misis Zayas leyendo la historia de Villalba de Doel López. Apresuré antes que soltara una cantaleta de español. Me encuentro inesperado de frente a Apa. Venía jovial de la joyería de Félix Castillo.

-¿Viste mi reloj?- entusiasmado me extendió el brazo izquierdo.

-¿Qué marca?- le pregunté impresionado.

-La hora- respondió.

Pensé, “en este pueblo no se puede hablar con la gente”. Seguí.

BA-Centro-AhorrosEl sol estaba bestial. Debía llegar a la tienda de Nando para buscar unas telas fiá encargadas por Doña Hilda. Fui a la Cabaña Azul. Le pedí una Cola Champán a Luis Ríos quien conversaba con Ruperto Bonilla de la compraventa. Subí y pasé por carambola por la gasolinería de Durán. Vi a Lipe cambiando una goma con las manos pelah. Me dio el olor a empanadillas de Carmen Rivas. Detrás de la Alcaldía leí: “Fotografías Geño”. Recordé Las Fiestas Patronales. Por la Muñoz Rivera llegué hasta el ranchón de Práxedes Luna. Prestamista del pueblo. No ha existido banco como él. El único crédito era la palabra. Allí estaba Toño Resto sudao moviendo mercancías. El Cuartel de la Policía, entre la Iglesia Católica y la Plaza Pública, estaba tranquilo. Ismael Rentas estaba en la plaza jugando dominó con tres jóvenes de 80 y 90 años.

En la esquina de la Calle Figueroa estaba Dionisio arrinconado huyéndole al sol y el Padre Salvador Ruffolo guiñando los ojos refrescándose con una piragua de tamarindo. La gente pedía piraguas sin cesar. Una retahíla de muchachos pasó corriendo y Cachún detrás de ellos abanicando al viento con las manos quería agarrarlos. En la Calle Scharton estaba Pedro El Piragüero bostezando. Don Cruz Collazo entretenido acomodaba las verduras afuera de su humilde tienda (donde está hoy el Banco Popular). Miraban los grandes negociantes: Juan Díaz, Carle, Esteban Núñez y Félix Toledo. Con las tripas alborotadas regreso para comprarme una cuca en la cafetería (donde se encuentra hoy la Parrocoop). Trompi esperaba la guagua para Palmarejo. Primero paso por la tienda de Bubú quien vendía Kuli.

-¡Qué calor!- se quejó. Vi algunos memorables villalbeños.

Robert La Guinea pendiente de los transeúntes percató a Faisán. De reojo contaba con la vista los chicles Blony. Cholo, distanciado de Palomita, pidió un marrayo. Papo Cherry esperaba. Doy la vuelta otra vez y en la parada de carros públicos, frente a la Cabaña Azul, se abanicaba con un cartón Pachencho. Esperaba 5 pasajeros para Juana Díaz y Toño Gratacos con su Cadillac para Ponce.

En ese momento baja un entierro con un millón de gente. Julia la Loca observa con asombro.

Le pregunto: -¿Sabes quién es el muerto?

Contesta: -Parece que es el que va adentro de la caja.

Bajé la cabeza aguantándome el dolor de risa en el estómago. Sigo con los ojos aguados por la Calle El Surullo y veo a Fredy Grín debajo de una sombra. En la barbería estaba Carlos Algarín raspándole el coco a Rayo Kit con una cuchilla mohosa que afilaba con una badana. Asustados esperaban Yonyón, Pecado y Pan Doblao. Se escuchaba la guitarra de Chele y en la esquina Torombolo y Magú, compartían chistes con Beto, El Colorao y Chiqui. Coco escuchaba y Tito Marrero psicoanalizaba a Palomo. Pasó a toda velocidad Carlos Báez y recordé las competencias de Tete, Papo, Hunga y Luis Rivera. Majestades del pueblo.

Percaté a Maso discutiendo con Panamá frente del cine, Pablito los calmaba y Rafaela llamaba a Bernard. Angie aprendía de Mundito rodando a Cantinflas en la matiné. Asustao crucé la calle, entré al correo y veo a Tranquita mirando por el rotito de la llave de un buzón...Saludé a Rafo.

-No hay na pa ti- me dijo bostezando.

Salí y calle abajo veo a Don Merce sonriente frente de la funeraria saludando a los viejos que pasaban cabizbajos. Jocky leía en voz alta los deportes de un periódico y Jossean escuchaba atento. Di la vuelta por la Calle MckJones y entré al Restaurante Chino. Saludé.

-Hola- nadie respondió. ¿Hola?- grité.

-¡Son la tlé!- me gritó el cocinero.

Me fui de prisa. Observé con beneplácito el Colegio Católico y recordé mis primeros dibujitos. Todavía conservo el cuaderno. Por encima del puente vi la Francisco Zayas Santana. Atravesé por el camino detrás del parque. Entré. En la oficina estaba Capulina dándole una notita al Mamito. Vi a Misis Cintrón y me escondí en el salón de Honey. Ese día corté clases. Tuve que faltar para acordarme que 30 años después tenía que escribir este relato.

Cuando llevo la tela a Doña Hilda bochincheaba con Goyo Cintrón y Doña Gina. Cansao llegué a la Barriada de los Perros. En la cancha jugaban baloncesto Cisco Kid, Pistolita, Marcolo, Carolo, Manolo y Fermín. Loló vendía limbel. Guelín y Rafín eran los árbitros. Vi a Minio y a Angelina tomando café con Josefa, Neco, Pelegrín y Rebollo. Al pasar por frente de la casa de los Malavé se me manda detrás una perra rabiosa. Corrí más rápido que ligero. Me trepé en un palo de mangó en la casa de Caculo el de Vicente. Desde el palo oía gritar a Negri:

-¡Déjalo Chimbola, coño, que es Bertin!

Se me aguaron los ojos. Por un momento pensé en la desgracia y abrazado a un gancho veía la perra poseída en el tronco mostrándome los colmillos. Me subí hasta el cucurucho. Oí gritar otra vez: -¡Ven Chimbola!

Vi que Negri le mostraba un hueso de dinosauro y la perra contenta meneando el rabo desapareció. Bajé y me perdí rompiendo piedras descalzo callejón arriba. Me acordé de muchos que nunca olvido, quizá seré uno de esos un día. Recorrí el pueblo con humorística travesura tiempos gratos, lugares y gente, vivos y muertos, que se recordarán con cariño durante mucho tiempo. Y fue tanto el regocijo que creo olvidé a los que debía recordar.

* Foto de taquilla© cortesía de Antonio Negrón Maldonado.

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