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Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

“...aquí en la tierra o en el cielo;
no importa donde yo esté,
siempre seré villalbeño
y despierto o en un fiel sueño:
pueblo mío te amaré.”*

Juan Bertin Negron Ocasio

El ser humano es de donde se siente ser.

Nací y me crie en la Barriada Nueva en el pueblo de Villalba, Puerto Rico. Y lo escribo así porque en otras partes del mundo hay pueblos llamados Villalba. Nací en mi casa sacado del vientre de mi madre por las manos de la comadrona doña Isabel. Ella era parte de nuestras honorables vecinas. Una familia extendida de barrio humilde.

En aquel tiempo no había verjas entre los patios. Y si las había, mis hermanos, amigos y yo les pasábamos por debajo o las brincábamos para llegar a otra casa, o para cruzar por una propiedad para llegar a otro lado. Así recorríamos el barrio, llegábamos al río, al caserío viejo, al pueblo, en fin, a todos lugares sin limitaciones para ver el mundo fuera de la casa.

Frente de mi casa un espacioso pasto era un parque adonde jugábamos cuando los mayores no jugaban “softball”. En él volábamos capuchinos o chiringas, jugábamos trompos, la E, y otros juegos. De noche las muchachas mayores se reunían y jugaban matarile, y nos invitaban (a los niños) a participar. Yo dentro de mi timidez me encantaba jugar con las muchachas grandes. Eran como madres jóvenes. Las veía como reinas preciosas. En sus juegos nos cantaban canciones instructivas. De esas diversiones aprendí modales y a compartir. A respetar a las damas.

Al lado atrás de la casa estaba el Río Achiote. En ese río aprendí a nadar en unos charcos de apenas varios pies de profundidad. Había numerosos charcos. Los muchachos mayores, los manganzones, nos velaban y no nos dejaban tirarnos en charcos hondos. Aunque ellos lo hicieran. Existía ese sentido de responsabilidad de protección en la cultura en que me crie. De los adultos vecinos y maestros ni hablar, eran nuestros padres y madres, respaldados por el mandato de nuestros propios padres a todos los niveles de respeto.

Juntos, mis amigos y yo, recorrimos el Pasto de don Sico, que se encuentra al lado norte del caserío viejo. Toda la montaña era una finca de caña. Inclusive, frente de mi casa en un tiempo se cultivó caña. Tengo un vago recuerdo de la poca que vi. Al monte de Don Sico le dábamos la vuelta. Cruzábamos y salíamos por donde está ubicada la Escuela Superior Lysander. Caminábamos por la carretera vieja, y por riscos nos íbamos para el río en Tierra Santa. Hubo veces que llegamos hasta el Lago Guayabal.

Cuando no salíamos por ese sector, seguíamos hacia el norte y bajábamos por un camino que nos tiraba al puente en Palmarejo. De ahí tomábamos la 149 hasta regresar a la barriada. Todas nuestras aventuras de niñez las iniciábamos en grupo y nos protegíamos.

En otras ocasiones, mi madrina doña Lila nos mandaba a buscar guayabas en el Pasto Pareja para hacer almíbar (pasta de guayaba). Allí llegábamos con latas de galletas, las llenábamos y regresábamos. De no buscar guayabas, íbamos a buscar mangó. Recorríamos varios trayectos. Salíamos subiendo montes hasta el barrio Aceituna. Bajábamos y salíamos por el barrio Chino. Nadie nunca nos dijo nada. Ni siquiera las reses de Carmelo Torres.

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Bajo ese ándame de protección, de hacer lo que se debía hacer, de respeto hacia los adultos y aquellas personas de autoridad, como maestros, policías, sacerdotes, comerciantes, etc., nuestra educación y desarrollo social, ético y moral era amplio, que salía de más allá del salón y la escuela, la iglesia y los líderes cívicos.

Todos nos sentíamos protegidos, y por ende, nos proveía oportunidades para ser ciudadanos productivos. Independientes. Por lo menos, en mi vida, así percibo lo que viví en Villalba. No todo era color de rosa, pero teníamos libertad ilimitada y gente que se preocupaba por nuestro bienestar, porvenir y seguridad.

Apenas, en realidad, tengo un cuarto grado de la Escuela Elemental Walter MckJones. Ese cuarto grado, jamás podría cambiarlo por todos los certificados que poseo en educación ni mis estudios universitarios. Sería hacerles una injusticia a aquellas maestras y maestros que establecieron en mí vastos fundamentos educativos. Quizá ése era el plan: que alguien debería recordárselo a los gobiernos algún día. Y esa es mi misión como villalbeño.

Todas las generaciones serán siempre distintas, pero antes no era necesario ir a la universidad para tener lo necesario para vivir bien. No era una vergüenza ser zapatero, brillar zapatos, lavar carros ni hacía falta un certificado ni permiso para construir una casa. Todo ha cambiado, nadie se equivoque, sin embargo, había menos criminalidad, menos hurtos, menos violencia doméstica; menos politiquería y menos corrupción de servidores públicos. Antes, en general, como que los servidores públicos tenían más vergüenza.

Y lo grandioso de los villalbeños era que no todos lograban terminar siquiera un cuarto año de escuela superior. Pero eran respetables ciudadanos, con pocas excepciones. No importa que vara se use para medir los logros del ser humano, antes la vida era mucho más productiva y más sana que hoy. Jamás presencié enemistades por partidos políticos. Mis amigos no tenían colores de ninguna clase, religión, ni estatus económico.

Aparte de mis logros profesionales, de lo poco que tengo, soy afortunado. Me siento muy orgulloso de ser parte de un pueblo donde la gente, aún dentro de las vicisitudes sociales, lucha, contra las adversidades, busca el porvenir de la familia.

Me siento ser privilegiado porque, aunque he vivido la mayor parte de mi vida fuera de mi pueblo, conservo memorias impresionantes, y uso esos recuerdos para conservar parte de la grandeza que aún está en el corazón de nuestro pueblo. Los relatos singulares que desarrollo, sé, paulatinamente irán desvaneciendo, porque todos nos iremos algún día, no soy iluso, entiendo esa realidad.

Pero nuestro pueblo jamás dejara de ser Villalba.

* Tomado de la décima: “Pueblo mío te amaré” de Juan “Bertin” Negrón Ocasio