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Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

Dedicado a todas las maestras villalbeñas.

Maestras de Villalba

Foto: Miss Lucy Negrón y Miss Amada Martínez (QEPD).

Nadie de este pueblo humilde que tenga memoria olvida aquellas maestras villalbeñas. Imposible para mí es no recordar el primer día del primer grado en la Mck Jones. Pocos creen que tengo solamente un cuarto grado. Una vez Ms. Negrón me dijo: “Tienes buena memoria y lo mucho que haces con tan poco estudio”. ¡Juuum! Me dije sonriéndome solo.

Cuando apenas tenía dos años, mi madre me llevó a la escuela para mostrarme donde estudiaría 3 años después. Desde entonces jamás olvido los pasillos, los gritos, el olor del almuerzo, el timbre, la finca que tenía don Doro Martínez frente de la escuela. “Bertin, toma.” Y me daba un saco lleno de guineos maduros, jobos, y un mangó que pesaba 25 libras. “Llévale a tus hermanos.” Dijo.

“Gracias.” Respondí preocupado cómo llevar aquel cargamento. “No te preocupes”, dijo. Y me puso el saco en el lomo como albarda.

Iba con jaqueca. Era las 12 y el sol chispeaba fuego. Iba suda’o, rojo como tomate y desmolido. A mitad de camino empecé a arrastrar el fardo. Tomé el camino circunflejo. Llegué a casa más rápido. Dentro del saco había un reguero de néctar de frutas.

No tuve todas las maestras, pero recuerdo oírlas en los pasillos, por las ventanillas desde el salón. No podría negar que oí cocotazos como atabales. “¡Ay, Coño!” Se oían quejidos de revoltosos.

–¿Quién vio el juego de los Ganduleros ayer? –preguntó Miss Burgos y se escuchó el eco. Mitad del tiempo dedicaba a la materia. La otra mitad al béisbol. Era fanática exasperada del béisbol. Y si le llevaban la contraria enfurecía y se le prendían las greñas como mecha de la Corco. Era barbitaheña igualita a una muñeca pelirroja y preciosas pecas en la cara.

El patio cerca de la Luchetti era barro de acero. Allí me enlodé de bellos recuerdos de infancia: marro, la E, Matarile, bolita y hoyo, trompos, Yo-Yo, volar capuchinos, salté al revés los números de peregrina, y hasta brincamos para arriba cuica en bulla. Aunque teníamos después que juyir porque las niñas furiosas nos corrían cuando estorbábamos sus brincos. “¡Chi zan chi ga chi nos!” Gritaron a coro qué sé yo.

Se quedaban atrás tres bárbaros: Puto, Cuero y Bellaco con sus trampas jugando topos y barajas. Eran hermanos.

Me embelesaba la hora de recreo. Frente a la escuela estudiantes vendían galletitas de vainilla a Míster Cancel. Compraba siempre tres y me sombraban dos chavoh. “Cuántas me vendieron”, les musitaba él en un salón.

–Bring mi de buk. –Oí a Miss Zayas decir. (No entendí ni rayos qué decía.) “¿Qué, misi?” Curioseó Cholo del Hoyo Vicioso. “¡Pei atenchún, pei atenchún!”, le gritó y nos hicieron cosquillas en los pies. ¡Qué risa nos causaba! Era alta y rellenita de la cintura para arriba. Caminaba derechita como una vara de caña.

Íbamos juntos mi madre y mis hermanos. A la hora de salida y regresaba con mis amigos. En el trecho a mi casa conocí gente hermosa, humilde. Los conocía por oído, “Hola don Juan”, decía mami, “Cómo está don Esteban”... Nadie sabía que yo tenía oído de Mozart y memoria mágica. Cien años pasarían sin nunca olvidar.

–Don Ramonche, que cuando pueda le arregle este radio a mami. Y que se lo paga la semana cuando cobre...

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–Ponlo allí, nene. –Y allí yo se lo dejaba.

–¡A los salones todos! –Llevaba en la mano una campana más grande que la de la iglesia católica. Seguía vociferando a todos: “¡Avancen, tienen que estar en sus salones ya!” Gritaba Miss Olivieri por toda la escuela. Cuando no se oía caer un pelo en el piso se iba para su oficina. Allí la esperaban una cadena de padres enojados, visitantes y algunos alumnos gruñendo.

Aquel día que entré por vez primera por el portón de acero, esperaban entusiasmadas las maestras. Sonriendo. Recuerdo a Miss Rosa decirme, “Hola, cómo estás.” Bajé la cabeza. Y sus manos de amapola rozaron mis cachetes, y desde entonces mi mundo cambió. Parecíamos una banda escolar todos vestidos con el mismo uniforme, y las niñas usaban faldas abajo de las rodillas. En la “high” ese código cambió.

–Buenos días a todos. Yo soy Miss Bangy, su maestra. –Y vi otra santa junto a mí. Parecía estar en un paraíso. ¡Cuántas maestras bellas! Levanté mis ojos al cielo y vi una iluminaria que jamás olvidaría. Ms. Negrón, quien sería mi maestra de tercero.

Mi prima, que no recuerdo su nombre, debía tener doce años o más, era de la Aceituna, yo vivía en la Barriada de los Perros; era tan alta como una bambúa. No leía. No sabía contar. “Bertin”, dijo Miss Rosa, “ayuda a María y muéstrale el abecedario.” Nadie sabía qué mi maestra sabía de mí. ¿Cómo ella lo sabía? Es un secreto de aquellas maestras imprescindibles que nadie jamás sabe. Adivinaban hasta los pensamientos antes que uno pensara.

–¡Hola! Con el permiso de todos. –Se acercó Miss Santana, la Trabajadora Social, y le susurró unas palabras a Miss Rosa. Traía de la mano a María (mi prima). La dejó y se fue.

–Niños, atención por favor. Tenemos una nueva compañerita y se llama María. Saluden. –Y se escuchó un coro “Buenos días, María.” Y continuamos nuestros deberes.

Al comenzar el nuevo año escolar nos esperaba frente a la entrada Miss Martínez. Jamás puedo olvidar aquella sonrisa. Tampoco el pedazo de palo que tenía que rastrillaba contra su escritorio cuando se revolcaban los desordenados. Me sentó al mismo frente de su escritorio y el corazón quería escaparse de mi pecho cada vez que oía el azote ¡Clack, Clack, Clack! del garrote de guayaba.

Un día cambió mi escritorio y lo puso cerca a la ventana hacia el hospital. Y empecé a ser feliz. Desde allí oía la gritería de los pacientes cuando Toño les ponía inyecciones de penicilina a los enfermos. Oí, sin número, parolas de gente y políticos, también.

Aquella fue la mejor vida escolar que me pudo haber pasado. Después brinqué el charco sin jamás ver a Miss Rodríguez, Miss Negrón, Miss Cintrón ni a Miss Alonso pero recuerdo su cariño, su pasión. Todas querían tenerme en sus salones para que un día le dijera a este humilde pueblo quienes eran aquellas maestras adalides tan necesarias para la historia. La mitad del pueblo se quedó con mi tristeza.

Después fue otra aventura llegar a la “high”. Allí fue Miss Zayas quien vivió ilusionada toda su vida en conocer más de cerca a Don Quijote. Su contraparte, o sea, Miss Caballero nos hacía tragar el difícil. Lo primero que hacía era quitarse los guantes blancos que usaba para manejar. “¡Gud morning! ¡Gud morning!” Cholo jamás tomó un curso de inglés con “Honey”.

Se escuchó el ¡Ding! ¡Dong! ¡Ding! ¡Dong! del campanario de la iglesia y todos salimos corriendo como presos hambrientos hacia el comedor. Allí Conchita nos hacía pirámides en los platos de arroz con habichuelas marca diablo y pollo asa’o. Sabrosos postres de piña, frutas y lechosa. Doña Carmen velaba a los que cogían dos vasos para tomar leche fría con chocolate.

Luego, nos cautivaron los días de alboroto, “field day”, días de fuga, robar jobos, vacilar a los prepas, bailes y relajo, y hasta cortar clases para irnos al parque a encapricharnos.

Hasta que un día llegó Capulina* y todos poco a poco nos fuimos serenando, conjugando nuestro futuro, hasta alcanzar algo de virtud y madurez.

¡Qué tiempo inolvidable!

* Sr. Artemio López – Fue director de la Escuela Superior Francisco Zayas Santana. Los estudiantes le decían Capulina porque tenía un parecido al comediante mejicano.