Policía
Category: Vida Social

Por Juan "Bertin" Negrón Ocasio

Chorro de Dona Juana

Juan Negron OcasioAquella noche bajo la iluminación de luna llena dos enamorados llegaron y se lanzaron al agua congelada del charco y entre risas y burlas aletearon de cabeza hasta el fondo. Sorprendidos vieron en el espejo del suelo una mujer hermosa. Atemorizados y sin pausa nadaron hacia la superficie. Salieron asustados del agua y afuera sobre las rocas húmedas, temblando, se abrazaron entre el espanto. Voltearon las miradas hacia la poza y ella desde el fondo les envió un saludo primoroso con los labios y luego se perdió adentro de la espuma que formaba la caída del chorro. Inmediatamente se montaron en el auto y él, mientras ella acurrucada en su pecho titilaba por el amedrentado estremecimiento, condujo carretera arriba sin nunca más volver.

Su pequeña choza estaba localizada cerca de un brazo del Río Toro Negro y colindaba cerca de la enorme cascada de millones de burbujeos color nieve. Allí vivía, sin que nadie lo supiera. Al risco de la catarata lo arropaba, como una gigante sabana verdosa, una peña rasposa enorme. El agua con el tiempo le construyó una gigantesca zanja por el mismo medio. Desde la calle se puede ver la hendía. Por allí fue que resbaló y se fue deslizando con la achocolada corriente del chorro hasta caer y sumergirse dentro de la poza. Jamás nadie recuperó el cuerpo. Dicen que sale y desaparece por un roto que hay en el fondo del charco.

Apenas la tormenta comenzaba a bautizar el campo con aletazos mojados aquel día de octubre. Cuando los policías llegaron la atmósfera chapoteaba la fronda y los vientos castigaban las tablas y el zinc de las casas ubicadas en el sector La Piedra. Tuvieron que caminar sobre los granos empapados de typica y catuaí caídos de los abultados arbolitos que adornaban como una alfombra rojiza el suelo del campo. No hubo mucho que buscar. No había nada. Únicamente la desaparición de Juana Figueroa del Alba. ¡Así se llamaba!

BA Nutricin-IdealSólo Jacinto lo sabía porque era el encargado de la siembra y las cosechas del grano de la finca de Don José Ramón Figueroa Rivera. Pero nadie más. Hacía años pasaba deambulando cerca a la choza y miraba la hermosa mujer sonreírle desde el balcón en tiempos de sol. Él era uno de los pocos que sabía que ella vivía solita y presumido le correspondía el coqueto gesto levantando la mano. Encaprichado sonreía. Pero ella luego lo castigaba ignorándolo y se adentraba en el aposento. Él dentro de su silenciosa incomodidad se alejaba disgustado y luego se escondía detrás de los matorrales. Quedaba inmóvil y desde allí veía, cauteloso, la sombra de todos sus movimientos y no se alejaba tal guardián hasta que ella apagara las velas y desvaneciera en sus sueños.

Aquella noche perdida entre las yerbas del campo peleaba contra el viento furioso buscando el camino hacia su casucha. El aguacero turbulento nublaba su vista y había llegado al otro extremo del monte. Estaba perdida. Luchó bravamente contra la borrasca tropical, pero su cuerpo frágil no tuvo fuerzas para enfrentar las ráfagas. Un violento viento la tambaleó, cayó y rodó por el pequeño barranco. Había perdido el conocimiento. Cuando despertó estaba recostada sobre la cama adentro de la alcoba. No sabía adónde se encontraba. Abriendo los ojos frágiles vio una imagen frente a ella, hizo el vano esfuerzo de levantarse pero volvió a caer y quedó inerme. Aun se sentía adolorida y somnolienta cuando divisaba la sombra del hombre. Él observaba con ojos tentadores el cuerpo mojado el cual mostraba dos sublimes colinas de hermosas azucenas. La lluvia y el viento de afuera perturbaban la tibieza de la guarida donde se encontraban ambos solos. Ella había intentado incorporarse. Dormida, él la levantó y la acomodó sobre el colchón. La tuvo bien cerca e hizo el intento de acariciarle el cabello. Sintió la respiración de yerba mojada, el olor a pomarrosa y el sabor deleitable de guamá junto a su cara. Ella se mantuvo estática, sin conocimiento. Despertó y sin aviso, aterrada, salió corriendo desesperada de la casa. Llena de miedo. Él la persiguió por entre toda la arboleda y con vano intento no pudo atraparla. El bosque se había tragado el camino. Con la vista todavía nublada buscaba caminos para huir. Él quiso detenerla y auxiliarla, mas su intento fue infructuoso. Desapareció de su alcance. Y ella en su desesperación repentinamente resbaló y rodó por entre la enorme piedra.

Las investigaciones no llegaban a ninguna conclusión y los guardias descontentos por los azotes de la madre naturaleza ya se sentían incómodos. Pero sacaron la oportunidad para interrogar a Jacinto. Nada dijo en su afligido pensar. No pasaron más de veinticuatro horas cuando una enorme muchedumbre se batallaba en los cerros contra los embrujos de arbustos en busca de la hermosa y humilde mujer. Las orquídeas y los helechos perfumaban el aire con sus derroches de tristeza. Hombres y mujeres campestres hicieron eslabones tomados de las manos formando una cadena tan larga como una boa. Gritaban su nombre y el eco de las voces estrellaba contra los picachos y retornaban con un llanto sublime.

-¡Juana! ¡Juana!¡Juana!- se escuchaban las quejas de los montes.

No hubo huella ni rastro ni sombra. Nadas más el llanto perpetuo de la corriente consumiendo al hombre que quedó callado, oculto. Su voz permaneció clausurada dentro del crespúsculo de la soledad del chorro. Y nadie se daba cuenta que el chorro para el hombre era una inmensa lágrima de melancolía y soledad; nadie sabía que no fue sólo la desaparición del cuerpo de Juana, sino el amor que se esfumó con el tiempo detenido y en el cauce del agua.

Ya habían pasado muchos años, pero todavía él recordaba las veces que desde lo alto del peñón veía la imagen del hermoso cuerpo de Juana sumergirse en el charco cristalino. Deslizaba sutilmente entre el agua fría y apacible. Allí pasaba horas.

De la misma manera ella sabía que él la observaba desde detrás de la maleza, pero insinuaba siempre y siempre le ocultó su hermético idilio de solterona.

Un día un niño paseaba con su madre por los montes de Villalba. Ella detuvo el auto frente al inmenso chorro y vio a Jacinto sentado en el muro a la orilla de la carretera uno cuarenta y nueve. Estaba llorando. El niño salió del automóvil y curioso se acercó con enorme precaución y le preguntó:

-¿Por qué lloras?

-Me da mucha tristeza recordar que por ese chorro cayó mi venerada Juana- y le contó desde lo más profundo del alma la verdadera historia del quimérico y maravilloso charco...

Desde aquel momento siempre la voz de un niño transporta con una sonrisa sutil la leyenda de El Chorro de Doña Juana.