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Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

A Ramonche, don Juan Díaz, don Nando Negrón,
don Pablo López: comerciantes villalbeños de antaño.

amigos en Villalba

Juan Bertin Negron OcasioHe escrito tanto y tanto y tanto que nadie recuerda nada nada de lo que escribí; ni yo mismo puedo acordarme. En realidad es que la mente nunca recuerda lo que se le olvida. Pero como diría Toño Gole, “Lo mío es hacer pan, no cosechar trigo”.

Bueno, me ocurrió un día como nadie podía acordarse de todas las marañas que me inspiraban a las tres de la mañana, cuando fui a ver a Ramonche. El ingenioso villalbeño le arreglaba hasta la pata ‘e un cojo. Y decir poco es cualquier televisor con un tubo fundido, un radio de baterías, o un teléfono del año de las guácaras. Son muchos los que saben lo que comento y son pocos lo que no entienden.

Hoy nadie arregla nada. Se daña la tele y pa’ la basura. En las grandes tiendas comerciales hay baratillos. Piensan.

Lo que esos pocos no saben es que en aquel tiempo con $1.50 Ramonche ponía a to’ el mundo en el barrio a ver películas mejicanas, al Santo vs. Los Vampiros y a Cantinflas, si se dañaba la tele. Las mujeres se embelesaban cuando llegaba la tevé arreglada por que no querían perderse las novelas de Braulio Castillo junto a Gladys Rodríguez. En Perú ,Braulio (padre) actuó en “Simplemente María” con la inolvidable artista peruana Saby Kamalich. Tenemos talento y sabiduría que pocos reconocen.

Como decía Pablo López, cuál es el bochinche. Ramonche desplazaba su talento en un rincón donde está el banco hoy en la Muñoz Rivera. Allí ponía gente a gozar arreglándoles aparatos electrónicos. Arreglaba todo lo que se descomponía: radio, televisor o tocadiscos.

¿Qué es un tocadiscos? ¡Averígualo!

Era el avancino un verdadero genio. Pero en Villalba no hay un libro guardado de historia del pueblo. Entonces, quién carajo se acuerda de lo que éramos.

“No se pa’ ónde voy, voy a saber ‘e dónde vine.” Oí decir una vez a Pan Doblao’.

Debía tener yo algunos siete años. Fui a llevarle a hombros un televisor que pesaba más de cien libras. Ese día, recuerdo bien claro, me dijo, Ramonche:

-Oye, Bertin. Un día tú vas a ser algo importante por este pueblo y yo no voy a estar ni en la memoria (viré los ojos como los incrédulos). Nadie (siguió diciéndome) con el tiempo se acordará de nada porque la memoria la usa por conveniencia (Y me acordé de unos cuantos que no pagan ni promesas.) Así que tiene que haber una máquina que le recuerde las cosas a la gente.

Dijo, con ojos de Einstein, mirando hacia el Barrio La Aceituna.

Siempre me acuerdo de lo que nunca olvidé. El técnico villalbeño tenía razón. Inventó la grabadora y la maquinilla lo que es lo mismo que la memoria, y algo más de historia de Villalba.

Pero a nadie le importó ni lo escribió.

Mirandas Bakery

-Tengo este aparatito que graba lo que dices, y este dándole aquí, como tocando piano, te escribe en letra legible lo que no aprendiste por irte a buscar jobos al Pasto Parejas, en vez de ir a la Makñons a aprender con Ms. Burgos, Ms. Martínez o Mr. Guzmán.

Den gracias a Ramonche en sus oraciones que todavía tengo la grabadora y la maquinilla que inventó para poder publicar estas crónicas. Para los que no lo recuerdan, porque no habían nacido para ese tiempo, Villalba era un pueblo donde se sabía todo, se producía todo lo necesario, y se conocían los dueños de los comercios, y se conocían hasta a los vecinos.

Fue un pueblo moderno. Aquellos que llegaban a la tienda de Carlé saludaban primero, pedían permiso; luego empezaban a coger los artículos: gas fluido, bacalao, arroz, potes de habichuelas, pan, y tres marrallos y unas cuantas cucas pal camino.

-¡Carlé me llevé los encargos! -Le grité desde la salida.

-¿A nombre de quién? -Preguntó.

-¡Apúntaselo a Reyes Manuel Ocasio, alias Juanchi!

-No hay problemas. -Decía con franqueza.

¡Vaya usted a esas tiendas enormes y dígale al manager que le dé una comprita fiá!

La próxima semana llegaba mi abuelo a pagar los encargos.

-Son $21.47. -Decía Carlé. -Sin mirar la libreta del apunte.

Los tiempos, la mente, la desvergüenza y la tecnología han cambiado al villalbeño.

Oiga, ocurría así en todos los comercios del pueblo de Villalba. Nunca ninguno negaba el fiao. Ni nadie cuestionaba lo que se les cobraba. Había palabra de honradez. Hoy ni un contrato con abogado garantiza la palabra.

-Nando, mi hijo necesita ropita pa’ la escuela. -Decía mami a Nando Negrón. Agarrado de la delicada mano de mi madre veo aquella mirada sonriente de Don Nando tan alto como una bambúa. Y me aflojaba un bloni. Me miró diciéndome, “Bertin, nunca te olvides de mí.” Sonreí triste.

Recorrí toda la tienda masticando el chicle.

-Busque y escoja lo que quiera y paga cuando pueda. -Respondía.

La tienda estaba frente a La Cabaña Azul. Qué grandeza era caminar por el pueblo. La imaginación no me alcanza para ver más allá del pasado de mi pueblo. Y caminaba junto a mami y veía esa dimensión fantástica que se siente ser parte de algo tan amplio como es el alma, y veo la Tienda de Hilda, y la bomba de gasolina de Durán, la Cooperativa de Consumo, la Alcaldía, la Iglesia Pentecostés, La plaza, la Iglesia Católica, el hospital, la cafetería, la panadería, los carritos de piraguas, la Escuela Walter MckJones, la Cooperativa de Gandules, la Fábrica Andrea.

¡Qué grandeza mi pueblo de ayer!

Me suelto de la mano y me voy Calle Barceló abajo y veo el Taller de Fotografía de Geño, la Mueblería, la Oficina de Cervoni, el Laboratorio, la oficina del Dr. Marqués, y la maravillosa casa de los Santana.

-Don Juan, que si puede fiarme cinco libretas y dos lápices.

calle munoz rivera

Le dije cuando comenzaba mi cuarto grado con Ms. Zayas, Mr. Laporte, y Mr. Guzmán.

-Mijo, coge lo que quieras y aquí se lo apunto a tu mai.

¡Eso sí tenía un lápiz más largo que un bejuco y una libreta llena de borrones!

La alegría es inmensa. La penumbra de mi pueblo profunda. Se me parece tanto al Pueblito de Antes de Virgilio Dávila.

Un día, debí tener diez años, me da con irme a las ocho de la noche para la plaza. Allí me esperaban mis amigos. Era costumbre ir, correr, jugar “Polilla la E”, escondernos de Cachún, quien siempre se pasaba por aquellos lares.

Y reírnos de las curiosidades de los pueblerinos: Panita, Panamá, Yabucoa, Boliche, Marcola, Cholo El Pecoso, Julia la Loca. O, simplemente, saborearnos un Kuli. Qué triste está la plaza sola.

Antes de ir a la plaza, entré a la tienda de Don Juan y me compré cinco chicles blonis, con una ficha, dos para mí y tres para mis amigos. Llegando a la plaza me dio un fuerte dolor de muelas. Insoportable. Me reventaba la quijada.

En vez de ir a la plaza pública regresé corriendo a los brazos de mi abuela, quien me había dicho que no fuera. No sé qué me untó aparte de su cobijo, su hermosura y su cariño.

-¡Bueno que le pase! Por no respetar y no hacer caso. Dios castiga. -Dijo mi abuelo.

Me quedé dormido. Soñando cesé en su maternal corpiño.

Y permanecí solemnemente recordando mi pueblo y su gente, igual que ahora, para un día atestiguar en un relato recordándome que cumplí en no olvidar a Nando Negrón.