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Category: Vida Social

Juan Negron OcasioPor Juan “Bertin” Negrón Ocasio

Especial para Villalba Online
¡A todos los Villalbeños!

Fiestas Patronales

-¡Fuego a la lata! - gritaba Yabucoa desde el techo de la alcaldía y los perros no encontraban adonde esconderse.

Momentos antes de lanzar los cohetes había finalizado la santa misa adentro de la Iglesia Nuestra Señora del Carmen y el Padre Ramos en las escalinatas despedía a todos bendiciéndoles con la devoción del disfrute moderado de la Fiestas Patronales.

-Vayan con Dios y que disfruten con noble prudencia de las Fiestas Patronales de Nuestra Señora del Carmen- proponía y levantaba la mano derecha despidiendo a los feligreses que en distancia se alejaban.

Al salir del templo religioso se huía con alegoría religiosa la incalculable multitud que había llegado desde todos los rincones más ocultos del pueblo, y con regocijada mirada apuntaban hacia el cielo multicolor invadido de las luminosas estrellas artificiales, y los pequeñines se cubrían con sus manitas los oídos por el turbulento sonido de las explosiones. Los truenos de los cohetes revolucionaban el cielo con numerosas luciérnagas que alumbraban el centro del pueblo. ¡Lo iluminaban de alegría! Aquel gentío llegaba de diferentes barrios del mundo que con su sutil vestimenta bajaban caminando por el mismo medio de la carretera. Muchos se quitaban los zapatos. Son esos días gloriosos de las Fiestas de Nuestra Señora del Carmen. Celebradas en el mismo centro del pueblo, en la plaza, y las machinas montadas detrás de la alcaldía. Los tiempos cambian y la gente también, sin lugar a dudas no hay mejores fiestas que las que se hacen en el mismo corazón del pueblo. Los recuerdos de estas fiestas son perdurables. La plaza se glorifica de conversaciones y algarabía deleitable.

Dejame contarte un cuento

Aquella plaza se ennoblece de historia decorosa, de discursos, cuna de innúmeros romances, génesis de ilusiones y fantasías, sombra de roturas y quebrantos, de un adiós lastimero, de despedidas inolvidables, de piropos, del primer beso, de encuentros y de épicas conquistas para el corazón perdurables. De discusiones y posibles peleas. Memorias infinitas de nuestras vidas. Aún se oyen en la lejanía del pensamiento las palabras sencillas, trozos humildes de mi pueblo.

-Nos vemos el año que viene…

-Te quiero…

JY Jumping 2Recuerdo que hacía varias semanas había llegado una gente extraña para los que no los conocían. Llegaban de alguna otra parte del país llenos de equipo de tiempos trasnochados. Seres extraños. Los transportaban en unos camiones y llegaban con cara de cansancio y con el embrujo nostálgico de largos viajes y aventuras. Posiblemente llegaban de otros pueblos o los desembarcaban en los muelles en los puertos de alguna parte de la isla. No se sabía de dónde venían y cuando se marchaban tampoco nadie sabía para donde. En realidad a veces nos asustábamos con las caras que presentaban aquella gente mulata y barbuda, con caras de mala gente, que irónicamente eran los que nos traían la alegría y la diversión en el mes de julio. Isla de julio es decir sol ardiente. Ese sol de nuestro pueblo vuelve mulata a cualquier piel. Pero aquellos generosos extranjeros siempre llegaban a principios de julio, construían y organizaban un reguero de maquinarias en menos de un día, nos deleitaban y luego nos abandonaban como niños huérfanos, hambrientos de placer para luego regresar doce meses después. Nunca nadie no los explicaba, siempre se quedaba la duda. El tiempo nos engrandece el pensamiento sólo con nobles recuerdos.

Frente a la Cabaña Azul de Don Luis Ríos se montaba siempre la primera pica y era allí adentro del establecimiento comercial donde se comenzaban los juegos de dominó y de billar, de topos.
-El caballo número 45 eeess el gaaanadooor, y nadie se lo sacó. Volvemos y aquí van los caballos, apuéstale, apuéstale…nadie más… ¡Alto nadie mááás!

Don Nando desde el otro lado de la carretera los miraba y contemplaba el ánimo de los nuevos tiranos del entretenimiento y el regocijo y también de las discusiones y la gritería. Por la Calle Barceló había una fonda que vendían unas empanadillas llenas de corn bif más grandes que las orejas de un elefante a 5¢. Se bajaba con una Coca-Cola de botella por 10¢. Ese refresco de antes color miel rascaba la garganta y los eructos revolcaban el silencio y tronaban al pueblo como los mismos cohetes. Y la hartura duraba tres días. Desde la Calle El Surullo hasta la Calle Luquetti se veía incontables cabezas de calvos, cabezas cubiertas con sombreros y otras de pelo largo; mujeres rubias, trigueñas, flacas y gordas. Todo el pueblo se engalanaba de una vestimenta humana sanamente humilde y candorosa.

Nunca lo olvido.

Foto De una sonrisa

Aquel día encaminado de la mano de mi mamá sentí una enorme emoción mientras a su vez veía la alegría implantada en la expresión de otros niños y mis amiguitos y todo el colorido de las fiestas patronales de mi pueblo. Brillaba la sencillez y el decoro. Se afinaban las greñas de la armonía humana. Se disipaban las enemistades y los pobres sonreían mejor, más bonito. No podía distinguir entre las diferencias, la franqueza y la altitud sublime de la gente de mi pueblo. Las sonrisas eran sinónimo de euforia en fiesta patronal. Todos sonreíamos igual. Todo pertenecía a un mundo emotivo, iluminado de alegría, algo irreal, un universo maravilloso de helados, dulce de algodón, refrescos, los juguetes, paletas, las bolas de corote, los trompos, juegos de Jacks, y las diversiones de las machinas: los caballos, la silla voladora, la estrella, el gusano, todo me parecía tan increíble, y mientras caminaba observaba asombrado como las luces amarillas iluminaban las calles con noble matiz. En la Calle Luquetti se hacían las competencias de motoras. En medio de la plaza se concentraba la multitud para las distintas competencias y juegos para varones y hembras auspiciados exclusivamente por los productores y las compañías típicas de nuestra isla y gritábamos desgalillados a los que intentaban subir el palo el cebao, y a los que competían corriendo la carretilla, y los brincos del saco, y las peleas de boxeo…

-Total tanto alboroto, tanto esfuerzo y sudor para ganarse dos maltitas indias- nos recuerda Don Güi.

¡Qué dicha!

¡Qué entusiasmo ser parte de este hermoso pueblo!

Después ya encaminado solo en mis años de mozo con mi cajita amarilla de Chiclets en el bolsillo de mi camisa blanca, masticando galante la goma de menta, me arrinconaba cerca a la tarima para escuchar las variedades de géneros musicales, los narradores humorísticos y las anécdotas y los anuncios peculiares de las ventas de productos. Y acercándose ya el final, comenzaban las preparaciones para concluir los días de las fiestas, y llegaba el domingo para disfrutar nuestro maratón nacional esperanzados todos en que uno de los nuestros grandes atletas avancinos nos galardonaran el enorme orgullo de ser villalbeño.

En medio de tantas memorias y numerosos años después, una vez más se acercan las Fiestas Patronales de Villalba y entusiasmado me contento porque llegue ese día para llegar culto hasta la plaza y renovarme de mi propia historia, escuchar la música típica y saborear sus comidas, para sentir la pasión encantadora de mi gente, su alegría, sus bochinches, su humildad, para homenajear su fortaleza y su gallardía, para acordarme en donde se quedó una gran parte de mi vida, para un día poder contar en qué lugar distante comenzó mi vida y el rincón exacto donde conocí la alegría.

¡Qué lleguen la Fiestas Patronales de Villalba!