Policía
Category: Vida Social

charco 


Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

-¿Está fría?

Aquella agua congelada nos deleitaba el alma.

-¡Tírate!

Y desde lo alto del peñón nos tirábamos de cabeza y chocábamos con los cristales escarchados. Muchas veces faltábamos a la escuela y nos íbamos a robar jobos. Podíamos pasar todo el día en el charco. La pela de los viejos llegaba después. Es difícil creer que hacíamos una compuerta más grande que la del Lago de Toa Vaca con piedras que pesaban más de tres toneladas. Lográbamos colocarlas para atrapar el agua que formaba un mar sin olas donde luego nos zumbábamos. El agua era tan clara que podíamos ver los crustáceos y las palometas en el fondo.

Nunca nos faltó el mangó, la guanábana, el corazón, las quenepas, las guayabas, la guamá, los tamarindos o algún otro fruto silvestre que encontrábamos en el camino, o que nos llevábamos de algún patio de una casa del barrio aunque los perros nos trillaran. Nos saboreamos aquellos frutos con tanta alegría después de bañarnos en el río.

-Este es pa’ mami- decía Lionel.

Lo de robar jobos para nosotros era faltar a la escuela. Entrabamos por el portón del frente de la escuela y nos escapábamos por debajo de la cerca. Quién pensaba en las clases de Mr. Laporte o Ms. Zayas. Nadie. Las consecuencias eran mínimas para toda la algarabía y el buen pasatiempo nuestro. Éramos dueños de todo lo nuestro los ríos, los caminos, los barrios, los montes. Ahora solamente somos casi dueños de sueños. Porque hasta de los sueños nos alejan. Había charcos donde quiera, no había privacidad de camino en los vecindarios ni en las casas. Pasábamos por las salas y de la mesa del comedor nos llevábamos una taza de café con leche Carnation, o Klin del mantengo.

-¡Hola, Doña María! ¿Cómo está?

-Bien. Mucho cuidado con lo que ustedes hacen por ahí- nos gritaba cuando ya nosotros nos habíamos desaparecido.

Seguíamos nuestro paso. Las crecientes de los ríos muchas veces deformaba los pozos que habíamos construidos o la fuerza de las corrientes de la naturaleza construía nuevos. En ocasiones era una batalla entre los ríos y nosotros. Ellos querían su cauce libre y nosotros queríamos atrapar y disfrutar de sus aguas cristalinas. Siempre fue una batalla dulce que nos fortalecía. Pero nos llevábamos bien.

Los dos ríos estaban inundados de charcos, pero el Río Achiote por sus caudales contenía más. Los charcos empezaban desde el lado abajo del El Puente en Palmarejo. Había un charco que se tragaba la gente. Bueno, la historia que nos contaron fue que un muchacho se tiró y nunca salió. Desapareció. Le llamaban El Remolino. Era peligroso. En aquellos tiempos que nunca regresarán mucha gente se bañaba en los ríos. Tiempos de aventuras y caminatas, de buscar guayabas, mangó, comer caña y cazar pájaros en el Pasto de Don Sico, en el Pasto Pareja o en La Carrera, y de ahí nos íbamos a pescar a la Joya de Los Güiros. Ya la enteraron con cemento, con casas, con cosas. Fue como enterrar vivo a un amigo porque con ella cubrieron parte de nuestras andanzas; la historia de nuestro pueblo.

Es gracioso decir que nadie puede creer cómo las mujeres parían en las orillas del río mientras a paletazos lavaban ropa. La Westinghouse era totalmente desconocida y no había mejor secadora que las enormes lajas. Los rayos ardientes de sol del mediodía era una secadora de ropa natural. Una vez salían los recién nacidos del vientre, entre los alivios de gritos celestiales, los colocaban sobre la arena después de amamantarlos. El primer gateo era hacia el charco. Así todo el mundo aprendió a nadar. Todos nacimos cerca de los charcos.

Cuando llegaba el cura el bautizo era zambuir al recién llegado al mundo dentro del agua fría del río. Aquellas mujeres eran bravas, parían y seguían dándole paletazos a la ropa. Mientras los padrinos celebraban con cañita, y encendían un fogón en la orilla y cocinaban asopao de guabaras, buruquenas, camarones y vianda. Los ñames, las matas de guineos y la yautía era libre de escoger. Había vianda por doquier. Una inmensa olla, tres piedras, leña de troncos secos, fósforos y platos. No había dueños.

Hubo veces que no cabía gente en los charcos y teníamos que irnos sin remedio. Los ríos de Villalba eran tan puros que el agua era gratis, nadie se quejaba. No había electricidad, sólo velas y quinqué que alumbraban más que los focos de los postes de hoy. Nos quedábamos cerca a nuestros barrios porque allí estaban nuestros vecinos, nuestros segundos padres. En el Río Achiote había numerosos charcos, La Perra, La Curva, El Jobito y el Charco de Doña Toñita. Había tantos charcos que el pensamiento no me da para acordarme de todos.
No vale la pena esforzarse olvidar lo que siempre recordaremos.

En el Río Jacaguas había buenos charcos cerca de La Vega. Los más conocidos eran La Resbalosa, La Caliente y El Arenal. Este último era misterioso.

-Había un remolino en el fondo que se tragaba a la gente- según cuenta Toño Resto.

Dice que un día se tiró, se lo tragó el torbellino y salió por el lago El Guayabal. Allá tuvieron que irlo a buscar. Creo que este charco era gemelo de El Remolino. Los charcos verdaderamente bien profundos eran los que estaban después de encontrarse los dos ríos. El Chón parecía la playa de Luquillo. Inmenso y tenía olas. Por cierto después del Chón estaba el Puente la Hamaca. Ya nadie se acuerda que había que cruzarlo despacito porque si no se viraba y uno caía descocotado encima de las piedras. Crecimos y todavía en la escuela superior nos íbamos para los charcos. Nunca perdimos nuestra costumbre.

Un día los ríos estaban crecidos por la inmensa cantidad de lluvia. Nos fuimos para el puente del cuartel a ver el río. Desde el puente Francisco Franceschi se tiró de cabeza al charco, pero se fue perdiendo en la corriente turbulenta y nadie más lo vio. Llegó un equipo de buzo de la guardia costanera. Se pasaron toda la noche buscándolo. El reporte del bochinche concluyó “Joven villalbeño desaparece en las aguas turbulentas entre las corrientes salvajes de los ríos Achiote y Jacaguas”. La madre fue consolada. Trajeron flores y salchichón y galletas. Francisco había salido temblando por las aguas congeladas y se había ido a acostar. Al otro día en la escuela, en la clase de Flor Ortiz, lo miramos perplejos, sin poder creer que estaba vivo. Le contamos lo que sucedió al distinguido profesor. Levantó la mirada por encima de sus espejuelos oscuros y mirando con irónica sonrisa a Francisco nos dijo:

-Indudablemente de los charcos salen milagros.