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Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

El calor humano es saludable, la indiferencia enfermedad.

medicamentos

Juan Bertin Negron OcasioLa noche antes di vueltas en la cama como la estrella en fiestas patronales. Al levantarme sentí ese dolor de cabeza raro que a veces da a uno. Desde el cogote hasta la frente desagradaba. Me tomé una taza de café prieto. Nada. Al rato trago calmoso un vaso de agua templada. Nada. Esperé. Salí afuera al balcón y respiré un poco de aire impurificado de cenizas. Pero nada de nada. Peor.

Fui al botiquín, saqué el pote de ibuprofeno y me ehpepité 2 de 500. Ya me estaba sintiendo bien al rato hasta que se me olvidó y perdí el dolor sin percatarme. Pensé, debí esperar. Se hubiera ido solito sin nada. Antes no le daba dolor de cabeza a la gente. Los dolores de cabezas son parte de la modernización. Si no hay dolores de cabezas no hay tilenol. Y si no hay tailenol no hay cashimiro para industrias de quitadolores.

Salí a caminar no por voluntad propia, sino por recomendaciones del doctor. Según él estoy 150% sobre el IMC. Estuve en la sala de espera varias horas hasta que por fin la asistente abre la puerta. ‘Bertin”, dijo. “Ese soy yo”. Dije. “Todo bien”, pregunta. “Sí”.

–¿Qué te trae hoy?

–Rutina.

–Mónteseme aquí.

–Voy pa’ encima.

Y rápido apunto a la marca libras. Me encaramé y la aguja dio varias vueltas.

–El peso está igual. –Dice después de bajarme de la balanza.

–¿Cómo va la dieta? –Preguntó.

–Bien. Corté la sal. Ya no como morcillas, chuletas, ni lechón asao’ ni chicharrones...estoy bregando con los helados y las cucas...

Regresé un mes después al médico. Seguí las recomendaciones que me dio. Cómprate un perro. Dijo. Para qué. Él te obligará a salir a caminar. Lo paseas por todo el pueblo...y saludas a la gente. El calor humano es saludable, la indiferencia enfermedad.

No sólo me compré un perro, también 100 bolsitas para recoger los...Tres días después lo regalé. Era vago y grosero. No comía huesos. Tuve que vacunarlo y comprarle potes de comida con vitaminas y collares para las pulgas. Gasté más de $500 en una semana. Le expliqué al doctor después de esperar 30 minutos más. La asistente había dicho: “El doctor viene ya mismito”.

–Tienes hipertensión.

–¿Qué?

–Presión alta. –Dijo aquel día del mes pasado.

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Si no tuviera problemas quizá no la tuviera. No se sabe. No rebajaste, no haces ejercicios, regalaste el perro, y como los problemas no puedes resolverlos, te voy a recetar un diurético. ¡Qué, qué! Ese lunes salí descontento pensando en el maldito ‘diureítico’ cargando varias cajitas cortesía de la asistente. “Tómeselas por siete días. Si no le da un patatú o una crisis nerviosa o una alergia...siga con la receta”. Se despidió como si le hubiera hecho un chiste.

-Oh, (dijo antes de cerrar la ventanilla) siga las instrucciones. Hora exacta, una, todos los días...Salí y no escuché lo último que gritó.

Se me acabaron. Dos semanas después me acordé y arranco a to’ tren pa’ la farmacia. Ese martes, me encuentro a Hermenegildo, quien hace años heredó diabetes tipo 1. Estaba comiéndose una alcapurria de yuca con carne y bajándola con una soda de dieta. Era la segunda, ya se había comido una empanadilla.

–Tienes buen diente.

–Chacho, esperar aquí con hambre es morirse. Mejor me voy lleno, si acaso allá arriba hay bancarrota también. –Dijo saliéndosele una carcajada en quiebra.

–¿Cuántas son?

–Son diez. Dos para el malestar de estómago que me causan. Y tres para la diabetes, y dos para la presión, una para la artritis...‘no sé qué es peor la cura o la enfermedad’.

–¿Y te las tomas las ocho de cantazo? –Pregunté.

Miró pal lao’ asustao, se me acercó, y secreteó riéndose:

–Si me acuerdo.

–Mantienen vivo a uno a pastillaso limpio. –Protesté.

–Me lo diceh. Seguir sacándole al seguro. –Relajó Gildo como le llaman en el pueblo.

–O te ponen un canto ‘e hierro, un corazón, o un hígado nuevo...

–¡Juumm! –Jumió tragándose un canto de alcapurria.

Tuvimos que parar la cháchara porque el boticario nos miraba por encima de los espejuelos, gruñéndose las cejas. Gildo me miró y me hizo una seña de cabeza de caballo mirando al farmacéutico. Se la devolví igual secándome una lágrima que me bajaba alegre del ojo derecho, con una servilleta llena de manteca que me pasó, estiré la mano para devolvérsela. Se rio y dijo,
–Te la regalo. Guárdala de recuerdos.

Y nos hacían cosquillas las cejas del farmacéutico. Parecía un chivo. Pareció enfurecerse y se alejó. Regresó quince minutos después. Trajo el semblante enrojecido. Y empezó a llamar gente que no paraban de protestar.

Abrió la puerta tan fuerte del coraje que traía Nepomucena que el viento tumbó unos periódicos. Alzaron vuelo de pájaros por toda la tienda. Nadie se dobló a recogerlos. Ni por cortesía.

–Ay, ay, perdón, perdón. –Gritó nerviosa. Y fue recogiéndolos y organizándolos ella sola. Gildo me dio otra mueca de caballo. Esta vez mostrando los dientes blancos y le tambaleaba la barriga llena de alcapurrias, empandillas, y soda de dieta. Se taponó la espera, y salían sin medicinas nadie. La furia se notaba en las respiraciones y en el murmullo.

–¡Rodríguez Meléndez! –Gritó el boticario.

–Hermenegildo, ese soy yo. –Contestó Gildo. Se acercó al dispensario, recogió los medicamentos y feliz como una lombriz se despidió.

–Lleva mucho tiempo esperando. –Me susurró con miedo Nepomucena, a quien le dicen Nepu.

–Más o menos, como dos horas.

–¡Quéé, quééé!

–La economía ‘tá mala y las medicinas están escasas. Llegan semanal.

–¡Ay, mijo! Esto va de mal en peor. El gobierno quita pero no da. –Se quejó y siguió chupándose el limbel de tamarindo.

En ese momento entra azorada Semproniana, siguiéndole atolondrada Fredesvinda, y después Regisnalda nerviosa lamiéndose una pepa de mangó de piña; en una bolsita cargaba varios pastelillos de guayaba. Las tres fueron bautizadas tres veces porque el cura no recordó nunca los nombres y no los registró en el Registro Bautismal de la parroquia. Después del saludo, las tres se acercan al boticario quien parecía un pájaro enjaulado caminando de lado a lado sirviendo millones de medicamentos que no habían. Daba genéricos o nada. La primera en solicitar fue Semproniana.

–Sabeniano, esta receta es nueva, me la volvieron a cambial polque la primera me daba diarreas y la segunda insomnios. Tú sabe que estuve cinco días sin dormir, nunca supe la causa, verdad. -Dijo preguntando.

El farmacéutico sólo movía la cabeza mientras iba distribuyendo las medicinas en unas bolsitas blancas con el logo de la farmacia.

–Sabeniano, cuando puedas me das el ‘rifil’ de estas. Es pa’ el colecteró. –Dijo Fredesvinda–. Acuéldate marcarlas. La última vez las mezclaste, y me respiré todo el osígeno de la sala emelgencia del hospital.

Las enfermedades han acabado con los medicamentos. Cada día aparecen más. La contaminación es necesaria para las farmacéuticas sobrevivir. Las industrias nos dan los sueldos que nos consumen las tiendas. El ajetreo diario, las carreteras, y las deudas nos honran de tensiones y malestares. Llegan regocijados los negocios del gobierno con el IVU, el IVA, y las críticas del “aquél fue el...” –Leí en una hoja suelta de...

Entró azorao como un espantapájaros.

–Sabeniano, tienes SanaTax? –Preguntó el político, quien iba a presentar el plan moderno de contribuciones del pueblo ese día.