Policía
Category: Vida Social


Por Juan Negrón Ocasio

*Tomado del libro de cuentos
“Déjame contarte un cuento y otros asuntos”

A Don Raúl Suárez, Doña Chiquita,
Padrino Marcial Torres, Doña Dalila Marrero
y Doña María León Ortiz (QEPD).
Villalba, Puerto Rico

Dejame contarte un cuento

-Quieto, manos arriba. Manténgase tranquilo y no le pasará nada. De lo contrario perderá la vida, sólo quiero todo el dinero.

Al escuchar aquellas palabras entrecortadas de púber, alcé los brazos y quedé estupefacto. Llegó en un momento imprevisto mientras contaba el poco dinero que había ganado durante la corta mañana. Sentí una especie de indiferencia y resignado coraje hacia aquel rostro de ladrón inocente e infeliz; sobresalían en una que otra parte de la cara los contados pelos, le temblaban las manos más de lo que latía mi corazón.

Quedamos inmóviles.

Minutos antes dél llegar inesperado había guardado mi revolver en el gabinete de la trastienda. Estaba cargado y don Marcial, el viejo policía del pueblo, vio el arma sobre del mostrador y me sugirió lo guardara. Miraba fijamente. Sus manos temblequeaban. Mi corazón seguía latiendo mucho más rápido que antes mientras el cañón apuntaba exactamente al centro de mi pecho. Ni él hablaba ni yo me movía. Su rostro turbio enloquecía mis emociones. Yo sólo pensaba en el sacrificio de toda una vida, lo poco que tenía entregárselo. ¿Así? Sus ojos victimarios eran color marrón; su cabello lacio y castaño, su frente mostraba cansancio ninguno y su vestimenta era de tipo pobre. Leí en su camiseta: I love NY.

Aparte de don Marcial también había llegado otros clientes. Doña María apareció ese día más temprano de lo acostumbrado; conversó acerca de la abrumante corrupción social, tomó una comprita fiá y se marchó.

No me quejo.

Sólo que este sinvergüenza venga a robarme lo que tanto trabajo me ha costado conseguir. No le daré un centavo, primero tendrá que quitarme la vida y luego pisotearme. ¡El picador no lo tengo muy lejos de mí, si logro alcanzarlo tendré con qué defenderme! Guarionex, mi hijo mayor, está esperándome en casa pah ir a trabajar a la finca, a ese condenao le ha daoh con querer irse para el ejército y yo me opongo: ¿para qué, pa aprender a matar gente inocente?

Volví a mirar al joven que me miraba sin parpadear. Tiene casi la misma edad que mi hijo. Al observar con sumo cuidado su rostro tenebroso casi me rogó, -deme el dinero…por favor. Intenté decir algo, pero no pude. A la edad de diecisiete años trabajaba yo fuertemente en el campo. Mi padre tenía un cultivo inmenso de café en las alturas de Villalba, suficiente como para distribuirle a todo Puerto Rico. Tiempos pasados que no volverán y la tierra ha quedado en espera de cosecha fértil. Esta tierra árida de la urbe está condenada a perecer en conjunto con la esperanza de un próspero futuro para nuestros jóvenes.

Al llegar al establecimiento aún el pueblo dormía, excepto mi mujer dentro la alborada cuidaba de nuestro hijo más pequeño. Belvis está enfermo y ha sido muy poco el dinero ganado para llevarlo al doctor.

Si este muchacho comprendiera lo difícil que me cuesta hacer unos centavos y sobrevivir en este maldito sistema capitalista: los hijos se enferman, la educación de ellos y a mi edad ya no puedo hacer más de lo que hago. ¡No le daré un centavo! Si quiere puede llevarse lo que quiera, pero el dinero no. Intenté hablar nuevamente pero se me hizo un nudo en la garganta. Estaba ya sonrojado cuando volvió a hablar.

-Se lo advierto viejo, estoy perdiendo la calma, deme el dinero- dijo nervioso.

Con mi cara de humilde, en ese trance de la vida, pensaba en mil maniobras. No sé cuánto tiempo con exactitud había ya trascurrido, acaso algunos tres minutos, desde que este apareció. Asustado volvió a mirarme con enojo. Me asusté tremendamente cuando abrió las piernas, estiró los brazos y apuntó con precisión hacia mi cabeza y dijo:

-¡Se acabó el tiempo!

Entonces levanté los brazos con nuevos bríos, apuntando derechito hacia el cielo para no darle muestra de alguna defensiva. De momento le temblaban las manos con histeria y yo con el estómago en la garganta enloquecía de susto; me dio canilleras; me dolía enormemente el lado izquierdo del pecho; se nubló todo y no supe qué hacer. Sólo sé que me temblaban las manos y pensé en el revólver, en el picador, en el maldito ejército, en mis hijos y en mi mujer, en el pueblo desamparado; en la fatalidad de la muerte tras la horrenda tragedia de haber vivido en la desgracia de la vida. ¡Maldije el sistema! Me nublé y ya no sabía ante qué ampararme. De momento con sublime elocuencia comencé a maniobrar.

-Buenos días don Raúl. Le deseo mucha suerte en el día de hoy- me saludó mientras yo abría la tienda.

-Gracias mi hijo, que Dios te bendiga- le dije. Y lo observé caminar lentamente con paso seguro y con orgullo.

Han pasado muchos años y conozco muy bien a ese muchacho: es de familia pobre y criado en Nueva York. Llegó a este pueblo como cordero perdido: no estudiaba ni tenía trabajo. No lo conocía hasta un día que... en aquel instante sí conocí la verdadera tragedia de un ladrón. Él se crió donde para los muchos con poco robarle a los pocos con más era su sustento del diario vivir. Y con mucha razón. Nervioso y con mucho esfuerzo logré convencerlo de su error. Trabajó conmigo en el negocio un tiempo y poco a poco logró hacerse de una profesión.

Pasado ya el tiempo todas las mañanas Chencho Buenaventura me saluda y me desea suerte cuando se encamina hacia su oficina ubicada en el corazón del pueblo.