Policía
Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

“En las galleras se apuesta la virtud de la palabra.”

A Miguel “Maguele” Rodríguez:
Gallero villalbeño de los buenos.

gallo villalbeno

Juan Bertin Negron Ocasio– ¡Van $100, al pinto!

– ¡Yo voy!

– ¡Voy al manilo!

– ¿Cuanto?

– ¡Van $1,000 a $100!

– ¿$500 a dos y medio al pinto? –Exclamó abanicando los pesos en el aire.

– ¡Oquey...ahí van, palabra de mujer! –Le gritó la doña desde el otro lado. Al hombre le brotaron los ojos como búho y se quedó tieso con la mano en el aire.

Sin conocerse sin nombres sin saberse quiénes son. Apuestan a diestra y siniestra. Se entrelazan en la caballerosidad sin conocerse.

Apostaban desde los extremos. El Coliseo Gallístico del Barrio Hatillo estaba repleto de gente, de gallos y de las gallinas que los gallos querían que estuvieran presentes. Es que los gallos son como los boxeadores, se llevan a la esposa, a la suegra, a los hermanos y hasta a los pollitos para que vean como reparten picotazos. O sea, para que disfruten de sus victorias.

Quien no ha visto una pelea de gallos no sabe lo que es el juramento magnánimo de la palabra. Los billetes son la apuesta, pero la palabra es la vergüenza del que apuesta.

En las galleras se apuesta la virtud de la palabra.

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Jamás en la historia de las galleras en Puerto Rico un hombre ha faltado a su palabra. Desde que en el pueblo de Manatí, Lupicinio faltó a la palabra y no pagó. Fue lamentable la consecuencia. Nadie más lo ha hecho.

No hay quien disfrute más de una pelea de gallos que el entrenador, que puede que sea el mismo dueño. Lo sé por experiencia propia. Cuando yo era chiquito en mi casa había un gallo marrueco. Aquel condenao no había quién le ganara corriendo. Y comía de todo. Lo lindo era que los perros le tenían miedo. Levantaba la cresta, abría las alas y defendía su territorio contra quien fuese. Pero a los gallos huía como asaltante a policía.

Pantaleón era cortés con las gallinas les picaba dulcemente como dándole besos de pomarrosas. Se llevaba los granos de maíz en el pico y los tiraba como El Negro de Malavé, lanzando en juego de béisbol de Ganduleros. Ellas lo miraban virando la cabeza rápido, como si estuvieran nerviosas, luego comían los granos de la tierra.

Pantaleón les tiraba piropos con un ¡CO-CO-ROCO-COOO! medio ronco. No cantaba como los demás gallos con afinación. Era un gallo inarmónico. Los cantos a las cinco de la mañana eran disturbios. Remeneaba el cinc de las casas, y estremecía los árboles como un ciclón. Cuando cantaba, Juan Harina, el vecino le tiraba lajas para que se callara. Entorpecía el sueño al barrio entero. ¡Aquel gallo era un fenómeno!

Era también un gallo enamorao. En ocasiones pasaban los días y a Pantaleón no se le veía por ninguna parte. Cuando regresaba llegaba desplumao’, con los ojos rojos y medios cerrados. Nunca supe adónde iba ni qué hacía fuera de casa. Un día lo vi que salió como escondiéndose por debajo de la verja. Llevaba una pavona roja en el pico.

Mi amigo, Lionel, tenía un gallo inglés. Y todas las tardes después de salir de la escuela MckJones nos íbamos a la orilla del charco de Doña Toñita en el río Achiote y allí los tirábamos a peliar. Hacían un circulo, estilo gallera, Güi, Frí, El Colorao, Willie, El Jabao’, Tango y Micky, y un montón más de buenos vecinos villalbeños que se conglomeraban.

Los gallos sabían. Ninguno peleaba si antes no le dábamos la media libra de maíz que compramos en la tienda de Carle por 10¢. Llevábamos un mes entrenándolos. Al mío le amarraba una pata con un bejuco, le tapaba la cabeza con una media blanca y lo llevaba al Pasto de Don Sico a subir y bajar la jalda. La dieta era agua con ají, pegao’ de arroz blanco y jugo de limón. Alguien me dijo que le diera maíz. Empecé a cocinarle funche dos días antes de la baraúnda.

Lionel le compraba purina en la tienda de Héctor Núñez en la Barriada Nueva. Héctor se la fiaba. También se iba a la pista y allí daba diez vueltas con el pollo amarao’ por el pescuezo.

De todas formas, las peleas de gallos, es un deporte que puede ser considerado maligno, pero el gallo mío peliaba como quiera con el que entrara sin permiso a mi casa. Una noche se metió un pillo a robarse las quenepas y le cayó encima a picotazos. Pantaleón estaba durmiendo en el mismo gancho que trepó el bandido.

–Los gallos de pelea son gladiadores entrenados, igual que los boxeadores. Hay quienes alegan que si el congreso usara la gritería como la usan en las galleras quizá la situación estuviese mejor. Igual algunos políticos puertorriqueños deben ir a las galleras a tomar cursos de caballerosidad. Quizá les ayuda mejorar la virtud de la palabra. –Opina Segismundo García Toledo. Un gallero que paga las cuentas de su familia, y da trabajo a cinco a base de las ganancias de su industria gallística.

– ¡Pícale gallo! –Gritó el animador.

Le tiraron ron a las caras de los gallos. Los agitaron cogidos de las manos. Los soltaron y se entraron a picotazos.

– ¡Voy $200 al mestizo...coño!

– ¡Voy al inglés!

Se oía la gritería detrás de la casa de Jacinto en Palmarejo.