Policía
Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

“Primero soy villalbeño, después puertorriqueño...”

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Foto: Izquierda-antigua estación de gasolina en el barrio Romero. Derecha-Panita repartiendo fiambreras en Villalba.

Juan Bertin Negron OcasioLlegué sin un chavo prieto en los bolsillos. Estaba más pelao que una atusa. Tenía cuatro rotos en las faltriqueras del mahón: dos arriba y dos abajo. Estaba tan mondao’ que los bostezos parecían tornados como polvos del Sahara cuales revolcaban los callejones de todo el pueblo de Villalba.

Entré a varios restaurantes fasfú, después de varias veces mirar con lagos adentro la boca los janbergers, papitas fritas, y tantas delicias, fui despidiéndome sin decir nada cuando las cajeras me preguntaron tan dulcemente:

-Dígame, qué le servimos.

Bajé la cabeza de vergüenza, como un niño huérfano, y me fui cabizbajo hacia la puerta de salida.

-Gracias...no deseo nada...gra...ci... -dije antes y salí. Salí más rápido que un conejo escapándose de un fricasé.

Caminé, caminé a paso de tortuga cabizbajo hasta llegar a un banco de la plaza. Fui despidiéndome del hambre y de la necesidad de tener un chavo en los bolsillos. Saqué las tres tarjetas plásticas. Contemplé y las observé languidecido en una los dos círculos uno anaranjado-otro amarillo; la V; y la AE color azul cielo.

Mientras el candente sol azotaba mi rostro quedé en suspenso sobre aquel banco que tantas veces me alivió la espalda. Cuántos recuerdos, cuántas memorias sublimes, cuánta gente humilde y misericordiosa de este pueblo, qué dicha inmensa el pasado benévolo nos atesora por la vida. Si no fuera por ese pasado grandioso no creo que fuera villalbeño...pero doquiera primero soy villalbeño después puertorriqueño.

-¿Y tú? -Oí a Pirile gritarme del lao allá de la otra acera. Caminaba hacia donde el viento lo soplaba. Se hizo amigo de la brisa y se sujetó de ella. Sonreí la pelea que tenían. Se abrazaron y siguieron juntos su bamboleo. Pirile camina tan cómico como una palma bailando con el viento de un ciclón.

-¡Piri...! -dije y siguió levantando una de las manos zangoloteándose.

Fueron tiempos buenos. Había tantos comerciantes buenos, pensaba, que de tan buenos que eran se pelaron. Los dejaron descascarillaoh. Por ahí hay unos cuantos que todavía están embrollaos.

-Don Merced, cómo hacemos pa’ pagar la caja. Se murió Cañita.

-‘Endito, buena gente que era, cuándo quieres enterrarlo. Eso es lo máh importante. La caja me la pagas cuando llueva. Pero que escampe pronto.

“En Villalba los que se morían no tenían qué preocuparse
porque los vivos siempre se encargaban de que los enterraran.”

Y allí estaba el apuntao pal muerto, bueno para los que lo velarían cinco días, y lo recordarían nueve noches con los quince misterios. Es un misterio la creencia que el muerto todavía ande por ahí después que se muere. Entonces para que se vaya derechito al cielo hay que rezarle cinco rosarios gozosos, cinco dolorosos y los últimos cinco gloriosos. Antes. Ahora a algunos los tiran al hoyo y adiós pena.

En Villalba los que se morían no tenían en qué preocuparse porque los vivos siempre se encargaban de que los enterraran. Aquella vida de antes era tan buena que hasta morirse valía la pena. Hoy no hay un roto adónde enterrar a nadie ni cómo pagarle a Maguele. El trapo ‘e seguro social no da ni pa la caja. ¡Es mejor no morirse! A veces ni trabajar. Porque uno nunca sabe pa’ quién trabaja. Pero Maguele es un dulce de coco y ha seguío’ la tradición y siempre considera el fiao’. Bueno, no verdad, siempre y cuando claree después del aguacero.

Nunca en el mundo ha habido gente más fina como los negociantes de Villalba. Esa gente vivía de esperanzas. Y de fe que algunos se acordaran de pagar.

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-Y la vieja, como está.

-Bien, y la tuya.

-No es tu mamá, es la vieja cuenta que ya está lisiada.

-Espérame hasta la semana que viene.

-No hay problema, espero llegue pronto.

Un día llegó Panamá de medio lao’ a la barbería de Carlos Algarín. Esperó que se fueran los que siempre jaqueaban allí. Y le dije bajito,

-No tengo la pejeta, me puedes recortar hasta que la mula para.

-¡Oye! -gritó por la ventana a Palomo- ¡Aquí llegó otro, apúntate este fiao!

Salió corriendo de la vergüenza y jamás lo volvió a ver. Panamá nunca perdió la vergüenza ni borracho.

Doña Hilda nunca negó una costura a nadie. Las filas llegaban hasta detrás de la iglesia católica. Había que esperar porque era la única costurera por excelencia, y la que nunca cobraba de más por sus obras.

-Ay, mija, dame lo que puedas.

Que grandeza amoldaba, ceñía aquel “ay” Bendito de los negociantes villalbeños. Que hubiera sido de los que no tenían dinero al instante para una camisa nueva, un pantalón nuevo, unos zapatos para el primer día de las fiestas patronales. Para la graduación de la jai. Para el Class Night. Para aquel cumpleaños o para el bautizo del ahijao’. ¡Ay, bendito!

Llegar con hambre era lo que esperaba la cocina de la Fonda Toño Verdecía para servir unas deliciosas empanadillas. Tenían la competencia de la Fonda de Chamo, atrás de la gasolinera de Durán con vista hacia el rio Jacaguas, quienes preparaban el mejor sancocho; y les daban pelea Carmen Rivas, frente a la gritaría de la escuela MckJones, su riquísimo arroz con gandules y carne frita. Doña Crucita, Luchetti arriba en la entrada tenía manos de diosa, era por excelencia la cocinera de los trabajadores de la cooperativa de gandules, de la Andrea, y de los policías del Cuartel de Policía Viejo.

Aquellos hijos gloriosos de Villalba que creyeron en el fiao y ayudaron a la economía y a la prosperidad. ¿A dónde están? Desapareció el fiao y se fue muriendo el comercio del centro del pueblo. Cerró la panadería, y la cafetería, cerró la tienda de Georgie, de Apa, de Dona Hilda, cerró la Cabaña Azul, y la tienda de Nando, desaparecieron las películas mejicanas del cine, y cerró la tiendita de Don Merce, cerraron las bombas de gasolina de Bubú, y de Durán, cerró la cooperativa de consumo, y la tienda de Colo, y el colmado Bonilla, nos cerraron el progreso y se nos fue muriendo el pueblo. Se fue Juan Díaz y Julio Vianda, se fue Esteban Núñez y Félix Toledo; ay, se nos fue vivir del fiao: se nos quedó la nostalgia villalbeña.

Hay que preparar los rosarios. Nos trajeron enormes tiendas y monstruosos moles.

Nos alejaron con el progreso y nos usurparon el fiao. Ni en keimart ni en gualmart ni en meicis ni en econó ni en ningún supermercado nadie fía.

Nos escamotearon los negociantes del pueblo. Nos dejaron desolados.

feliz Navidad Bertin