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Category: Vida Social

Por Juan Negrón Ocasio

calle munoz rivera 

Juan Bertin Negron OcasioAntes en Villalba no faltaba na’.

Aquellos tiempos cuando se criaron muchos fueron tiempos buenos, saludables, y había de to’. Ahora también hay de to’. De todo y para todos: alta presión, altriti, diabeti, y descorazonitis que todavía nadie sabe lo que es y los investigadores siguen investigando para encontrarle una cura.

No sé usted, pero cuando yo me crie, dondequiera en el patio de la casas se sembraba uno que otro producto que se consumía. Podía encontrarse hortalizas de recao, ají, tomates, guineos, plátanos, yuca, ñame; arbolitos de limones, chinas, toronjas, ¡ay, madre! De todo lo que había nunca faltaba na’.

En las orillas del río Achiote se perdían las panas y el panapén, jobos, guayabas, pomarrosas y los corazones de tantos que parían aquellas arboledas.

Había tanto para consumir que las familias en mi barrio tenían competencia en quien paría más hijos. Por lo menos, mi abuela tuvo catorce. Recuerdo varios que le llegaron cerca. Doña Sica tuvo diez, y Doña Carmen tuvo once y varios se acercaron con ocho o siete. Pero estaban los que no germinaron tantas semillas y sólo tuvieron uno o dos hijos.

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Hoy los matrimonios tienen un hijo, si acaso, y bien pensao. Con el tiempo el pueblo se quedará vacío. Las mujeres no quieren parir y los hombres no quieren nada que tenga olor a Asume.

Nadie duda que, además, las tienditas competían en precios y promovían el fiao en secreto. Allí estaba Carlé, Esteban Núñez y Martín en El Puente de Palmarejo. No había Internet ni Facebook ni Instagram, pero sí vergüenza y palabra. Nadie discutía por dos chavos prietos.

-¿Esteban cuánto es lo fiao? -Oí preguntar a mi bisabuelo el siglo pasado. Quien bajaba con una yegua vieja que era más vaga que la quijá’ de arriba. Por otro lado la condena’ llegaba con cinco sacos de productos que mi abuelo Piñe traía desde una finca en la Aceituna.
-Son siete pesos. -Respondía don Esteban.

-Toma. -Daba mi abuelo a don Esteban sin reparar, sin cuestionar.

Luego, le daba una ficha y le pedía cinco marrallos y yo le sonreía.

Aquella palabra cuesta hoy varios millones y pocos los tienen.

Resulta que abundaba el arroz. Un paquete de una libra costaba cuarenta y nueve chavoh prietoh. El que no comía arroz moría embobado porque era lo más que se consumía. Y aquellas mujeres tenían una mano que cualquier chef mundial envidiaría. Cocinaban arroz blanco y habichuelas guisá, arroz con gandules, arroz con habichuelas de todas clases, arroz blanco con garbanzos guisaos’, y se mesturaba con pollo, chuletas, y si la economía estaba buena, quizá, cada vez que se alineaban los planetas un pedacito de bistec. Los sábados no faltaba el sancocho con patitas de cerdos.

La competencia en cocinar las mejores habichuelas era enorme. Doña María era genial y tenía un secreto particular que nadie nunca supo. Los historiadores de Villalba nunca lo escribieron. Hoy se sabe que les echaba calabaza, ajíes dulces, y un toque de ají picante. Pero la receta de aquel sabor típico se perdió con el tiempo con las páginas del olvido de la historia del pueblo.

No era todo. Aquello del arroz y el acompañamiento era para la comida. En Villalba se comía tres veces al día. Aunque el desayuno era un canto ‘e pan con mantequilla y café prieto, o con leche Carnation. Si la gallina estaba saludable se tiraba una tortilla de huevos en la sartén divididas para todos, sino huevos fritos y jamonilla, o mortadella cortada en una de esas tienditas que mencioné.

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En el almuerzo una viandada con bacalao guisao’ o frito, guanimos con habichuelas marca diablos, alborotados con manteca de cerdo, o funche, o comida recalentá del día antes. En aquellos tiempos las sobras inservibles se echaban en latas para alimentar los cerdos. Nunca se desperdició nada. Eran tiempos de austeridad, de sensatez. Hoy una familia entra a un fasfú, y sale fuliao’ de manteca saturada y 500 de colesterol, con la presión alcanzando el techo y atrás una mesa llena de comida sin tocarse.

La manteca y la sal eran esencial para la salud antes en Villalba. No sólo en los hogares, también en las fondas. Carmen Rivas, una de las mejores Chef del mundo, vendía unas empanadillas a cinco chavoh, que parecían orejas de elefante. Cocidas con manteca. Sin nada procesado.

El bacalao en numerosas ocasiones no llegaba entero. Desde que yo salía de la tienda de Carlé comenzaba a despellejarlo. Aquel bacalao parecía una yagua y se compraba a peso. Hoy es prohibido comprarlo. Nadie se moría de sed ni nunca estábamos deshidratados. Aquel bacalao nos ponía a tomar agua por tres días corridos. Era tan salao’ que nos tirábamos en el río Achiote y nos bebíamos los charcos. En ocasiones de tanta agua que tomamos el Lago Guayabal se secó.

En aquellos charcos nos tomamos los microbios. Y nuestro sistema inmunológico era más fuerte que Godzila. Nadie nunca murió de ninguna enfermedad del agua de río. Hoy cualquier cosa da culebrilla.

Pues no hay comida saludable hoy y la que hay intoxica. Los doctores prohíben todo la azúcar, la sal, la manteca de cerdo, el ron y las cervezas, el arroz blanco cocido con tocino, las chuletas y el bistec. Los tostones tienen que ser de plátanos de Costa Rica. Te prohíben bañarte porque da churritis, otra enfermedad que está en proceso de investigación. Y para todos los males tienen ya una lista de recetas preparadas en la pared de sus oficinas.

Cuando usted llama para una cita médica la secretaria siempre pregunta:

-¿Razón por la cual quiere ver al doctor?

-Me duele el dedo manganzón del pie izquierdo.

Cuando usted llega el doctor antes de verlo sin hacerle una prueba de sangre ya tiene la cura.

¡Aspirina!

En Villalba cuando alguien se enfermaba se llevaba a la doctora del pueblo. La santigüera. En dos días estábamos corriendo por el Pasto Pareja, Don Sico, La Carrera, o pescando en el Lago Guayabal. Si la condición era crítica íbamos al hospital y Goyo ponía penicilina con una aguja más larga que una espada. Pero el mejor era Toño quien tiraba la jeringuilla desde una silla comiéndose un sángüich. No había doctores. Los dos eran enfermeros y tomaron un curso de enfermería de seis meses en la Vocacional de Ponce.

-¿Tú desinfectaste esa aguja? -Un día le preguntó asustao Chacho.*

-No te preocupes. Al último que se la puse fue a Claudino**. -Contestó Toño sonriéndole.

En aquellos tiempos cuando un villalbeño se criaba duraba para siempre. Nadie moría. La gente nunca se cansaba de tanto vivir.

íÁngel "Chacho" Torres era un político, empleado municipal y humorístico (buen ser humano).
**Claudino era un vagabundo pasivo con verrugas grandes en la cara, y antihigiénico, que llegaba descalzo a Villalba por temporadas.