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Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

Carrera Reyes Magos

Juan Bertin Negron OcasioEn ocasiones pienso que se nos disipa algo del pueblo, si pudiera definir este sentimiento con persuasivas palabras, pudiera simplemente señalar que se nos desvanecen las grandezas de nuestro pueblo. Se nos escapa de alguna forma inexplicable ese espíritu del “pueblito” en que todos nos conocíamos, y no nos damos cuenta que se va también el porvenir, el futuro, todo aquello que anhelamos, soñamos, todo aquello que quisiéramos que fuese y todavía no lo es. ¿Qué seríamos sin nuestras memorias? ¿Qué hubiéramos sido sin esa gente que nos entregaron un legado con sus vidas? Este pensamiento que estaciono ante las manos eruditas no es un artículo publicitario ni jocoso ni nada que tenga que ver con sacarle partida a la irreparable desaparición física de quien fuera nuestro gran amigo, hermano, compueblano, buen hijo de Villalba: Bertin Gómez. Es este personaje villalbeño uno de esos que se subsisten en nuestra memoria. Esa gente indeleble que nos ha legado alguna esperanza eterna. Bertin Gómez, así lo conocí y así lo identifico. Porque en alguna ocasión anterior se ha mencionado sobre el uso de “sobrenombres”. Y es que los villalbeños encierran tanto fervor en llamar por apodos, la pronunciación es íntima y nos toca alguna fibra del alma, y encuadernamos ese “alias” pueblerino en algún rinconcito cerca al corazón. Nos llamamos como somos.

De Bertin Gómez recuerdo poco, quisiera ser más preciso, bien poco, pero posiblemente lo suficiente para decir que se me rompió el alma al oir la fatal noticia. Recuerdo a Bertin Gómez como uno de esos tipos villalbeños que uno quisiera ser igual que él, jovial, que caminaba con seguridad máxima de saludarte, sin altanería, esa sencillez de gente de pueblo lo engrandecía. Impartía ese orgullo de ser villalbeño con un abrazo, demoledor e inesperado, dentro de un saludo. ¡Qué grande fue! ¡Qué mucho dio a este pueblo! Tal vez más de lo que debió; de lo que pudo. Hubiera querido haberlo conocido mejor. Compartido más. De mis recuerdos inconfundibles lo distingo entre muchedumbres riéndose. ¡Qué grande era este villalbeño que regalaba su amistad con un apretón de manos!

En sus mejores tiempos, siempre andaba en pantalones cortos, los últimos que le vi puestos eran blancos. Llevaba un polo del mismo color con una insignia al lado izquierdo y una gorra (de béisbol). Guindando del cuello, como un guanín, llevaba un pito. Creo que este encuentro, hace mucho tiempo, pudo ser el último que tuvimos. El último saludo, el último adiós. Qué pena que la memoria no me alcanza para relatar lo que me dijo ni lo que hablamos o si simplemente fue un saludo. Nos ocurre que a veces recordamos algunos saludos que nunca se olvidan. Su sonrisa substancial, inherente, caracterizada por sus abultados cachetes.

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Quizá esa debió ser la última vez que vi a Bertin Gómez en vida; y se me ocurre pensar en este momento solemne de perpetua inclinación de aprecio, que si estuviese vivo adónde se anclaría este recuerdo de la memoria, en qué lugar se anidaría sin el porvenir de una nota de revisión y apertura a la inmortalidad de un ser tan distinguido. ¿Qué no hizo Bertin Gómez en sus años más fructíferos para engrandecer a Villalba? Esperemos que la memoria nos no traicione y algún espectro mordaz opaque sus virtudes y buenas intenciones. La grandeza del pueblo de Villalba permanece y radica en estos seres amados que durante su vida rindieron homenaje al provenir que anhelamos. Villalbeños que dentro la sencillez dieron lo máximo con la esperanza que nunca perdiéramos la fe. Así expongo este sentimiento, porque lánguidamente se nos van los grandes y nunca sabemos que en el acontecer de un abrazo, de un saludo, de un adiós, posiblemente sea el último.

Reciban consuelo y serenidad la familia y amistades más allegadas a este noble villalbeño. ¡Muchas gracias, Ilustre, Bertin Gómez!