Policía
Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

Dedicado a Héctor “Papo” Díaz:
Orgullo villalbeño.

En memoria de Héctor Díaz (QEPD).

Papo Diaz

Juan Negron OcasioVenía caminando con pasos de plena por la curva con una sonrisa más redonda que una cuca y la mostraba con grandes pedazos de coco. La blancura de aquellas alineadas perlas era algo especial. Nunca ocultó aquel regocijo, aquel orgullo de vecino humilde, consagrado por la virtud de la elocuencia y el carisma. Esa soltura constante, perenne, de hombre de pueblo engrandecido por el clamor de la conversación sensata, exagerada y cordial, era sencillamente respetable y envidiable. Irrefutable. Difícil era sobrepasarle a lo espontáneo a aquel verbo que poseía tan avispado y bien decorado con un discurso político de barrio lleno de razonamiento lógico. Se notaba exageradamente, aparte de la sonrisa campechana, en el caminar cuando lanzaba los brazos sobre el viento, en los cordiales apretones de manos, en aquel adiós juicioso con las palmas de sus manos que regalaba sin prejuicio a los vecinos, en su chillido saludo, su peculiar personalidad. La singularidad manifestada de un villalbeño.

Saludaba gritando:

-Juanchi, cómo estás.

-Felito, saludos.

-Lilo, vas para la gallera.

Saludos con sarcástica seriedad mostraba y como costumbre la línea blanca con exagerado jubiloso perfil. Su sonrisa característica genial y peculiar de avancino. No podría descartarse las exageraciones típicas de aquel villalbeño de pura cepa, su increíble modo de exagerar fundamentos, su cordialidad tempestuosa la cual intentaba persuadir con un tono de voz que arropaba al pueblo como un trueno, que sin exagerar, no había gente en ningún rincón del pueblo que no escuchara el detonar de sus planteamientos y opiniones. No las hablaba ni las decía con finura sino que las exclamaba como las sentía. Ingeniosidad típica de su idiosincrasia. Unos pensaban que se expresaba con cinismo, otros con mordacidad y los muchos con singular sinceridad. Sin tapujos.

Aquel día en específico el retozo de su contentura se generaba como motivo del gran regocijo porque se acercaba la reconocida carrera mundial el Medio Maratón de San Blas en Coamo. Uno de los más importantes eventos de fondo del mundo. Una de las maravillas de esta pequeña isla en el Caribe; y el evento podía ser iniciación para posteriores competencias internacionales, o sea, una carrera de transcendencia para los atletas que quisieran pasearse entre los inmortales. El pueblo entero esperaba que el hijo de aquel personaje de enorme idolatría, principal promotor de sus logros, corredor por excelencia, ganara el maratón aquel domingo, no tan sólo por su dote natural desarrollado en millones de pisadas en la brea caliente de la 149 desde Palmarejo hasta Romero, en la 150 desde Hatillo hasta Coamo, o en la ruta 151 desde La Vega hasta el Limón, sino además en las pistas de tartán en competencias intercolegiales entre las universidades más prestigiosas del país, sin menos contar los callejones que cruzaban entre casas de barrios y urbanizaciones, de jaldas y empinadas cuestas de caminos decorosos de los campos que le consagraron infinitas ocasiones los trotes con la bendición del rocío mañanero, y las innumerables prácticas glorificadas tarde en la noche. Para Héctor su hijo Papo era lo más grande en atletismo que había dado el pueblo de Villalba. Quizá él lo exageraba, por el sentimiento paternal, por las corrientes rojas que llevaba desde su corazón hasta los más recónditos manantiales de su añejado cuerpo, quizá lo decía porque en realidad creía que sería uno de los supremos trotadores de la historia del pueblo. Posiblemente, no se equivocaba y lo demostraba con aquella confianza en el poder natural y la convicción de Papo. Nadie lo cuestionaba. Nadie lo debatía. Porque el pueblo entero confiaba en su verbo excesivamente explícito. Santificado. Pero ya Papo lo había demostrado en competencias nacionales.

¡Faltaba el maratón de San Blas!

Los compueblanos se acercaban, sin embargo, a las orillas de las carreteras en silencio, en el parque de atletismo, en el barrio. Miraban. Observaban con disimulo las prácticas. Seguían por doquier a Héctor. Lo perseguían en sus acostumbradas carreras que emuló como parte de su persona. Se desafió en envolverse en cuerpo y alma como modo ejemplar de lo que predicaba. Se hizo un corredor y todas las mañanas y por las tardes arrancaba a toda velocidad su cuerpo añejado. Corría 10 millas diarias. Su rutina fue parte integral de su plan de estimularle motivación a Papo. No sólo hablaba sino que actuaba. Hacía. Y el pueblo entero vio con ojos propios como cronometraba los kilómetros cada día menos.

Fue precisamente en 1979, cuando ganó los 10 mil metros en las competencias del Poly, y toda la gente comenzó a ver a Papo con los ojos de fe de Héctor. En aquel momento Héctor dejó de ser el centro de atención. Papo comenzó a ganarse el corazón del pueblo. Fue demostrando su enorme potencial como atleta y ya nadie rumoraba a Héctor ni le seguían suspicaz en sus prácticas. Se fueron olvidando de las quejas y las incertidumbres, y se acercaba cada instante más la definitiva carrera culminante. Innumerable gentío iba a ver a Papo en las prácticas y lo seguía por doquier. Se aseguraban de su seguridad, de su alimentación, de su práctica y el pueblo entero se envolvió en todo el quehacer de la grandeza del villalbeño. Y fueron en caravanas de carros, guaguas cargadas de gente a Lajas, a Ponce, a Aibonito, llegaron hasta donde no era posible para ver a Papo ganar una tras otra cada competencia de los eventos de fondo. Y se acercaba el día, el gran día de la competencia…y Papo mostraba una tras otra la calidad con que lo veía Héctor, y nadie dudaba ya de la fe, de la certeza eclesiástica de aquel padre ingenioso, maestro de motivación y reverencia.

¡Faltaba la gran prueba en el maratón de San Blas!

Se vistió de piel humana la ruta por la cual se desplegaron los españoles en 1898 en el Sector Las Calabazas. No cabía gente en las calles, en los balcones; nadie se movía, todos gritaban, se escuchaba el Himno Villalbeño entre los montes; llegó gente, radioemisoras, telecomunicaciones de toda la isla. Todos comentaban. Aquel domingo de 1999 está escrito en la historia del pueblo de Villalba y en la historia sagrada de Puerto Rico. Nadie lo pudo creer. ¿Quién no lo recuerda? El evento de 21.0975 km. fue fundado en 1963. En él se han paseado los más grandes fondistas del mundo, entre ellos Miruts Yifter (Etiopía), Víctor Mora (Colombia), Gaston Roelants (Bélgica), y en su historia han participado más de cincuenta países. La etíope Elfenesh Alemu estableció el record en categoría femenina en 2005, y en 2014 Beverly Ramos tiene el record nacional.

¡Papo tenía que demostrarle a los villalbeños su cría!

The little houseEl nerviosismo se apoderaba de millones de corazones. Los ojos del mundo estaban puesto en un sólo ser humano humilde de un humilde pueblo en un rincón del mundo. Las casetas montadas el día antes temblaban de bullicio e inquietud. Temblaba el cielo. Sonaban las campanas de la Virgen del Carmen.

-¡Salieron los corredores como hormigas bravas dando paso al trigésimo sexto Maratón de San Blas en Coamo Puerto Rico! - gritó el locutor.

-¡Papo, Papo, Papo! - gritaba el gentío.

-¡Se acercan señores, vienen reñidos el villalbeño Papo y el keniano Philip…en Los Llanos el villalbeño saca calidad, está demostrando su casta con aletazos de pitirre…va subiendo la cima de la Cuesta del Ajoguillo, aquí es donde se muestra valentía, se le acerca el keniano Philip Tarus, se va al frente Papo...entran a la 150, ya van pasando por la Román Baldorioty de Castro…vienen acercándose a la meta! ¡Están reñidos! ¡La gente está embrujada…se escucha el alboroto! Papo sigue en la lucha, se va al frente…Hoy la historia nos favorece. Este es un momento histórico en el medio maratón más importante del mundo – se desgalillaba el locutor – el villalbeño Héctor “Papo” Díaz estableció hoy el mejor tiempo por un atleta puertorriqueño cronometrando 1:04:42 en los 21 Km. ¡Qué viva Héctor “Papo” Díaz! ¡Arriba, Villalba, arriba!

-¡Papo, Papo, Papo! - gritaba el mundo.

Una caravana de miles con miles de personas llegó hasta la plaza pública de Villalba. No cabía más gente en el pueblo. Se llenó de exaltación pueblerina, alegría, comentarios, alegorías, el alcalde pronunció un discurso sumamente afable…el pueblo entero reconoció la grandeza de Héctor “Papo” Díaz; se abrazó la muchedumbre en la fe del padre.

Y la gente fascinada de tanto regocijo nunca cesó de gritar…

-¡Papo, Papo, Papo!