Opinión

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Por: Víctor Maldonado Santiago, Ph. D.

“El diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú.” -Zygmunt Bauman

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Dr Victor MaldonadoEl libro El puertorriqueño dócil y otros ensayos 1953-1971 de René Marqués incluye el escrito “Pesimismo literario y optimismo político: su coexistencia en el Puerto Rico actual” (1958). En éste, el sujeto del ensayo establece su intención de demostrar que, en los “periodos cumbres de distintas culturas nacionales” (p. 47), florece la literatura pesimista. Con especificidad, entre otros detalles, medita sobre el progreso principalmente económico que trajo consigo la relación política entre Puerto Rico y Estados Unidos, especialmente con la industrialización y la consecuente urbanización, a partir de la era Muñocista. Por contraste, enumera algunas de las obras literarias más destacadas de la década de 1950, pertenecientes a autores como José Luis González, Enrique Laguerre, César Andreu Iglesias, José Luis Vivas Maldonado, Pedro Juan Soto, Emilio Díaz Valcárcel, Francisco Arriví, Emilio S. Belaval y al mismo René Marqués, entre otros. Según la voz ensayística, en estos se observa claramente “el pesimismo agresivo de la nueva literatura: 1950-1958”.

La realidad actual de Puerto Rico nada tiene que ver con ese auge económico que experimentó la isla. Más bien, el panorama luce poco alentador, con un crédito degradado a chatarra, el dominio de una Junta de Control Fiscal impuesta, la devastación dejada por dos poderosos huracanes (Irma y María), la emigración masiva de puertorriqueños, primordialmente hacia los Estados Unidos, y su efecto en la disminución poblacional, el aumento alarmante en la violencia y la criminalidad, así como el empobrecimiento aún mayor de la clase media asalariada, por enumerar algunas problemáticas de envergadura. Es, en esencia, la antítesis de lo que alguna vez fue o se pensó que era la “Isla del Encanto”.

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Sin embargo, frente a esta dura situación de país, los principales representantes de la política puertorriqueña y las agencias gubernamentales intentan proyectar que todo está bien. Entonces, cuando algún periodista se torna un tanto incisivo o si algún grupo civil, desesperado por sus circunstancias apremiantes realiza un reclamo, su decir parece caer en oídos sordos o surge la evasión como respuesta más creativa. Esto enardece a quienes buscan una solución expedita para sus problemas del día a día. Estos denuncian también que la discusión de temas importantes se diluye en reuniones que rinden poco fruto o ayudan a superar a corto plazo algún escollo, pero no resuelven el mismo. Igualmente señalan que se entretiene al pueblo en múltiples festejos que sirven de cortinas de humo para desenfocar la atención de los asuntos que verdaderamente son prioritarios para la sociedad puertorriqueña en general.

Precisamente, entre estos grupos de denunciantes se alzan las voces de los escritores del presente. Basta con solo atender las secciones de opinión de los periódicos nacionales para ver cómo autores de alto nivel intelectual como Ana Lydia Vega, Mayra Montero, Eduardo Lalo, quienes están poco interesados en dorar la píldora a los lectores, discurren sobre diversas cuestiones palpitantes. Así las cosas, muchos aceptan con dolor o cierto grado de resistencia esas palabras poco consoladoras, mas no por esto menos reales. Hay quienes les llaman realistas o pesimistas, primordialmente porque sus columnas, los títulos y los contenidos de estas, no resultan muy emotivas. Más bien destacan que todo sigue igual, que somos marcianos, que no es la Policía, es el mercado, que estamos en estado de emergencia, que somos la colonia perfecta, un país carente de futuro y el tiempo como catástrofe, según se desprende de los escritos más recientes de estos. El lector no tiene por qué comulgar con sus planteamientos. De hecho, podría afirmarse que estos autores tampoco lo pretenden. Si de algo están conscientes es que sus artículos son de opinión, por lo que una vez publicados, ya no les pertenecen. Son los lectores quienes, sobre la base de sus distintas perspectivas o ideales, refutarán o secundarán lo escrito.

Consignado lo anterior, con atención a la dicotomía que se establ eció desde el título de este texto, si René Marqués viviera hoy día, posiblemente escribiría una nueva versión del ensayo aludido al inicio. Su título sería: “Optimismo gubernamental, pesimismo intelectual”.