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Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

amigos

“Los amigos eran hermanos, compañeros de estudios, de juegos y competencias…”

Juan Bertin Negron OcasioAntes los hombres no hablaban mucho. Obraban. Eran fieles servidores de su palabra y de servir al prójimo. No cobraban por servicios humanitarios a la comunidad. Eran puntuales. No vacilaban en compromisos. Gozaban de la fe que encontraban en la vecindad por ser diestros. Podrían ser lo mismo doctores, abogados, políticos, como barbero.

Las mejores conversaciones amenas surgían en una barbería. Recortarse el sábado era un deleite. Qué tiempos. Hoy es estar adentro del cuento de Hernando Téllez: “Espuma y nada más”. El barbero afeita con navaja en una mano, en la otra el celular. Al terminar el cliente brinca desesperado del sillón. Todavía hay algunos barberos con vocación.

Las mujeres eran reservadas. Parían y se quedaban cuidando los hijos. Avalaban la armonía hogareña. Pocas trabajaban afuera. Era una costumbre. Velaban el bienestar del hogar. No había normas escritas. Eran dogmas. Había dignidad. Desconocían capitulaciones. El trabajo hogareño era más portentoso que el del hombre. Más difícil y complicado. Aún lo es.

Los matrimonios eran eternos, felices, la ayuda mutua llegaba hasta la edad de oro. Después de la partida ‘celestial’ de uno de los cónyuges, el que quedaba buscaba nunca otra pareja. Los hijos jamás abandonaban a sus padres. De hacerlo sería en edad acicalada de capacidad para tomar responsabilidades cívicas. Usualmente no añejaban en destierros. Era difícil romper el cordón umbilical familiar.

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Así era la mayoría de familias en Puerto Rico. Se convertían en familias extendidas. Una fiesta de Navidad se tornaba en un evento monumental. Los vecinos asistían con dádivas sin invitación formal. Eran tiempos difíciles, pero prácticos. Existían lazos de comprensión, respeto, ayuda mutua seguida por buenos modales. Se desconocía la disfuncionalidad.

Valía la pena ser parte de la vecindad. Los amigos eran hermanos, compañeros de estudios, de juegos y competencias, se inventaba lo que no podía comprarse, se desarrollaban ideas y talento a fuerza de esfuerzo mutuo, de querer ser superior a lo que se era. Había voluntad y apoyo. Los patios eran libres, no tenían verjas, ni rejas metálicas, ni cámaras.

Aquellos vecinos que llegaban sin invitación eran parte de la familia. Eran padres. Las maestras escolares eran madres dedicadas, idolatradas, respetadas por todos. Esa vocación de enseñanza, en que era irrevocable un acto impropio por estudiantes, era reforzada por los padres, por el policía, hasta por el alcalde. No existía debate que los guardias eran la autoridad del orden, y conllevaba respeto incondicional de los ciudadanos. El policía era firme, justo y aplicaba las leyes necesarias. Ser maestro o policía era una carrera ideal, hasta que el gobierno comenzó a negarles un salario justo, beneficios y pensión.

“Los tiempos cambian, no los modales ni las virtudes, tampoco la honestidad...”

Los tiempos cambian, la gente, la tecnología, el modo de comportarse el ser humano. Argumentó recientemente un amigo en una conversación acerca de la violencia en Puerto Rico. Es así donde quiera. Generalizó.

Puede ser, pero hay más violencia que antes. Que es distinto. Repliqué. Antes la había, pero no más que en estos tiempos. Porque la unidad de la familia, el interés de todos en la comunidad de mantener armonía social tenía cabida en el desarrollo y bienestar de todos. Nadie hoy corrige un mal comportamiento de un hijo de vecino. Porque ese vecino puede convertirse en el peor enemigo.

Había respeto, moral, ética y leyes que se aplicaban a todos por igual. El parámetro para educar era extenso. Los políticos cumplían el deber cívico. Los tiempos cambian, no los modales ni las virtudes, tampoco la honestidad que deben cultivar los oficiales. Antes los servidores públicos se esmeraban por servir a la comunidad. Todavía hay quienes se esmeran por ser ciudadanos ejemplares. Pero no son suficientes. Antes había bandidos, pero existía respetabilidad.

El problema hoy no son las drogas, los bandidos, la policía, la corrupción, ni los mismos políticos. El problema es la selección persistente en elegir elementos ineficientes en el gobierno que toman decisiones fundamentales que no funcionan.

No se alude regresar a vivir aquellos tiempos pasados, aunque sería lo ideal. Es emular en lo que en aquellos tiempos nuestros mayores machacaron: dignidad. Y para lograrlo habría que deshacerse de un sistema político-social deteriorado que defrauda al pueblo de Puerto Rico.