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Historias de Villalba

Category: Historias de Villalba

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

En memoria de don Félix “Felo” Díaz,
Ángel “Tato” Díaz, doña Tiba Torres,
Lupercio “Pirile” Torres Díaz (QEPD).

calle munoz rivera

HISTORIAS DE VILLALBA - Se levantaba temprano con pereza antes que el sol penetrara por la persiana desde la Calle Muñoz Rivera. Bostezaba. Nunca en su vida tuvo prisa para nada. Y hacía en la mañana lo que deberían hacer todos. Pero no todos hacían lo que hacía. Ni lo que representó.

Después de estirar su cuerpo esquelético miraba al techo con temor como si fuese el último día de su vida. Se persignaba. Y seguía viviendo. Era religioso, sin serlo. Era creyente, pero no reverenciaba. Tenía fe, eso sí, siempre la abrigó.

Era más flaco que un ‘flinche’. Pero tal vez pocos hoy saben lo que es un flinche, porque desaparecieron nadando por las aguas contaminadas de los ríos, así que mejor será explicarles que Lupercio Torres Díaz era más flaco que una vara de bambú.

¿Quién sabía en Villalba que Pirile se llamaba Lupercio Torres Díaz?

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Nadie podría contarlo mejor que fue el último villalbeño que caminaba empujado por el viento. Ése era él. Su oficio fue el mismo de toda su vida. Vivir la sencillez, sin apuros, sin costumbres, sin la escaramuza de la modernización. Sin consternación que se le conociera. El Pirile fue un símbolo de pueblo desconocido.

Quizá tuvo sus encuentros con la angustia, con la indignación, quién pudiera saberlo. Podría ser que la sencillez para Pirile era un culto de prudencia.

Quien lo conoció podría juzgarlo por la serenidad que siempre lo caracterizó. Esperaba siempre todo en la vida con santa calma. La muerte fue bastante paciente, porque Pirile jamás, ni siquiera remotamente en su lentitud, pensó morirse. Si hubo un villalbeño tan sereno, parsimonioso, excéntrico, sería antes de la historia descrita del pueblo.

Hace años, tantos años que el mundo lo olvidó. La vida en el pueblo era serena, se disfrutaba a plenitud, se vivía la felicidad, no existía males ni enfermedades incurables. Hubo un tiempo en que nunca se alteraba la armonía. Era así que se defendían la moral y la ética, porque era necesario para el porvenir y la sobrevivencia. Pirile se crio en ese mundo fabuloso. Mostraba atesorar paz interior.

¿Por qué le llamaban Pirile?

Es un asunto peculiar que sólo sabe nadie.

La debilidad de Pirile era su fortaleza. Porque no hubo jamás alguien en el universo que dominara al viento como él. Fue el último villalbeño en hacerlo. Por eso aunque a veces quería ir para la tienda de Martín en El Puente, soplaba el aire para el sur y acababa caminando Calle Muñoz Rivera hasta la Cabaña Azul.

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¿Quién mejor que Pirile para andar bamboleándose con el aire?

Nadie nunca jamás existirá.

Esta crónica habrá que contarla como se vivió, porque nada de lo que se recuerde existe en Villalba. Aquellos que conocieron al Pirile saben que todo lo que se puede imaginar es real, y lo que no puede imaginarse nunca existió. Debería ser así porque él se nos encerró en la imaginación. Y contarla en el presente sería difícil. Solamente anima la memoria el último villalbeño que caminaba “hasta dónde el viento me lleve”. Recuerdo decirlo. Ese era Pirile.

Lo vi tantas veces caminar dejando en sus pisadas huellas eternas. Flotaba. Son pocos los que sobreviven tiempos de tempestades. Él pasó por todas desde el año de las guácaras. En ése tiempo había demasiada gente protagonizando la idiosincrasia de Villalba.

Sus amigos de infancia esperaban en la esquina del billar de Don Felo Díaz. Lugar predilecto. Si no ahí, entonces se encontraban al cruzar la calle frente de la tienda de Carlé: El Colorao, Beto, Palomo y Rafín formaban el junte para la comelona. Daba igual un sancocho, un asopao, o un fricasé de cabro. El ‘inventao’ a la orilla del Río Achiote no faltaba. Hubo un tiempo en que lo hacían con guinea. Hace tiempo esas aves desaparecieron de los patios. Nadie se movía hasta que llegara Pirile. Los ojos puestos en la casa de Doña Tiba los tenían. Vibraba la desesperación.

– ¿Se levantó? – Preguntó Beto, cuando llegó con un cubo de jugo de limón congelado.

– Nacarile. – Contestó el Colo.

Numerosas veces fueron esos tiempos frustrantes porque Pirile nunca conoció la prisa. Vivió a plenitud. A su forma. Y los que esperaban de él debían tener la misma paciencia. Por eso dicen que Pirile caminaba a donde el viento lo llevara.

Quizá un decir, posiblemente un ademán, tal vez, pocos tantearán que fue el último villalbeño que vivió hasta que el viento se detuvo.