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Historias de Villalba

Category: Historias de Villalba

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio,
Escritor villalbeño

A mi abuela Arcilia Meléndez,
junto a su hermano Manuel Meléndez.
A Adela Morales y a Esteban Núñez (QEPD)

Guerra Aleluyas

Juan Bertin Negron OcasioHISTORIAS DE VILLALBA - Nadie debía creer todo lo que decía, se empeñaba en sentarse todas las noches a meditar en la orilla del risco de una butaca y como un apóstol, luego evangelizaba, conferenciaba o contaba, prefiero decir que narraba un sin número de extraordinarias fábulas, nadie se las creía ni él mismo, pero las escuché, las recuerdo. Allí llegaban los buenos samaritanos del purgatorio espiritual de la gente linda de mi barrio. Mi devota gente. Contados eran los que sabían si, por los semblantes desconsolados, por la escasez de los panes que nunca faltaban sobre las mesas, o por la desesperante situación que llevaba la administración del municipio, buscaban sanación. Creo que todavía queda gente desmoralizada de política. Desamparada. Para aquellos seres de gran bondad y fe era como un deber expresarse de rodillas, de pie, sentados no importaba forma, oración por oración, en súplicas, y alabanzas por alabanzas con citas bíblicas que todos escuchaban pero nadie entendía, aunque el misionero hiciera lo imposible por explicar lo que él predicaba inútilmente sin enredarse. Quizá mejor era intentar porque las palabras estrambóticas que le salían eran no sólo imposibles de pronunciar, sino imposibles de entender. Testigo es que no las recuerdo.

-¡Dios Santo Todopoderoso, quítame esto de adentro!- gritaba doña Arcilia (ésa que gritaba era mi abuela quien me había llevado arrastrando por un brazo sacudiendo el polvorín del callejón). Gruñía por no ir para aquel centro religioso que tanto me aborrecía y hoy recuerdo y añoro con ilimitado cariño. Quizá pensar en el pasado nos vuelve más religiosos, o por lo menos a mí menos incrédulo. Qué asombrosa es la memoria; qué seríamos sin ella. Son tan significativas para restituir lo perdido.

Como si sintieran látigos en sus espaldas, se arrastraban, como serpientes, por el piso vestidos de polvo del bache seco que habían traído en las grietas de sus zapatos testigos de las largas caminatas por aquellos caminos que solamente las yeguas y las mulas podían pasar sin tener que consentirle permiso a las piedras y zanjas ni a la fila inmensa de perros que los seguían hasta el pequeño templo. Aquellos leales satos quedaban tranquilos en espera que aquellos feligreses terminaran sus rosarios para levantar sus cuerpos sarnosos para volver agotados a sus casas. Qué lealtad la de aquellos animales mugrientos de lindas pulgas y garrapatas. Pero no todos eran tan amaestrados ni tan gentiles. En numerosas ocasiones se formaba la tangana entre ellos. Peleas que yo echaba de menos, enojado por estar amarrado por las piernas de mi abuela que me ataba como una culebra para que no me saliera sin escuchar la palabra santa. No recuerdo quien era el predicador y si lo recordara no lo diría por no castigar la memoria de mi abuela.

Aparte de la algarabía que formaban afuera los chingos el suelo de madera podrida adentro del pequeño vaticano se estremecía por el terremoto del brincoteo cuando a aquellas almas en santa serenidad les entraba el jolgorio del espíritu santo. Cuántas veces vi a mi abuela arrojarse en el suelo, y así salía como gato corriendo, no del susto, sino para irme a jugar con mis amigos.

Las huellas apolilladas en el suelo revelaban los difíciles caminos que con tanto trabajo construyeron las hormigas rebeldes, esas pequeñas criaturas que se alimentan de madera. La enana iglesia albergaba apenas veinte humildes almas que cuando formaban una guerra de espantos parecían como mil, y más del doble con los demás rebeldes afuera; sin incluir los alborotosos muchachos, yo entre ellos, que cuando mi abuela se encontraba en el arrebato del espíritu, me escapaba y corríamos salvajemente alrededor de la casa sacristana jugando la “E” o “Marro”, las muchachas jugaban “peregrina” o “cuica”. ¿Qué juegan hoy? Celularitis o tablitis, quizá despistaditis. Era por aquellos gritos insólitos, alborotosos de entierros que se podía distinguir a quien se le había penetrado aquello que llamaban “el espíritu santo”, o capturados por alguna beatífica divinidad, el goce bendito que agitaba el pastor.

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En ese momento nos escapábamos y nos íbamos a comprar marrallos, cucas, chicles blonis, dulces de coco y Coca-Cola de botella a la tienda de Don Esteban Núñez, y era su esposa, Doña Adela, quien nos atendía con su noble sonrisa por la ventana. Era el único comercio que abría de noche. Fue el primer negocio en Puerto Rico en tener “Window –Thru”.

En algunos sitios el piso mostraba algunos precipicios que podía irse cualquier alma poseída que estuviese brincando, por ellos se veía la tierra, y se sabía, todos lo sabían, que el piso estaba a punto de desmoronarse y con él se iría el pastor y su rebaño.

Como si fuera poco, la casa estaba casi sujeta, virada al aguante de otra casa, y parecía que iría a parar a la sala donde Felito se pasaba viendo las carreras de caballo o los juegos de béisbol entre los Leones y los Senadores, o quizá encontraría a Ivette vendiendo limbel en el balcón a dos chavoh prietos. Mientras tanto Elba Suárez miraba de reojo con sospecha, Don Raúl junto a Chiquita observaban, no a mí ni a los perros satos, ni a Toño Gratacos que se había quejado millones de veces de la guerras santas a griterías que creaban los aleluyas, sino preocupados por la apolillada casita que iba hacia la deriva del tiempo y podía caerle encima a la mitad del barrio que rezaba. Pero la casa igual que la Torre de Pisa se mantuvo así por medio siglo sin nunca caerse. Luego sería habitada por Doña Ficha, después por Humbel y Junito (sus nietos) y después…Dios sólo sabe.

Nada más gracioso que aquellos encuentros espirituales a los cuales mi abuela en vano me llevaba de la mano para entrar al mundo samaritano. Quizá monaguillo debí ser, quizá cura porque en verdad crecí y he vivido con algo de fe. Entraba al santo hogar, me arrodillaba y afligido miraba a mis amigos por las rendijas de las paredes grietadas, y con los ojos cerrados, recuerdo, verlos brincar adentro, y mis amigos también, pero afuera.

¡Qué ironía, qué dicha la vida antes en este humilde pueblo!

No sé qué sucedió con aquel pequeño altar ni cuándo cerró sus puertas. La casa mística se mantuvo por mucho tiempo como reto a la torre en Toscana, Italia, pero nunca le cayó encima a Felito. Así que de alguna forma las plegarias funcionaron. Tampoco recuerdo cómo fueron yéndose aquellos seres divinos llenos de buena voluntad. Es posible se fueron acomodando hacia otros templos religiosos cerca al cielo.

Lo más increíble de todo es que todavía aquel hombre sigue allí viendo los juegos y el noticiero de las seis sin echar de menos a los aleluyas ni a los perros, mucho menos a mí; y después de ver sus programas favoritos, cierra las persianas. Luego, lentamente, se desaparece en la oscuridad de su cuarto hasta el otro día.

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