Historias de Villalba

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Hay en él vida próspera y robusta; aquí una escuela, allí un comercio, acullá una casa confortable, más lejos una chimenea.

Don Jose Ramon Figueroa

HISTORIAS DE VILLALBA - El poeta y político Don Luis Muñoz Rivera estuvo de visita en Villalba en la hacienda de Don José Ramón Figueroa, mucho antes de que se convirtiera en municipio, y escribió un interesante artículo sobre esta visita que fuera publicado en el periódico La Democracia el 20 de abril de 1893.

EL VIAJE

Dejamos la carretera central en Juana Díaz y comenzó el carruaje a dar vuelcos sobre un camino erizado de pedruscos enormes y lleno de asperezas continuas.

A los márgenes crece lujuriosa vegetación de los trópicos, y en lontananza se yerguen las cumbres de una cordillera cuyo pálido azul rompen a trechos grandes grupos de árboles sombríos.

Allí vive a sus anchas el cafeto, con sus albas flores o con sus frutas bermejas.

La vía es ingrata por sus accidentes bruscos y por sus salvajes quebraduras; pero está poblada de viviendas en una y otra orilla. Se ve desde luego que el campo, próvido y fértil, compensa la labor del hombre.

Hay en él vida próspera y robusta; aquí una escuela, allí un comercio, acullá una casa confortable, más lejos una chimenea.

El viaje tiene encantos para nosotros, que en cada bosque, en cada riachuelo, en cada fronda, evocábamos un recuerdo de la aldea nativa de sus abruptas soledades.

EDÉN CAMPESTRE

Llegamos al fin.

Los señores Soldevila y Figueroa nos recibieron con esa galantería franca y cordial que tanto cuadra el carácter de nuestros paisanos.

El señor Figueroa es un agricultor que en sólo veinte años, a fuerza de trabajo y constancia, levantó un capital respetable. En el sitio que escoge para disfrutar su fortuna ha construido una morada espléndida.

Tras la verja amplísima se alza un edificio de madera, de dos pisos, con balcones que caen al norte, al este y al sur y que dominan un panorama encantador.

A medio kilómetro los riscos y los montes, en torno de la casa, una planicie, propia para que en ella se edifique un pueblo; a corta distancia, el río con sus ondulaciones y sus murmullos. El estanciero se rodea de todas las comodidades que brinda la civilización. Mobiliario elegante, despensa nutrida, cuadras para veinte corceles, huertas, coches, baños. Nada falta.

Cuatro líneas telefónicas le ponen en contacto con la Isla, y desde su mismo lecho puede comunicar sus órdenes a todas sus fincas, que alcanzan una extensión de infinitas hectáreas. Dentro del casi palacio hay timbres movidos por la electricidad y aparatos para refrescar la atmósfera en las habitaciones. Techos pintados por Ríos, como los del Consistorio de Ponce y los del Sport Club, mangas para incendios, cañerías de hierro que llevan agua a todas las dependencias. No se echa de menos ninguno de los elementos contemporáneos del confort.

LOS ALREDEDORES

Alba BakeryA pocos pasos de la verja, el cuartel de la Guardia Civil, costeado por el señor Figueroa; en seguida una calle en que hay almacenes, depósitos de café y establecimientos mercantiles.

En una de las casas -todas de fábrica reciente- la escuela, en que el señor Don Federico Matos, padre respetabilísimo de un compañero nuestro Matos Bernier, enseña a los hijos del propietario.

Una nota nos disgustó en el armónico concierto de tantas notas agradables: la gallera.

Al norte de su residencia, el señor Figueroa se propone construir un templo y cementerio católicos. Ya tiene permiso de las autoridades superiores. De modo que aquel núcleo irá creciendo y no pasarán muchos días sin que en las alturas de Villalba exista una población rica, floreciente, fundada por el trabajo y sostenida por el ahorro.

Al hombre que hace ésto se debe un aplauso. Acumular riquezas es meritorio; y lo es más cuando las riquezas sirven, como en este caso, para fomentar incuestionables adelantos.

LA LUZ ELÉCTRICA

Por primera vez había de instalarse en Puerto Rico.

Y no tocaba ese honor a la capital, a Mayagüez ni a Ponce. Realizaban la obra en colaboración lo señores Figueroa y Vidaurre; aquel con sus recursos cuantiosos; éste, con su laboriosidad y su inteligencia. A las seis de la tarde, barbotaba el vapor en la máquina que engendra las corrientes; a las siete, se encendían los focos, iluminando con vivas claridades los contornos.

Era un espectáculo.

En plena campiña, el progreso con sus resplandores más brillantes. Los aparatos cuestan al señor Figueroa más de dos mil quinientos duros; pero nadie podrá discutir la gloria de ser el primero que instala en este país el alumbrado por electricidad.

El hecho no ha menester comentarios.

Un labrador que nunca salió de sus montañas, que vive en comunión íntima con la Naturaleza, que no sabe leer, va más adelante que las ciudades de la ínsula.

"Avis Rara" que apenas se concibe; planta exótica que sorprende al observador con sus manifestaciones originales e inesperadas.

Cuanto al señor Vidaurre, es un electricista sin escuela que se formó por sí, a merced de una vocación firme y de estudio formal concienzudo. Él tendió las líneas telefónicas y ahora instala la luz eléctrica. Es activo, incansable, es laborioso, es honrado, es puertorriqueño. Salud!

OBSEQUIOS

El señor Figueroa y su socio, el señor Soldevila, nos obsequiaron con rumbo. Desde aquí, pusieron un carruaje a nuestra disposición.

Después, y durante la noche que permanecimos en Villalba, nos dispensaron toda clase de obsequios.

En la mesa, a la hora del champán, Luis R. Velázquez, que nos acompañaba, hizo un discurso en honor del anfitrión, nosotros ampliamos sus conceptos en una improvisación corta y sencilla: y Mariano Abril pronunció frases muy oportunas. La franqueza del señor Figueroa nos proporcionó momentos gratísimos. Nos refirió los comienzos de su vida, los orígenes de su vida, las luchas sostenidas, las amarguras depuradas, el esfuerzo constante y asiduo con que logró vencer; y así, en la amena plática, pudimos penetrar hasta el fondo de su existencia.

Cuando el solo despuntaba sobre las cumbres de la ingente cordillera, nos despedíamos de aquella casa en que habíamos encontrado tanta generosa hospitalidad y volvíamos al pupitre, a levantar esta roca de Sísifo, que absorbe por entero nuestras actividades, y que es necesario traer, día tras día, a los cúspide del pensamiento para que caiga de nuevo, cada cuarenta y ocho horas, en los abismos de la publicidad.

LA DEMOCRACIA, 20 de abril de 1893.