Policía

Crónicas de mi pueblo

Category: Crónicas de mi pueblo

Nota del Editor: Los relatos que publicaremos en esta sección pertenecen a nuestro escritor villalbeño Juan “Bertin” Negrón Ocasio, quien ha despertado el interés de nuestros lectores escribiendo crónicas que pudieran considerarse “historia evocada” de nuestro pueblo. Unas jocosas, otras vivencias y recuerdos de muchos villalbeños. Esperamos las disfruten.

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

old Villalba 2

Juan Bertin Negron Ocasio–¡Toca la bocinita, Pelón! –Le gritaban.

Y él montado sobre ella con su ¡Pah, pah! ¡Pih, pih! seguía calle Barceló abajo y subía por la Muñoz Rivera a pedales pausados de tortuga. Las ruedas como las de camión Mack eran enormes, nítidas. Mantenía la bicicleta tan limpia como el aire del boscaje de Toro Negro. Era de color blanco y azul celeste y los aros girando enarbolaban de alegría las calles del pueblo. El manubrio brillante plateado sin un rastro de polvo resplandecía con sus rayos el día. Era realmente envidiable.

La cuidaba como a su vida.

La exhibía alrededor de todo el pueblo saludando en sosiego a la muchedumbre que le correspondía el saludo como a un ilustre, y luego de la parsimoniosa vuelta se estacionaba en el mismo frente de la alcaldía, saludaba a Cheo, el Ciego, pero este nunca le respondía. Nadie decía nada. Nadie lo criticaba. Nadie tocaba su bicicleta. Todos hablaban cuchicheaban en silencio. Pensaban. Pocos lo charlataneaban sin pena. Él seguía su rumbo impasible, placentero. Entraba al ayuntamiento sin buscar nada, escuchaba, luego salía sin ninguna responsabilidad.

–Cheo te saludé... –le advertía.

–Perdona es que no te vi. –respondía siempre Cheo, El Ciego a todos los saludos.

Después de hacer nada de todo lo que tenía que hacer en el pueblo, seguía Pelón su destino, el mismo de siempre, de todos los días; el saludo cordial, el bocadillo que se comía en la cafetería de David con una Cola Champán, sus propias observaciones del quehacer de la gente regada por el centro del pueblo y las conversaciones místicas de su propia persona.

Sabrá sólo Dios en qué pensaba. Nunca lo dijo. Nunca lo sabremos.

Arrancaba a todo dar a pedaleazos limpios en su bicicleta 4 x 6 y seguía sin descanso subiendo las cuestas sin frenar desde la tienda de Martín en El Puente hasta llegar hasta la tienda de Millo Rivera en La Piedra. Por allá se desaparecía, después bajaba de regreso a su casa.

Esa fue su rutina diaria por más de treinta años y todos lo sabían, pero nadie lo visita ni hoy ni nunca en el cementerio ni nadie lo echa de menos, pero todos ahora lo recuerdan...

Y así era la vida serena de nuestro pueblo tan lleno de memorables personajes.

Frente a la máquina congeladora de escarchas de hielo dulce se encontraba Robert La Guinea con un radio portátil de 12 baterías D que retumbaba la quietud del pueblo. Todos sabían de donde venía la música revoltosa. Nadie se molestaba. Él bailaba sin agobios. Todos los caminantes lo saludaban y él sonriendo gozoso, efímero, saludaba con su sonrisa al estilo Chayanne. Y seguía su trayectoria artística mostrando su dentadura casi perfecta tan blanca como el algodón. Muchos creían que usaba mermeladas por dientes dentro de un perfil trigueño. Semblanza taína.

–Robelt, baja el radio, ‘endito, que me tieneh sordo. –le imploraba Bubú.

Oferta Libro Bertin CHLL

Respetuosamente entonces lo quitaba del mostrador y lo colocaba sobre la acera y encogía los hombros. Miraba a Bubú con ojos de gente de luto, sin muecas, serio, sin decir nada.

Y Bubú lo dejaba por perdido cuidando lo poco que vendería, si acaso algo, inquieto y molesto se desaparecía Calle Muñoz Rivera abajo hasta llegar a la iglesia, allí se adentraba y salía una hora después tomado de la mano, calmado y bendecido y despedido por el Padre Ruffolo; luego el cura mirándole, con curiosa manía, la frente dilatada de Generoso El Cabro sentado en la escalinata de la iglesia se iba a tomar la siesta.

En el pequeño comercio se había quedado estacionado Robert La Guinea sin pensar en nada, disfrutando la vida, cantando salsa, tirando piropos a las muchachas que se paseaban por ese entonces frente a la Escuela MckJones.

Se pasaba todo el día en la tiendita de Bubú despachando campechano gasolina y vendiendo los Kulis de Bubú y los dulces de coco, las galletas cucas, los marrallos, los chicles bloni, las maltas indias y la Coca-Cola de botella de cristal.

Después llegaban al estacionamiento comercial a fastidiar la pita Puto, Cuero, y Bellaco, quienes eran hermanos trillizos y los famosos bulis de la MckJones de ese tiempo que otra forma de llamarlos era hijos de p y todos le tenían terror. Pero Robert, aunque parsimonioso, se daba a respetar y exigía el máximo respeto dentro los parámetros de su responsabilidad templada.

–¿Qué quieren? –Les preguntaba con autoridad y se iban ligeros a las millas de chaflán.

Todos estos personajes célebres de Villalba llegaban sin inquietud al quiosco de Bubú. Allí se pasaban el día o paseaban por el centro del pueblo.

Solamente cuando Cachún llegaba se dispersaba todo el mundo y no encontraban hacia donde correr y él con sus versátiles travesuras doblaba todo el cuerpo y comenzaba a acariciar a la gente y a mirar hacia el cielo y a sonreírles cerca a la cara y a muchos besaba humorísticamente.

Se unía a todos ellos Cholo quien tenía más pecas que un huevo de pava. Llegaban poco a poco todos aquellos seres vivientes de la historia, memorables personajes del pueblo.

En su delirio llegaba Faisán caminando lento como una tortuga detrás de Paloma que llevaba dos moños de mona: uno al frente otro atrás. Santo El Bombo, con la mano extendida pasaba entre la multitud pidiendo pesetas hasta que Yabucoa gurruñado le saliera con repugnancias sin que antes Marcola le llamara la atención, “Déjalo quieto, malcriao’.” -le regañaba.

Se veía transitar irritable Julia la Loca. Llevaba en los bolsillos del polvoriento traje piedras y una laja. Y cada mano preparada para lanzarle a quien la jodiera.

Fela mandaba a todos pal carajo sin cesar, y Panamá sonriendo se daba un trago de Bacardí, y nos emborrachaba siempre de olvido la vida.

Pasaba como relámpago Ángel, pero la gente lo conocía como 2y15; sin decir palabra sin adiós ni despedirse de nadie aunque lo llamaran. Y sin pericias arrancaba a toda velocidad brincando el Río Achiote por la Barriada hasta llegar a Borinquen. Nadie recuerda a Yeyo corriendo desnudo por el cementerio brincando por encima de las tumbas; pero a los inmortales villalbeños nadie los recuerda, ni a Benyi escudriñando mariposas silvestres en el Pasto de Don Sico.

Ni tampoco a Claudino contagiado con el virus del papiloma bovino quien tenía más verrugas que un Ceratosaurus. Y nos hemos olvidado de todos; personajes llenos de humanidad bondadosa.

Se pasaban dándole vida al pueblo y nos envolvían en el diario vivir de realmente sentirse vivido y las multitudes brillaban por la humildad que ellos les traían a la vida con el peculiar comportamiento y nos recordaban continuamente quienes éramos, quienes somos, quienes seremos.

–¡Pita Boliche! –le gritaban los muchachos desde la esquina de Nando Negrón, pero él seguía su paso perezoso sin prisa, desde lo lejos les respondía con su pito sin igual. Y se veía a Panita caminando inquieto para arriba y para abajo cargando diez bolsas plásticas llenas de encargos sonreírle al mundo sin interés alguno.

–Lo que quieras darme –sugería tan humildemente a los compueblanos que lo atesoraron como a un niño huérfano.

Hasta que un día...nos quedamos solos.

Todos se fueron esfumando como sucedió con los charcos de los ríos y se llevaron con ellos nuestra historia, se fueron muriendo sin nosotros.

Y desvaneciéndose se nos fueron inútilmente, poco a poco, sin nosotros poder impedirlo. Uno a uno huyó de nuestro desafortunado desdén.

Tras ellos se nos fue el corazón afable de pueblo y ya jamás volvimos a ser los que vivíamos ni a reír ni a criticarlos.

Nos fuimos de algún modo con ellos, y se nos fue la vida sin saber a dónde.